Por fin un chihuahua que no tiembla
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La identidad chihuahuense tenía un problema de relaciones públicas, y el Instituto de Cultura por fin lo resolvió a lo grande, literal. A partir del 5 de octubre, la Plaza de Armas amanecerá con quince perros chihuahua gigantes decorados por artistas locales, cada uno cargando tradiciones, pueblos originarios, naturaleza, arquitectura y gastronomía en su carrocería de fibra de vidrio. Se llama 'Chihuahua deja huella', y sí, la deja: una huella del tamaño de un refrigerador.
Hay algo profundamente nuestro en haber elegido como símbolo monumental al perro más pequeño y más nervioso del planeta, y luego hacerlo descomunal. Es la contradicción perfecta: tomamos al animal que tiembla cuando pasa una moto y lo convertimos en coloso de plaza pública, inmóvil y orgulloso, mirando al horizonte como estatua ecuestre sin caballo y sin jinete. Por fin un chihuahua al que no le da frío.
Uno imagina al chihuahua real, el de carne, hueso y suéter tejido, llegando a la plaza del brazo de su dueña y encontrándose con su versión agrandada quince veces. El pobre no sabría si ladrarle, huir o pedirle protección. Y la escena resumiría, mejor que cualquier discurso, lo que somos: una tierra enorme, de cerros interminables y distancias infinitas, representada por un perrito de bolsillo que decidimos inflar hasta que cupiera el paisaje entero en su lomo pintado.
No se malentienda: la exposición suena bonita, familiar, fotografiable, de esas que llenan la plaza de domingo y de celulares en alto. Está bien que la ciudad se vista de fiesta y que los artistas tengan dónde lucirse. Lo único que pedimos, con el cariño del que se ríe de los suyos, es que alguien anote la lección para los próximos presupuestos culturales: resulta que la identidad no estaba en un debate interminable ni en una mesa de especialistas, sino en quince perros de tamaño industrial parados en la Plaza de Armas. Chihuahua se explica a sí misma, una vez más, con humor involuntario. Y eso, hay que decirlo, también es patrimonio.
Hay algo profundamente nuestro en haber elegido como símbolo monumental al perro más pequeño y más nervioso del planeta, y luego hacerlo descomunal. Es la contradicción perfecta: tomamos al animal que tiembla cuando pasa una moto y lo convertimos en coloso de plaza pública, inmóvil y orgulloso, mirando al horizonte como estatua ecuestre sin caballo y sin jinete. Por fin un chihuahua al que no le da frío.
Uno imagina al chihuahua real, el de carne, hueso y suéter tejido, llegando a la plaza del brazo de su dueña y encontrándose con su versión agrandada quince veces. El pobre no sabría si ladrarle, huir o pedirle protección. Y la escena resumiría, mejor que cualquier discurso, lo que somos: una tierra enorme, de cerros interminables y distancias infinitas, representada por un perrito de bolsillo que decidimos inflar hasta que cupiera el paisaje entero en su lomo pintado.
No se malentienda: la exposición suena bonita, familiar, fotografiable, de esas que llenan la plaza de domingo y de celulares en alto. Está bien que la ciudad se vista de fiesta y que los artistas tengan dónde lucirse. Lo único que pedimos, con el cariño del que se ríe de los suyos, es que alguien anote la lección para los próximos presupuestos culturales: resulta que la identidad no estaba en un debate interminable ni en una mesa de especialistas, sino en quince perros de tamaño industrial parados en la Plaza de Armas. Chihuahua se explica a sí misma, una vez más, con humor involuntario. Y eso, hay que decirlo, también es patrimonio.