Parral descubre que el río no era estacionamiento (y ahora hay que sesionar para no cobrarlo)
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Hay descubrimientos que cambian la historia de la humanidad: el fuego, la rueda, la penicilina. A esa lista, Parral acaba de agregar uno propio: el agua corre por el río.
Durante quién sabe cuánto tiempo, la ciudad resolvió su falta de cajones de estacionamiento con una solución de ingeniería audaz: dejar los coches en el cauce del río. Funcionaba de maravilla… hasta que llovió. Porque resulta —y esto la AMPI lo plantea ahora como hallazgo urbano— que un río, de vez en cuando, hace lo que los ríos hacen. Las crecientes 'expusieron la necesidad' de construir en altura fuera de las zonas de peligro, frase que, traducida del urbanista al cristiano, significa: no estaciones donde hay agua, compadre.
Pero lo verdaderamente parralense viene después. Como el parqueadero del río quedó inhabilitado por las lluvias, alguien propuso lo lógico: suspender el cobro de parquímetros mientras no se pueda usar. Sensato, ¿no? Pues no tan rápido. Según Jesús Morales, esa suspensión requiere el aval del Consejo Municipal de Estacionómetros. O sea: para dejar de cobrar un estacionamiento que está bajo el agua, hace falta convocar a un consejo, levantar acta y votar. En Parral, hasta renunciar a un ingreso lleva trámite.
Uno se imagina la sesión: señores consejeros, se somete a votación si seguimos cobrando el estacionamiento que, técnicamente, es un río. Mociones, quórum, un café de olla y la firme convicción municipal de que ningún peso se deja de recaudar sin su debido procedimiento.
Para rematar el capítulo acuático, la JMAS consiguió un volumen adicional —un 7.3% más de concesión de agua— para afrontar el déficit del suministro. Es decir: a la ciudad le falta agua en la llave pero le sobra en el estacionamiento. Un equilibrio casi poético, un acertijo zen del norte: ¿dónde está el agua de Parral? Donde no la necesitas.
Mientras el Consejo delibera, el río sigue su curso con la paciencia de quien sabe que siempre vuelve. Los coches, esperamos, ya no. Y la próxima vez que alguien sugiera estacionarse 'junto al agüita', tal vez convenga recordarle que el agüita, cuando quiere, también sabe cobrar —y esa factura no la revisa ningún estacionómetro.
Durante quién sabe cuánto tiempo, la ciudad resolvió su falta de cajones de estacionamiento con una solución de ingeniería audaz: dejar los coches en el cauce del río. Funcionaba de maravilla… hasta que llovió. Porque resulta —y esto la AMPI lo plantea ahora como hallazgo urbano— que un río, de vez en cuando, hace lo que los ríos hacen. Las crecientes 'expusieron la necesidad' de construir en altura fuera de las zonas de peligro, frase que, traducida del urbanista al cristiano, significa: no estaciones donde hay agua, compadre.
Pero lo verdaderamente parralense viene después. Como el parqueadero del río quedó inhabilitado por las lluvias, alguien propuso lo lógico: suspender el cobro de parquímetros mientras no se pueda usar. Sensato, ¿no? Pues no tan rápido. Según Jesús Morales, esa suspensión requiere el aval del Consejo Municipal de Estacionómetros. O sea: para dejar de cobrar un estacionamiento que está bajo el agua, hace falta convocar a un consejo, levantar acta y votar. En Parral, hasta renunciar a un ingreso lleva trámite.
Uno se imagina la sesión: señores consejeros, se somete a votación si seguimos cobrando el estacionamiento que, técnicamente, es un río. Mociones, quórum, un café de olla y la firme convicción municipal de que ningún peso se deja de recaudar sin su debido procedimiento.
Para rematar el capítulo acuático, la JMAS consiguió un volumen adicional —un 7.3% más de concesión de agua— para afrontar el déficit del suministro. Es decir: a la ciudad le falta agua en la llave pero le sobra en el estacionamiento. Un equilibrio casi poético, un acertijo zen del norte: ¿dónde está el agua de Parral? Donde no la necesitas.
Mientras el Consejo delibera, el río sigue su curso con la paciencia de quien sabe que siempre vuelve. Los coches, esperamos, ya no. Y la próxima vez que alguien sugiera estacionarse 'junto al agüita', tal vez convenga recordarle que el agüita, cuando quiere, también sabe cobrar —y esa factura no la revisa ningún estacionómetro.