El cocodrilo no cruzó la línea: la línea se mudó con todo y mar a su comedor
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Hay tragedias que merecen, antes que la sátira, el respeto. La muerte de un turista de 28 años atacado por un cocodrilo en zona de playa de Puerto Vallarta es una de ellas, y conviene decirlo con todas sus letras: fue una desgracia, no una anécdota. Pero alrededor del hecho se construyó un discurso tan absurdo que merece, ese sí, una mirada filosa.
Las autoridades estatales reforzaron la vigilancia y explicaron que las lluvias aumentaron el nivel del agua en esteros, ríos y canales, conectándolos con las playas. Es decir: el cocodrilo no decidió un día invadir la zona turística por capricho carnívoro. El agua hizo el trabajo de plomería que la naturaleza siempre hace en temporal, y el reptil simplemente siguió el camino que le abrieron. El animal no leyó el folleto turístico ni respetó el deslinde de Desarrollo Urbano; él vive ahí desde antes de que existiera el primer hotel con vista al mar.
El Informador, además, dedicó piezas enteras a explicar por qué hay tantos ataques de cocodrilos en Vallarta y a enlistar cuáles playas tienen presencia de estos reptiles, recordando la regla de oro: mantener al menos diez metros de distancia si se ve un ejemplar. Recomendación impecable y necesaria. El problema es que la convivencia con cocodrilos en la costa jalisciense no es noticia nueva: es un dato conocido que cada temporada se redescubre con cara de novedad, como si el manglar acabara de mudarse al vecindario.
Lo incómodo es la asimetría del asombro. Nos sorprende el cocodrilo, pero no la urbanización que se acerca cada año más a su hábitat. Nos alarma el reptil en la playa, pero no el patrón que se repite con la puntualidad del calendario de lluvias. El cocodrilo, en su defensa, no asistió a ninguna reunión de cabildo ni firmó ningún permiso de construcción cerca del estero. Solo siguió el agua. Y el agua, este año como cada año, llegó hasta donde quiso.
Las autoridades estatales reforzaron la vigilancia y explicaron que las lluvias aumentaron el nivel del agua en esteros, ríos y canales, conectándolos con las playas. Es decir: el cocodrilo no decidió un día invadir la zona turística por capricho carnívoro. El agua hizo el trabajo de plomería que la naturaleza siempre hace en temporal, y el reptil simplemente siguió el camino que le abrieron. El animal no leyó el folleto turístico ni respetó el deslinde de Desarrollo Urbano; él vive ahí desde antes de que existiera el primer hotel con vista al mar.
El Informador, además, dedicó piezas enteras a explicar por qué hay tantos ataques de cocodrilos en Vallarta y a enlistar cuáles playas tienen presencia de estos reptiles, recordando la regla de oro: mantener al menos diez metros de distancia si se ve un ejemplar. Recomendación impecable y necesaria. El problema es que la convivencia con cocodrilos en la costa jalisciense no es noticia nueva: es un dato conocido que cada temporada se redescubre con cara de novedad, como si el manglar acabara de mudarse al vecindario.
Lo incómodo es la asimetría del asombro. Nos sorprende el cocodrilo, pero no la urbanización que se acerca cada año más a su hábitat. Nos alarma el reptil en la playa, pero no el patrón que se repite con la puntualidad del calendario de lluvias. El cocodrilo, en su defensa, no asistió a ninguna reunión de cabildo ni firmó ningún permiso de construcción cerca del estero. Solo siguió el agua. Y el agua, este año como cada año, llegó hasta donde quiso.