Ustedes saben quién soy yo: masterclass de humildad en la radio pública
Tamaño de letra
Hay respuestas que apagan el fuego y hay respuestas que, sin querer, traen su propio bote de gasolina. Cuando a la directora de una radio pública cultural la cuestionaron por un reportaje, no salió a explicar números ni a mostrar recibos: salió a redes con un enigmático 'ustedes saben quién soy yo y sabemos quiénes son ellos', frase que en el género del misterio funciona de maravilla, aunque en el género de la rendición de cuentas deja al público exactamente igual de intrigado que al principio.
El contexto es más prosaico que el suspenso. Un partido de oposición pidió que explicara ingresos por 25.4 millones de pesos y cuestionó la compra de una casa de más de 10 millones. Ante eso, la pregunta natural del contribuyente no es filosófica —'¿quién eres tú?'— sino contable: '¿de dónde salió?'. Pero la respuesta pública prefirió el terreno de la identidad sobre el de la aritmética, y dejó el asunto de las cifras en manos de la Secretaría de Cultura, que emitiría una respuesta oficial. La dependencia, por su parte, salió a defender el trabajo y el patrimonio de su directora, y aclaró que atiende personalmente los temas estratégicos; también negó que la infraestructura de la emisora esté en abandono y aseguró que las quejas por mantenimiento se han atendido.
Quedémonos con esa joya administrativa: 'atiende de forma personal los temas estratégicos'. Es la clase de elogio que en cualquier oficina significa que el resto de las cosas espera sentado. Uno imagina una radio pública donde lo estratégico recibe atención personalísima y lo demás —digamos, que la señal salga al aire— se resuelve por generación espontánea.
Lo entrañable del episodio es la asimetría de tonos. La ciudadanía pregunta con números; la respuesta llega con épica. Se le pide un estado de cuenta y contesta con una declaración de existencia, casi cartesiana: sé quién soy, luego no debo explicaciones. Y mientras la oposición saca la calculadora y la dependencia saca el comunicado, el radioescucha promedio se queda con la duda de siempre en este país: no si sabemos quién es quién, sino si algún día sabremos cuánto y por qué.
Al final, todos supimos quién es ella, tal como advirtió. Lo que seguimos sin saber es la única cifra que el respetable había pedido. Gran misterio, buen personaje, y un desenlace pendiente: el que traiga el recibo, que levante la mano.
El contexto es más prosaico que el suspenso. Un partido de oposición pidió que explicara ingresos por 25.4 millones de pesos y cuestionó la compra de una casa de más de 10 millones. Ante eso, la pregunta natural del contribuyente no es filosófica —'¿quién eres tú?'— sino contable: '¿de dónde salió?'. Pero la respuesta pública prefirió el terreno de la identidad sobre el de la aritmética, y dejó el asunto de las cifras en manos de la Secretaría de Cultura, que emitiría una respuesta oficial. La dependencia, por su parte, salió a defender el trabajo y el patrimonio de su directora, y aclaró que atiende personalmente los temas estratégicos; también negó que la infraestructura de la emisora esté en abandono y aseguró que las quejas por mantenimiento se han atendido.
Quedémonos con esa joya administrativa: 'atiende de forma personal los temas estratégicos'. Es la clase de elogio que en cualquier oficina significa que el resto de las cosas espera sentado. Uno imagina una radio pública donde lo estratégico recibe atención personalísima y lo demás —digamos, que la señal salga al aire— se resuelve por generación espontánea.
Lo entrañable del episodio es la asimetría de tonos. La ciudadanía pregunta con números; la respuesta llega con épica. Se le pide un estado de cuenta y contesta con una declaración de existencia, casi cartesiana: sé quién soy, luego no debo explicaciones. Y mientras la oposición saca la calculadora y la dependencia saca el comunicado, el radioescucha promedio se queda con la duda de siempre en este país: no si sabemos quién es quién, sino si algún día sabremos cuánto y por qué.
Al final, todos supimos quién es ella, tal como advirtió. Lo que seguimos sin saber es la única cifra que el respetable había pedido. Gran misterio, buen personaje, y un desenlace pendiente: el que traiga el recibo, que levante la mano.