Problema resuelto: el vecino le cambió el nombre a la inteligencia artificial
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Existen dos maneras de enfrentar un problema. La primera, difícil, es resolverlo. La segunda, mucho más expedita, es cambiarle el nombre y declarar la misión cumplida. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, optó esta semana por la vía rápida y firmó una orden ejecutiva para sustituir el término "inteligencia artificial" por "superinteligencia" en toda la comunicación oficial del gobierno federal, con sus flamantes siglas "SI".
Entiéndase la profundidad del hallazgo. Durante años, expertos, gobiernos y no pocos guionistas de ciencia ficción advirtieron sobre los riesgos de una tecnología capaz de reorganizarte la agenda, elegirte el desayuno y decidir cuáles noticias mereces conocer antes de que abras los ojos. Resulta que el verdadero riesgo era otro: que el nombre sonara poco impresionante. Ya rebautizada como "superinteligencia", la amenaza se vuelve, si acaso, más elegante. Ahora, cuando la máquina nos dé instrucciones, al menos tendrá un mejor título nobiliario.
El gesto llega, además, envuelto en un debate mayor: en la misma jornada el mandatario se reunió con los grandes magnates tecnológicos para defender la "autorregulación" de la industria. Traducción del corporativo al español de banqueta: que los mismos que construyen el auto también decidan si necesita frenos. Nada podría salir mal, salvo todo. Pero eso ya es harina de otro decreto.
Lo verdaderamente admirable es la fe casi mística en el poder de la nomenclatura. Es la misma escuela de pensamiento que cree que un problema de tráfico se soluciona rebautizando la avenida, o que la inseguridad se combate cambiándole el nombre a la secretaría. Si funciona, esperemos las próximas órdenes ejecutivas: quizá la inflación pase a llamarse "superprecios" y la deuda, "megaahorro diferido". El déficit sonará mucho mejor como "superávit invertido".
Acá al sur miramos la escena con cierta ternura, porque de rebautizar programas de gobierno para que suenen épicos sabemos un rato largo. Nosotros ya tenemos "Coordinaciones de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional" para nombrar lo que antes se llamaba, sencillamente, un candidato. Así que bienvenido al club, vecino: cambiarle el nombre a las cosas para no cambiarlas es el único tratado de libre comercio que de verdad compartimos.
Mientras tanto, la superinteligencia —o como se llame mañana— seguirá haciendo exactamente lo mismo que hacía cuando era simple inteligencia artificial: aprender de todos nosotros a una velocidad que ningún decreto va a frenar. Pero al menos ahora, cuando nos reorganice la vida a las seis de la mañana, lo hará con un nombre más digno del apocalipsis. Detalles que se agradecen.
Entiéndase la profundidad del hallazgo. Durante años, expertos, gobiernos y no pocos guionistas de ciencia ficción advirtieron sobre los riesgos de una tecnología capaz de reorganizarte la agenda, elegirte el desayuno y decidir cuáles noticias mereces conocer antes de que abras los ojos. Resulta que el verdadero riesgo era otro: que el nombre sonara poco impresionante. Ya rebautizada como "superinteligencia", la amenaza se vuelve, si acaso, más elegante. Ahora, cuando la máquina nos dé instrucciones, al menos tendrá un mejor título nobiliario.
El gesto llega, además, envuelto en un debate mayor: en la misma jornada el mandatario se reunió con los grandes magnates tecnológicos para defender la "autorregulación" de la industria. Traducción del corporativo al español de banqueta: que los mismos que construyen el auto también decidan si necesita frenos. Nada podría salir mal, salvo todo. Pero eso ya es harina de otro decreto.
Lo verdaderamente admirable es la fe casi mística en el poder de la nomenclatura. Es la misma escuela de pensamiento que cree que un problema de tráfico se soluciona rebautizando la avenida, o que la inseguridad se combate cambiándole el nombre a la secretaría. Si funciona, esperemos las próximas órdenes ejecutivas: quizá la inflación pase a llamarse "superprecios" y la deuda, "megaahorro diferido". El déficit sonará mucho mejor como "superávit invertido".
Acá al sur miramos la escena con cierta ternura, porque de rebautizar programas de gobierno para que suenen épicos sabemos un rato largo. Nosotros ya tenemos "Coordinaciones de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional" para nombrar lo que antes se llamaba, sencillamente, un candidato. Así que bienvenido al club, vecino: cambiarle el nombre a las cosas para no cambiarlas es el único tratado de libre comercio que de verdad compartimos.
Mientras tanto, la superinteligencia —o como se llame mañana— seguirá haciendo exactamente lo mismo que hacía cuando era simple inteligencia artificial: aprender de todos nosotros a una velocidad que ningún decreto va a frenar. Pero al menos ahora, cuando nos reorganice la vida a las seis de la mañana, lo hará con un nombre más digno del apocalipsis. Detalles que se agradecen.