El cocodrilo no leyó el folleto turístico: el estero sigue siendo suyo
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Hay cosas que en Puerto Vallarta se repiten cada temporada como las lluvias y los aumentos de hotel: el atardecer en el malecón, el guía que te promete avistar ballenas y, lamentablemente, el recordatorio de que la zona de esteros está habitada por cocodrilos que estaban ahí mucho antes que el primer turista con piña colada. Esta semana el recordatorio fue brutal: un joven de 18 años, turista nacional hospedado en la zona del Marriott, en Marina Vallarta, fue atacado por un cocodrilo y arrastrado mar adentro la tarde de un viernes. Se desplegó un operativo con Policía Municipal, guardavidas, Protección Civil y Bomberos.
Aquí no hay broma posible sobre la integridad del muchacho, y no la haremos. La sátira de hoy va dirigida a otra parte: a la cómoda ficción colectiva de que las playas de Marina Vallarta y sus alrededores son un acuario domesticado con concesión municipal. No lo son. El estero es ecosistema vivo, y el cocodrilo —que no firmó ningún convenio con la Secretaría de Turismo— no distingue entre un local, un turista o un influencer buscando la foto del atardecer.
Durante años, vecinos y especialistas han advertido que faltan señalización clara, vigilancia y, sobre todo, respeto a las zonas restringidas. Cada temporada se vuelve a hablar del tema con cara de sorpresa, como si la presencia de estos reptiles fuera una novedad y no parte del paisaje natural de la Bahía de Banderas. La sorpresa, francamente, ya cansó: el cocodrilo es endémico, el descuido también.
Protección Civil y las autoridades harán su trabajo, y ojalá el desenlace sea el menos malo posible. Pero conviene que la postal del destino turístico incluya, junto a las palmeras y los margaritas, una verdad incómoda: en ciertas playas y esteros de Vallarta, el verdadero dueño del territorio tiene escamas, no toalla de hotel. Y mientras sigamos tratando la advertencia como adorno, seguiremos contando estas historias cada temporada, con el mismo nudo en la garganta.
El mar de Vallarta es generoso, pero el estero tiene reglas propias. Hacerlas respetar —con señalización, vigilancia y cultura del riesgo— no es exagerar: es lo mínimo para que la próxima nota hable de un susto y no de una tragedia.
Aquí no hay broma posible sobre la integridad del muchacho, y no la haremos. La sátira de hoy va dirigida a otra parte: a la cómoda ficción colectiva de que las playas de Marina Vallarta y sus alrededores son un acuario domesticado con concesión municipal. No lo son. El estero es ecosistema vivo, y el cocodrilo —que no firmó ningún convenio con la Secretaría de Turismo— no distingue entre un local, un turista o un influencer buscando la foto del atardecer.
Durante años, vecinos y especialistas han advertido que faltan señalización clara, vigilancia y, sobre todo, respeto a las zonas restringidas. Cada temporada se vuelve a hablar del tema con cara de sorpresa, como si la presencia de estos reptiles fuera una novedad y no parte del paisaje natural de la Bahía de Banderas. La sorpresa, francamente, ya cansó: el cocodrilo es endémico, el descuido también.
Protección Civil y las autoridades harán su trabajo, y ojalá el desenlace sea el menos malo posible. Pero conviene que la postal del destino turístico incluya, junto a las palmeras y los margaritas, una verdad incómoda: en ciertas playas y esteros de Vallarta, el verdadero dueño del territorio tiene escamas, no toalla de hotel. Y mientras sigamos tratando la advertencia como adorno, seguiremos contando estas historias cada temporada, con el mismo nudo en la garganta.
El mar de Vallarta es generoso, pero el estero tiene reglas propias. Hacerlas respetar —con señalización, vigilancia y cultura del riesgo— no es exagerar: es lo mínimo para que la próxima nota hable de un susto y no de una tragedia.