El Acueducto Solís y el arte de no cancelar, no avanzar y no mojarse
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El Acueducto Solís es esa clase de proyecto que existe en un estado de la materia todavía no descrito por la ciencia: ni cancelado, ni avanzando, ni detenido del todo. Perfectamente inmóvil, pero oficialmente vivo. Esta semana la gobernadora pidió a los municipios no frenar sus obras de agua mientras se "evalúan alternativas". El secretario del Agua, por su parte, aclaró que no hay ninguna determinación oficial de cancelar el proyecto y explicó que existe un "plan B". ¿En qué consiste el plan B? Sujétense: en mejorar la eficiencia de los sistemas de agua.
Es decir, el plan B es hacer bien lo que ya deberíamos estar haciendo desde el plan A. Reducir fugas, tapar el desperdicio, cuidar el recurso. Presentado como estrategia alterna, suena a innovación; visto de cerca, es la definición de trabajo pendiente. Y hay bastante que eficientar: el propio secretario reconoció que entre 15 y 20% del agua que se ofrece a la población está en clandestinaje, además de las pérdidas por fugas y medidores descompuestos. Uno de cada cinco litros, sencillamente, se esfuma. El agua guanajuatense tiene una vida social más activa que muchos ciudadanos.
Los inconformes, que llevan tiempo exigiendo la cancelación del acueducto, no se comen el cuento del limbo administrativo: aseguran que no bajarán la guardia hasta que haya una cancelación por escrito, firmada y sellada. Y tienen razones para desconfiar, porque las acciones dicen más que los boletines. En Celaya, mientras todos juran solemnemente "no frenar", el municipio ya redirigió 20 millones de pesos que estaban destinados a estudios de ingeniería del acueducto hacia otras obras. Nada proclama "seguimos comprometidísimos con el proyecto" como agarrar su presupuesto y mandarlo a otra parte.
Así que tenemos el cuadro completo: la autoridad estatal dice que nada está cancelado, el plan alterno consiste en portarse bien con el agua que ya teníamos, uno de cada cinco litros anda de fiesta clandestina, y los recursos empiezan a migrar discretamente hacia destinos más terrenales. Todo esto sin que nadie firme absolutamente nada.
El talento es notable. Han logrado mantener un megaproyecto hídrico en animación suspendida: lo suficientemente vivo para no admitir su fracaso, lo suficientemente detenido para no gastar en él, y lo suficientemente ambiguo para que cada quien lea lo que quiera. El ciudadano, entretanto, abre la llave y confía en que salga agua, que al final es lo único que no admite "plan B" retórico. Porque el agua no entiende de boletines: o llega, o no llega. Y por ahora, un quinto de ella prefiere irse por su cuenta.
Es decir, el plan B es hacer bien lo que ya deberíamos estar haciendo desde el plan A. Reducir fugas, tapar el desperdicio, cuidar el recurso. Presentado como estrategia alterna, suena a innovación; visto de cerca, es la definición de trabajo pendiente. Y hay bastante que eficientar: el propio secretario reconoció que entre 15 y 20% del agua que se ofrece a la población está en clandestinaje, además de las pérdidas por fugas y medidores descompuestos. Uno de cada cinco litros, sencillamente, se esfuma. El agua guanajuatense tiene una vida social más activa que muchos ciudadanos.
Los inconformes, que llevan tiempo exigiendo la cancelación del acueducto, no se comen el cuento del limbo administrativo: aseguran que no bajarán la guardia hasta que haya una cancelación por escrito, firmada y sellada. Y tienen razones para desconfiar, porque las acciones dicen más que los boletines. En Celaya, mientras todos juran solemnemente "no frenar", el municipio ya redirigió 20 millones de pesos que estaban destinados a estudios de ingeniería del acueducto hacia otras obras. Nada proclama "seguimos comprometidísimos con el proyecto" como agarrar su presupuesto y mandarlo a otra parte.
Así que tenemos el cuadro completo: la autoridad estatal dice que nada está cancelado, el plan alterno consiste en portarse bien con el agua que ya teníamos, uno de cada cinco litros anda de fiesta clandestina, y los recursos empiezan a migrar discretamente hacia destinos más terrenales. Todo esto sin que nadie firme absolutamente nada.
El talento es notable. Han logrado mantener un megaproyecto hídrico en animación suspendida: lo suficientemente vivo para no admitir su fracaso, lo suficientemente detenido para no gastar en él, y lo suficientemente ambiguo para que cada quien lea lo que quiera. El ciudadano, entretanto, abre la llave y confía en que salga agua, que al final es lo único que no admite "plan B" retórico. Porque el agua no entiende de boletines: o llega, o no llega. Y por ahora, un quinto de ella prefiere irse por su cuenta.