'Sin buscar cargos': el género literario favorito de la política mexicana
Tamaño de letra
Existe en México un género literario tan consolidado como el corrido o la telenovela: el anuncio del político que jura, con la mano en el pecho, que no quiere ningún cargo. Esta semana sumó un nuevo título. Tatiana Clouthier presentó «Todos con Conciencia», un movimiento ciudadano con el que —aclaró antes de que nadie preguntara— no busca puestos de elección, sino «mantener su participación en la vida pública» y «seguir trabajando desde la ciudadanía».
Conmueve la precisión del deslinde. Porque nadie, absolutamente nadie, había insinuado que la exfuncionaria federal anduviera tras una candidatura. Y sin embargo ahí está la aclaración, puntual, preventiva, como paraguas abierto en día despejado. En la retórica política mexicana, decir «no busco cargos» funciona igual que el letrero de «se vende» en una casa: oficialmente informativo, prácticamente una invitación.
Desglosemos el combo, que es un clásico. Primero, el movimiento «ciudadano»: la palabra mágica que convierte cualquier estructura con equipo territorial y área de comunicación en una espontánea efervescencia del pueblo. Porque, detalle encantador, el anuncio se hizo precisamente en una reunión con el equipo territorial y de comunicación. Territorial. Esa palabra que en política nunca significa jardinería.
Segundo, el propósito noble y amplísimo: «impulsar la participación pública» y «transformar Nuevo León». Objetivos tan generosos y tan imposibles de medir que caben en ellos lo mismo una colecta de tapitas que una precampaña rumbo a 2027. Nadie podrá acusarla de incumplir una meta que, por diseño, no tiene forma de evaluarse.
Y tercero, el gran recurso: la negación anticipada del cargo. Es la coartada perfecta. Si en año electoral alguien recuerda el nombre, la maquinaria ya estará aceitada; y si la cosa no camina, siempre quedará el honroso «yo solo quería servir desde abajo».
Que conste: organizarse como ciudadanía es legítimo y hasta saludable. El problema no es el movimiento, es el ritual. Ese paso de baile en el que se arma estructura, se convoca a los operadores, se lanza un nombre pegajoso y, con la sonrisa más limpia del repertorio, se asegura que todo esto no tiene absolutamente nada que ver con las elecciones. Nada. Para nada. Ni se le había ocurrido.
Lo dicho: en Nuevo León nadie quiere el cargo. Solo quieren estar cerca, por si el cargo, un día, los quiere a ellos.
Conmueve la precisión del deslinde. Porque nadie, absolutamente nadie, había insinuado que la exfuncionaria federal anduviera tras una candidatura. Y sin embargo ahí está la aclaración, puntual, preventiva, como paraguas abierto en día despejado. En la retórica política mexicana, decir «no busco cargos» funciona igual que el letrero de «se vende» en una casa: oficialmente informativo, prácticamente una invitación.
Desglosemos el combo, que es un clásico. Primero, el movimiento «ciudadano»: la palabra mágica que convierte cualquier estructura con equipo territorial y área de comunicación en una espontánea efervescencia del pueblo. Porque, detalle encantador, el anuncio se hizo precisamente en una reunión con el equipo territorial y de comunicación. Territorial. Esa palabra que en política nunca significa jardinería.
Segundo, el propósito noble y amplísimo: «impulsar la participación pública» y «transformar Nuevo León». Objetivos tan generosos y tan imposibles de medir que caben en ellos lo mismo una colecta de tapitas que una precampaña rumbo a 2027. Nadie podrá acusarla de incumplir una meta que, por diseño, no tiene forma de evaluarse.
Y tercero, el gran recurso: la negación anticipada del cargo. Es la coartada perfecta. Si en año electoral alguien recuerda el nombre, la maquinaria ya estará aceitada; y si la cosa no camina, siempre quedará el honroso «yo solo quería servir desde abajo».
Que conste: organizarse como ciudadanía es legítimo y hasta saludable. El problema no es el movimiento, es el ritual. Ese paso de baile en el que se arma estructura, se convoca a los operadores, se lanza un nombre pegajoso y, con la sonrisa más limpia del repertorio, se asegura que todo esto no tiene absolutamente nada que ver con las elecciones. Nada. Para nada. Ni se le había ocurrido.
Lo dicho: en Nuevo León nadie quiere el cargo. Solo quieren estar cerca, por si el cargo, un día, los quiere a ellos.