El bacheton eterno: la federal 45 y su obra que ya es patrimonio intangible
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Hay obras que se inauguran, obras que se terminan y obras que trascienden a sus constructores para convertirse en una forma de vida. El bacheo del tramo León–Irapuato de la federal 45 pertenece, con honores, a esta tercera categoría: no es una reparación, es una condición permanente del paisaje, como los cerros, como el clima, como la ilusión de que un día estará listo.
Las autoridades lo explican con una lógica impecable: el tramo representa un reto 'debido al volumen de tránsito', con un flujo estimado de entre 50 mil y 70 mil vehículos diarios. Traducido: tapan baches en una de las carreteras más transitadas del Bajío mientras por ahí pasan hasta 70 mil automovilistas que preferirían estar en cualquier otro lado. Es como cambiarle las llantas a un coche sin pararlo, pero multiplicado por un estado entero con prisa.
El resultado es ese clásico cuadro costumbrista del Bajío: una fila interminable de coches avanzando a paso de procesión, el conductor calculando si le conviene rezar o poner pódcast, y a lo lejos el inconfundible destello del señalamiento naranja, ese color que en Guanajuato ya debería tener su propia denominación de origen. 'Reduzca su velocidad', pide el letrero; instrucción innecesaria, porque la velocidad ya la redujo la realidad.
Lo admirable es la fe colectiva. Cada tanto alguien asegura que la obra 'va avanzando', y todos asentimos como quien cree en el Niño Dios: sin pruebas, pero con esperanza. Mientras tanto, planear un viaje León–Irapuato se volvió un ejercicio de logística digno de cruzar una frontera: hay que calcular rutas alternas, horarios y estado de ánimo.
Hay cierta poesía amarga en que el mismo estado que presume aeropuerto con vuelo a Vancouver y un festival internacional de talla mundial no logre que dos de sus ciudades más importantes se comuniquen sin que el trayecto parezca penitencia. Volamos al extranjero un sábado, pero ir de León a Irapuato sigue siendo una odisea con cono naranja.
Al final, uno aprende a quererlo. El bacheton de la 45 ya es parte de la identidad regional: ese recordatorio asfáltico de que en Guanajuato lo único verdaderamente eterno no es el amor ni la fe, sino la obra que 'ya mero' termina.
Las autoridades lo explican con una lógica impecable: el tramo representa un reto 'debido al volumen de tránsito', con un flujo estimado de entre 50 mil y 70 mil vehículos diarios. Traducido: tapan baches en una de las carreteras más transitadas del Bajío mientras por ahí pasan hasta 70 mil automovilistas que preferirían estar en cualquier otro lado. Es como cambiarle las llantas a un coche sin pararlo, pero multiplicado por un estado entero con prisa.
El resultado es ese clásico cuadro costumbrista del Bajío: una fila interminable de coches avanzando a paso de procesión, el conductor calculando si le conviene rezar o poner pódcast, y a lo lejos el inconfundible destello del señalamiento naranja, ese color que en Guanajuato ya debería tener su propia denominación de origen. 'Reduzca su velocidad', pide el letrero; instrucción innecesaria, porque la velocidad ya la redujo la realidad.
Lo admirable es la fe colectiva. Cada tanto alguien asegura que la obra 'va avanzando', y todos asentimos como quien cree en el Niño Dios: sin pruebas, pero con esperanza. Mientras tanto, planear un viaje León–Irapuato se volvió un ejercicio de logística digno de cruzar una frontera: hay que calcular rutas alternas, horarios y estado de ánimo.
Hay cierta poesía amarga en que el mismo estado que presume aeropuerto con vuelo a Vancouver y un festival internacional de talla mundial no logre que dos de sus ciudades más importantes se comuniquen sin que el trayecto parezca penitencia. Volamos al extranjero un sábado, pero ir de León a Irapuato sigue siendo una odisea con cono naranja.
Al final, uno aprende a quererlo. El bacheton de la 45 ya es parte de la identidad regional: ese recordatorio asfáltico de que en Guanajuato lo único verdaderamente eterno no es el amor ni la fe, sino la obra que 'ya mero' termina.