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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 7 de octubre, 2026
Nuevo León • Nota • 1 de octubre de 2026

Dos Calderones, un miércoles: uno bendice la alianza y al otro le quitan la cabeza

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Pocas veces el calendario ofrece una coincidencia tan redonda. El mismo miércoles en que Felipe Calderón apareció en Monterrey, en primera fila del informe de Adrián de la Garza, arropando con su presencia la reconciliación del PRI y el PAN, en la Ciudad de México su estatua de bronce amanecía decapitada en el Complejo Cultural Los Pinos, obra de extrabajadores de Luz y Fuerza de México. El de carne y hueso, de pie y aplaudiendo; el de metal, sin cabeza y en el suelo. La patria, a veces, edita mejor que cualquier guionista.

El detalle que eleva la escena a obra maestra involuntaria es este: la escultura ya llevaba más de un año tirada, derribada por un árbol en julio de 2025 y abandonada por las autoridades como quien deja la bici vieja recargada en el patio. O sea que no hablamos de un monumento erguido y glorioso al que de pronto profanan: hablamos de un prócer de bronce que llevaba catorce meses contemplando el pasto, boca abajo, sin que nadie se dignara a levantarlo. Decapitar lo que ya estaba caído tiene algo de piedad y algo de ensañamiento. Y mucho de síntesis nacional.

Mientras tanto, en Monterrey, la versión andante cumplía su función ceremonial. Porque eso son hoy los expresidentes en estos eventos: reliquias que se exhiben para dar solemnidad, invitados de honor cuya sola presencia dice "miren, aquí seguimos". Fox a un lado, Alito y Anaya por ahí, todos posando para la foto de la alianza que, juran, esta vez sí va en serio. El bronce que se cae en la capital y el político que se levanta en el norte son, en realidad, la misma historia contada en dos materiales distintos: la del símbolo que insiste en existir aunque el suelo lo reclame.

No hay que leerle demasiada profundidad; a veces una cabeza de bronce rodando es solo eso. Pero cuesta no ver la postal completa. En un extremo del país, un grupo de trabajadores desquita su rencor contra una figura inmóvil. En el otro, esa misma figura, bien peinada y sonriente, encabeza una cruzada para "recuperar" lo que, según el discurso, se perdió. Dos homenajes opuestos al mismo hombre, el mismo día. Uno con aplausos, otro con llave de tuercas.

Que cada quien saque su moraleja. La nuestra es modesta: en la política mexicana, lo único que garantiza que una estatua se mantenga en pie es que nadie se acuerde de ella. En cuanto vuelves a ser noticia, aparece el árbol. O el extrabajador. O el escultor del destino, que de humor negro anda sobrado.