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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 13 de agosto, 2026
Jalisco Nota 27 de junio de 2026

Cuatro millones en tamales: el cabildo que descubrió que la austeridad no rima con atole

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Cuatro millones en tamales: el cabildo que descubrió que la austeridad no rima con atole
Hay presupuestos que se explican en hojas de cálculo y hay presupuestos que se explican en cazuelas. El de Puerto Vallarta, esta semana, fue de los segundos. Durante la sesión de Cabildo del 24 de junio, una regidora puso sobre la mesa —nunca mejor dicho— una lista de gastos que, según documentos oficiales que ella misma exhibió, sumarían casi 70 millones de pesos en licitaciones, compras y contrataciones que calificó de excesivas. Y entre todas las cifras, hubo una que se robó el reflector y el comal: presuntos 4 millones 447 mil pesos en tamales para eventos del gobierno municipal.

Pongámoslo en perspectiva gastronómica, que es como mejor entendemos en esta tierra. Cuatro millones y medio de pesos en tamales son tantos tamales que la fila no cabría en el malecón. Y por si el chisme quedaba seco, la acompañaron de casi un millón de pesos en dos mil litros de atole, medio millón en snacks y unos tres millones en pelotas. Un gobierno que reparte tamal, atole y pelota tiene asegurada la posada eterna; lo que no tiene tan asegurado es la explicación ante el contralor.

Que quede claro: aquí nadie está afirmando que se haya cometido delito alguno. Eso lo determinarán las auditorías y las autoridades competentes, no una columna que se ríe del absurdo. Lo que sí podemos decir es que llama la atención que, en un municipio donde los vecinos pelean con baches, drenajes tapados y servicios a medio gas, el rubro de antojitos para eventos oficiales alcance dimensiones de feria regional.

La defensa habitual será que los eventos comunitarios necesitan convivencia, que el tamal une al pueblo, que el atole calienta el alma vallartense. Todo cierto. Pero hasta el más fiestero de los tapatíos sabe distinguir entre invitar la merienda y servir un banquete con cargo al erario durante todo el año. La pregunta que flota, más densa que el vapor de la vaporera, es sencilla: ¿cuántos eventos, cuántas bocas, cuánta hambre institucional justifican esa suma?

Mientras tanto, el recibo queda ahí, en el acta de cabildo, esperando que alguien lo desenvuelva con el mismo cuidado con que se desenvuelve un tamal de rajas: despacito, porque quema.