Del guinda al naranja, por la vía exprés
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En Nuevo León hay dos fenómenos que esta semana cambiaron de color sin avisar: el cielo, que pasó del azul al gris plomizo, y la diputada Brenda Velázquez, que pasó del guinda de Morena al naranja de Movimiento Ciudadano en un mismo viernes.
El trámite fue tan expedito como un cambio de carril en hora pico. Por la mañana, un escrito ingresado en la Oficialía de Partes del Congreso formalizó su renuncia a la bancada guinda. Para la tarde, ya la recibían con los brazos abiertos en la bancada naranja, donde la coordinadora Sandra Pámanes celebró la incorporación y aseguró que vendrá a fortalecer la 'agenda común en el territorio'. Nada como estrenar camiseta y que el técnico del nuevo equipo te presente como fichaje estrella el mismo día.
La mecánica es vieja y conocida, pero no por eso deja de sorprender su naturalidad. En otros oficios, cambiar de empresa implica carta de renuncia, dos semanas de aviso y una despedida incómoda junto al garrafón. En la política local, basta con ingresar un papel y sonreír en la foto del nuevo grupo. El votante, que en algún momento marcó una boleta con cierto color en mente, se entera por las redes de que su representante ahora pinta distinto.
El detalle del calendario tampoco pasa desapercibido: faltan meses para el proceso de 2027, esa temporada en la que los colores se vuelven repentinamente negociables y el instinto de supervivencia política florece como la hierba después de la lluvia. El chapulín, ese noble insecto de la fauna legislativa mexicana, tiene sus ciclos, y este parece ser uno de ellos.
Que conste: cambiar de partido es perfectamente legal y es su derecho. Lo que uno extraña, como espectador, es ese pequeño gesto de nostalgia, esa lágrima por el color que se deja atrás. Pero aquí no hubo luto: hubo bienvenida con celebración incluida. En Monterrey, mientras el agua corría por las calles, en el Congreso corrían los colores.
El trámite fue tan expedito como un cambio de carril en hora pico. Por la mañana, un escrito ingresado en la Oficialía de Partes del Congreso formalizó su renuncia a la bancada guinda. Para la tarde, ya la recibían con los brazos abiertos en la bancada naranja, donde la coordinadora Sandra Pámanes celebró la incorporación y aseguró que vendrá a fortalecer la 'agenda común en el territorio'. Nada como estrenar camiseta y que el técnico del nuevo equipo te presente como fichaje estrella el mismo día.
La mecánica es vieja y conocida, pero no por eso deja de sorprender su naturalidad. En otros oficios, cambiar de empresa implica carta de renuncia, dos semanas de aviso y una despedida incómoda junto al garrafón. En la política local, basta con ingresar un papel y sonreír en la foto del nuevo grupo. El votante, que en algún momento marcó una boleta con cierto color en mente, se entera por las redes de que su representante ahora pinta distinto.
El detalle del calendario tampoco pasa desapercibido: faltan meses para el proceso de 2027, esa temporada en la que los colores se vuelven repentinamente negociables y el instinto de supervivencia política florece como la hierba después de la lluvia. El chapulín, ese noble insecto de la fauna legislativa mexicana, tiene sus ciclos, y este parece ser uno de ellos.
Que conste: cambiar de partido es perfectamente legal y es su derecho. Lo que uno extraña, como espectador, es ese pequeño gesto de nostalgia, esa lágrima por el color que se deja atrás. Pero aquí no hubo luto: hubo bienvenida con celebración incluida. En Monterrey, mientras el agua corría por las calles, en el Congreso corrían los colores.