Vallarta, destino de clase mundial: cocodrilos, sol y bolsa de basura en el camellón
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Puerto Vallarta presume, con justa razón, ser uno de los principales destinos de playa del país. Lo que no presume, pero igual exhibe, es el cuadro que cuatro reportes distintos documentaron casi al mismo tiempo: basura en calles y parques, material de construcción y escombros sobre banquetas, residuos acumulados en la Unidad Deportiva Agustín Flores Contreras y retrasos en la recolección que dejan bolsas y malos olores en colonias enteras. Una sinfonía completa de descuido urbano, ejecutada en cuatro movimientos.
El detalle delicioso es el coro unánime: en las cuatro notas, residentes y visitantes coinciden en que todo esto 'afecta la imagen urbana' y 'proyecta una imagen negativa' de un municipio cuya economía depende del turismo. Es el eufemismo perfecto. No decimos que huele mal; decimos que se ve mal. No decimos que hay roedores; decimos que hay contaminación visual. La basura vallartense tiene mejor asesor de relaciones públicas que muchos políticos.
La lógica es impecable y por eso duele: la ciudad invierte energía en recibir al mundo durante el Mundial, en lucir malecones, esculturas y ciudades hermanas al otro lado del Pacífico, y al mismo tiempo deja que el escombro lleve días sobre la banqueta como si fuera mobiliario urbano permanente. Es invitar a la suegra a cenar y dejar los trastes de tres días apilados, confiando en que no mire hacia la cocina.
Lo más revelador es que el problema no se atribuye solo a la autoridad: varias notas señalan a ciudadanos que depositan basura de forma irresponsable pese a las labores de limpieza cotidianas. O sea, el desencuentro es de ida y vuelta: el camión que tarda en pasar y el vecino que no espera al camión. Entre ambos construyen el paisaje. Vallarta merece la postal de sus atardeceres, no la del lote baldío con desechos. Y la 'imagen urbana', esa señora tan mencionada y tan poco atendida, sigue esperando que alguien la saque a pasear sin tropezar con una bolsa.
El detalle delicioso es el coro unánime: en las cuatro notas, residentes y visitantes coinciden en que todo esto 'afecta la imagen urbana' y 'proyecta una imagen negativa' de un municipio cuya economía depende del turismo. Es el eufemismo perfecto. No decimos que huele mal; decimos que se ve mal. No decimos que hay roedores; decimos que hay contaminación visual. La basura vallartense tiene mejor asesor de relaciones públicas que muchos políticos.
La lógica es impecable y por eso duele: la ciudad invierte energía en recibir al mundo durante el Mundial, en lucir malecones, esculturas y ciudades hermanas al otro lado del Pacífico, y al mismo tiempo deja que el escombro lleve días sobre la banqueta como si fuera mobiliario urbano permanente. Es invitar a la suegra a cenar y dejar los trastes de tres días apilados, confiando en que no mire hacia la cocina.
Lo más revelador es que el problema no se atribuye solo a la autoridad: varias notas señalan a ciudadanos que depositan basura de forma irresponsable pese a las labores de limpieza cotidianas. O sea, el desencuentro es de ida y vuelta: el camión que tarda en pasar y el vecino que no espera al camión. Entre ambos construyen el paisaje. Vallarta merece la postal de sus atardeceres, no la del lote baldío con desechos. Y la 'imagen urbana', esa señora tan mencionada y tan poco atendida, sigue esperando que alguien la saque a pasear sin tropezar con una bolsa.