El único senador que le dijo no a los perritos (y el perro que por fin halló quien lo defendiera)
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Hay decisiones difíciles y hay decisiones que se toman solo para asegurarse de salir en la foto equivocada. El Senado aprobó la nueva Ley General en Materia de Bienestar, Cuidado y Protección de los Animales, esa que reconoce a los animales como seres sintientes y busca proteger a «los que no tienen voz». La votación fue casi unánime. Casi. Porque hubo un solo voto en contra, y fue el de Adán Augusto López, ex gobernador de Tabasco.
Imagínese la escena: una sala llena de legisladores levantando la mano para decir que sí, que los animales merecen buen trato, y una mano solitaria elevándose en sentido contrario, como el único invitado a una fiesta sorpresa que grita «¡no estoy de acuerdo con festejar!». Uno puede votar en contra de reformas fiscales, de leyes electorales, de mil temas espinosos y quedar como valiente. Pero votar en contra de que no maltraten perritos requiere un tipo muy especial de convicción, del que no se enseña en ninguna escuela de comunicación política.
Mientras en San Lázaro alguien defendía su derecho a la disidencia canina, a unos cientos de kilómetros, en Santa Catarina, la historia iba en dirección exactamente opuesta. Ahí, Bienestar Animal rescató a Franky, un perro mestizo que permanecía amarrado con una cadena tan apretada que se le había incrustado en la piel del cuello. Lo operaron, lo atendieron y el municipio presentó una denuncia por maltrato. Franky, que no tiene curul ni fuero, consiguió en un día más defensa institucional que la que un solo senador quiso concederle por ley a todos sus congéneres.
El contraste es tan perfecto que parece guion. Un municipio del norte gastando bisturí y trámite legal en salvar a un perro anónimo; un legislador con reflectores nacionales usando su voto para dejar constancia de que, por él, mejor no. En El Destiempo no acusamos a nadie de nada: la ley es pública, el voto es público y Franky, afortunadamente, ya está en recuperación. Solo hacemos notar que, en el marcador del día, los perros de Nuevo León van ganando por goleada. Y que, a veces, el que se queda callado en la boleta habla más fuerte que en la tribuna.
Imagínese la escena: una sala llena de legisladores levantando la mano para decir que sí, que los animales merecen buen trato, y una mano solitaria elevándose en sentido contrario, como el único invitado a una fiesta sorpresa que grita «¡no estoy de acuerdo con festejar!». Uno puede votar en contra de reformas fiscales, de leyes electorales, de mil temas espinosos y quedar como valiente. Pero votar en contra de que no maltraten perritos requiere un tipo muy especial de convicción, del que no se enseña en ninguna escuela de comunicación política.
Mientras en San Lázaro alguien defendía su derecho a la disidencia canina, a unos cientos de kilómetros, en Santa Catarina, la historia iba en dirección exactamente opuesta. Ahí, Bienestar Animal rescató a Franky, un perro mestizo que permanecía amarrado con una cadena tan apretada que se le había incrustado en la piel del cuello. Lo operaron, lo atendieron y el municipio presentó una denuncia por maltrato. Franky, que no tiene curul ni fuero, consiguió en un día más defensa institucional que la que un solo senador quiso concederle por ley a todos sus congéneres.
El contraste es tan perfecto que parece guion. Un municipio del norte gastando bisturí y trámite legal en salvar a un perro anónimo; un legislador con reflectores nacionales usando su voto para dejar constancia de que, por él, mejor no. En El Destiempo no acusamos a nadie de nada: la ley es pública, el voto es público y Franky, afortunadamente, ya está en recuperación. Solo hacemos notar que, en el marcador del día, los perros de Nuevo León van ganando por goleada. Y que, a veces, el que se queda callado en la boleta habla más fuerte que en la tribuna.