El socavón, el pastel y la ciudad que se hunde con fiesta
Tamaño de letra
Hay fines de semana en que la Ciudad de México parece empeñada en demostrar que puede celebrar y colapsar al mismo tiempo, sin que una cosa estorbe a la otra. Mientras en una esquina se parte un pastel, en otra se abre un hoyo. Y en medio, dos alertas por lluvia, por si faltaba ambiente.
Empecemos por Iztapalapa, esa alcaldía que ya debería tener un departamento de geología propio. Una fuga de agua potable en la colonia San Simón Culhuacán abrió un socavón de dos metros de profundidad por tres de diámetro, lo bastante ambicioso como para tumbar parte de un muro y tragarse el pasillo de una casa. Es, oficialmente, el único megaproyecto de movilidad vertical de la ciudad que avanza en tiempo y forma. La fuga, al menos, cumplió: prometió hundir a alguien y lo hizo.
A unos kilómetros, en Tlalpan, los vecinos decidieron protestar contra la Línea 4 del Cablebús tomando Insurgentes Sur. El argumento: las columnas que sostendrán las cabinas “impedirán la movilidad de los habitantes”. La solución que encontraron para defender su movilidad fue, por supuesto, bloquear una de las avenidas más transitadas del sur. Nada dice “déjenme moverme” como sentarse a media calle. Uno entiende el fondo —nadie quiere un poste de concreto en la sala—, pero la coreografía fue impecablemente chilanga.
En la colonia Roma, mientras tanto, Morena partió un pastel para festejar sus 15 años afuera de su primera sede. Quince años: la edad exacta en que uno deja de ser movimiento y empieza a organizar la fiesta con vestido y vals. La escena tuvo su gracia porque, el mismo día, desde Querétaro la oposición panista aseguraba que el partido “rompió el vidrio y sacó el extintor llamado Andrés Manuel López Obrador” para apagar la caída en las encuestas. Entre el pastel y el extintor, el guion del cumpleaños se escribió solo: se festeja con velitas y se gobierna con matafuegos.
Las alcaldías, por su parte, anunciaron una cruzada contra las “chelerías”: seis demarcaciones reportan acciones contra la venta ilegal de alcohol en tianguis y comercio informal. Es reconfortante saber que, en una ciudad con socavones que se comen casas, el enemigo público prioritario es el señor que vende caguamas frías entre los puestos de calcetines. Que tiemble el crimen organizado: vienen por la hielera.
Y como ninguna semana capitalina está completa sin un trámite kafkiano, la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones avisó que este domingo empieza a suspender las líneas celulares terminadas en “3” que no se hayan registrado: 2.5 millones de números condenados por el único delito de terminar en el dígito equivocado. Es la primera vez que el destino de un ciudadano depende, literalmente, de su última cifra. Mañana nos dirán que los pares pagan más predial.
En el Metro, los vagones exclusivos para mujeres siguen demostrando ser el espacio más versátil de la ciudad: lo mismo salón de belleza improvisado que sala de lectura, club de amigas o, cuando toca, ring por un asiento. La capital no tiene suficientes centros culturales, pero tiene un vagón que hace de todo entre Pantitlán y Observatorio.
Y para que la angustia sea completa, llegó la economía. El Fondo Monetario Internacional recortó su pronóstico de crecimiento para México a un modesto 1.5%, mientras el peso cerró la semana con una pérdida de 2.57%. Traducido al idioma de la quincena: el país crece al ritmo de un trámite del Registro Civil y la moneda baja con la misma elegancia con que baja un elevador descompuesto. Pero tranquilos: siempre nos quedará el pastel.
Así se despide la semana en la capital: un hoyo nuevo, una fiesta partidista, una guerra contra las caguamas, dos millones y medio de teléfonos sentenciados y un peso que adelgaza más rápido que las promesas de campaña. Si algo sabe hacer esta ciudad es hundirse con banda, pastel y confeti. Abróchense el cinturón —si es que no se lo robaron en Viaducto—, que la próxima semana el socavón viene por la otra banqueta.
Empecemos por Iztapalapa, esa alcaldía que ya debería tener un departamento de geología propio. Una fuga de agua potable en la colonia San Simón Culhuacán abrió un socavón de dos metros de profundidad por tres de diámetro, lo bastante ambicioso como para tumbar parte de un muro y tragarse el pasillo de una casa. Es, oficialmente, el único megaproyecto de movilidad vertical de la ciudad que avanza en tiempo y forma. La fuga, al menos, cumplió: prometió hundir a alguien y lo hizo.
A unos kilómetros, en Tlalpan, los vecinos decidieron protestar contra la Línea 4 del Cablebús tomando Insurgentes Sur. El argumento: las columnas que sostendrán las cabinas “impedirán la movilidad de los habitantes”. La solución que encontraron para defender su movilidad fue, por supuesto, bloquear una de las avenidas más transitadas del sur. Nada dice “déjenme moverme” como sentarse a media calle. Uno entiende el fondo —nadie quiere un poste de concreto en la sala—, pero la coreografía fue impecablemente chilanga.
En la colonia Roma, mientras tanto, Morena partió un pastel para festejar sus 15 años afuera de su primera sede. Quince años: la edad exacta en que uno deja de ser movimiento y empieza a organizar la fiesta con vestido y vals. La escena tuvo su gracia porque, el mismo día, desde Querétaro la oposición panista aseguraba que el partido “rompió el vidrio y sacó el extintor llamado Andrés Manuel López Obrador” para apagar la caída en las encuestas. Entre el pastel y el extintor, el guion del cumpleaños se escribió solo: se festeja con velitas y se gobierna con matafuegos.
Las alcaldías, por su parte, anunciaron una cruzada contra las “chelerías”: seis demarcaciones reportan acciones contra la venta ilegal de alcohol en tianguis y comercio informal. Es reconfortante saber que, en una ciudad con socavones que se comen casas, el enemigo público prioritario es el señor que vende caguamas frías entre los puestos de calcetines. Que tiemble el crimen organizado: vienen por la hielera.
Y como ninguna semana capitalina está completa sin un trámite kafkiano, la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones avisó que este domingo empieza a suspender las líneas celulares terminadas en “3” que no se hayan registrado: 2.5 millones de números condenados por el único delito de terminar en el dígito equivocado. Es la primera vez que el destino de un ciudadano depende, literalmente, de su última cifra. Mañana nos dirán que los pares pagan más predial.
En el Metro, los vagones exclusivos para mujeres siguen demostrando ser el espacio más versátil de la ciudad: lo mismo salón de belleza improvisado que sala de lectura, club de amigas o, cuando toca, ring por un asiento. La capital no tiene suficientes centros culturales, pero tiene un vagón que hace de todo entre Pantitlán y Observatorio.
Y para que la angustia sea completa, llegó la economía. El Fondo Monetario Internacional recortó su pronóstico de crecimiento para México a un modesto 1.5%, mientras el peso cerró la semana con una pérdida de 2.57%. Traducido al idioma de la quincena: el país crece al ritmo de un trámite del Registro Civil y la moneda baja con la misma elegancia con que baja un elevador descompuesto. Pero tranquilos: siempre nos quedará el pastel.
Así se despide la semana en la capital: un hoyo nuevo, una fiesta partidista, una guerra contra las caguamas, dos millones y medio de teléfonos sentenciados y un peso que adelgaza más rápido que las promesas de campaña. Si algo sabe hacer esta ciudad es hundirse con banda, pastel y confeti. Abróchense el cinturón —si es que no se lo robaron en Viaducto—, que la próxima semana el socavón viene por la otra banqueta.