El artefacto bumerán y la factura de la memoria
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Cada 2 de octubre la Ciudad de México cumple con dos rituales simultáneos: uno solemne, el de recordar a los caídos de Tlatelolco; y otro, digamos, performático, el del bloque negro recordándonos que su manera de honrar a los muertos es romperle la cortina a los vivos. Este año la coreografía se repitió con precisión de reloj suizo: contingentes con consignas al frente y, en la retaguardia, el escuadrón de la demolición haciendo lo suyo.
La Canaco, que no marcha pero sí cuenta, sacó la calculadora: alrededor de millón y medio de pesos en daños a comercios por los destrozos y saqueos de la jornada. En otras cuentas de la cámara, miles de negocios bajaron la cortina y las pérdidas por no abrir treparon a decenas de millones. Honrar la memoria del 68 reventando el aparador de una farmacia que entonces ni existía es, convengamos, una interpretación muy libre de la historia.
El momento cumbre, sin embargo, lo firmó la física. Un joven intentó arrojar un artefacto y el objeto, con un sentido de la justicia que ya quisieran los tribunales, rebotó y detonó cerca de él, dejándolo lesionado. El ERUM tuvo que atenderlo. Hay metáforas que uno no se atreve a escribir por miedo a parecer cruel, y luego la realidad las lanza solita, con efecto bumerán incluido.
Para completar la estampa, alguien le prendió fuego a la puerta de un edificio en la mismísima Plaza de la Constitución, obligando a los bomberos a convertir la conmemoración en práctica de hidrante. El Zócalo, que ha visto de todo, agregó a su currículum una fogata no autorizada.
Que quede claro: la memoria del 2 de octubre merece respeto, calles llenas y exigencia de justicia. Lo que no merece es que su nombre se use de coartada para el vandalismo anual que deja sin ingresos al que vende tortas en la esquina. Entre el que marcha por los desaparecidos y el que desaparece una vitrina hay una distancia moral del tamaño del Zócalo.
El saldo del día: una ciudad que volvió a demostrar que sabe recordar su tragedia y, al mismo tiempo, producir, puntualísima, la suya propia en formato anual.
La Canaco, que no marcha pero sí cuenta, sacó la calculadora: alrededor de millón y medio de pesos en daños a comercios por los destrozos y saqueos de la jornada. En otras cuentas de la cámara, miles de negocios bajaron la cortina y las pérdidas por no abrir treparon a decenas de millones. Honrar la memoria del 68 reventando el aparador de una farmacia que entonces ni existía es, convengamos, una interpretación muy libre de la historia.
El momento cumbre, sin embargo, lo firmó la física. Un joven intentó arrojar un artefacto y el objeto, con un sentido de la justicia que ya quisieran los tribunales, rebotó y detonó cerca de él, dejándolo lesionado. El ERUM tuvo que atenderlo. Hay metáforas que uno no se atreve a escribir por miedo a parecer cruel, y luego la realidad las lanza solita, con efecto bumerán incluido.
Para completar la estampa, alguien le prendió fuego a la puerta de un edificio en la mismísima Plaza de la Constitución, obligando a los bomberos a convertir la conmemoración en práctica de hidrante. El Zócalo, que ha visto de todo, agregó a su currículum una fogata no autorizada.
Que quede claro: la memoria del 2 de octubre merece respeto, calles llenas y exigencia de justicia. Lo que no merece es que su nombre se use de coartada para el vandalismo anual que deja sin ingresos al que vende tortas en la esquina. Entre el que marcha por los desaparecidos y el que desaparece una vitrina hay una distancia moral del tamaño del Zócalo.
El saldo del día: una ciudad que volvió a demostrar que sabe recordar su tragedia y, al mismo tiempo, producir, puntualísima, la suya propia en formato anual.