Vivir en Guadalajara: deporte de alto rendimiento que todavía no aparece en ningún Mundial
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Guadalajara presume de haber sido sede de tres Copas del Mundo, pero hay una competencia que se celebra aquí todos los días, sin patrocinadores ni estadio: la de llegar a fin de mes. Y esta semana los reportes confirmaron lo que cualquier tapatío ya sabía en la carne: la ciudad está cada vez más cara, y la medalla la paga el de a pie.
El diagnóstico es casi de manual. La gentrificación avanza en dos frentes: por un lado empuja a la población hacia las periferias, porque los precios de la vivienda dentro de la ciudad ya se cotizan en un idioma que el salario promedio no habla; por el otro, encarece hasta la despensa, de modo que el que se queda tampoco la libra. Es decir: si te vas, pierdes la ciudad; si te quedas, pierdes el sueldo. Un dilema digno de tragedia griega, pero con renta mensual.
Y como mudarse a la periferia significa quedar lejos de todo, floreció el mototaxi: esa alternativa para los trayectos cortos hacia las avenidas principales, las escuelas y los centros de trabajo, atrapada —según los propios reportes— entre la regulación que no termina de llegar y el costo que nunca deja de subir. O sea que hasta la solución improvisada al problema del transporte vive en el mismo limbo que todo lo demás en esta metrópoli: a medias legalizada, siempre al borde, cobrando lo que puede.
Por si faltara el toque doméstico, la Comisión Nacional de Energía actualizó —como cada semana, con esa puntualidad que ya quisiéramos para otras cosas— las tarifas máximas del gas LP en Jalisco, que varían municipio por municipio. Porque aquí lo único que sube con disciplina suiza es el precio del tanque estacionario. El agua no llega puntual, la quincena en algunos lados tampoco, pero el ajuste del gas nunca falta a la cita.
Súmese todo: la vivienda que expulsa, la comida que aprieta, el mototaxi que improvisa y el gas que se actualiza. El resultado es un tapatío convertido en atleta de resistencia, entrenado para esquivar aumentos, calcular rutas baratas y estirar el gasto como quien hace malabares con cuchillos. No habrá estadio ni afición coreando, pero vivir en Guadalajara al corriente de todo ya merece, cuando menos, un lugar en el medallero. Lástima que, por ahora, el único que acumula marcas en esta ciudad sea el costo de vida.
El diagnóstico es casi de manual. La gentrificación avanza en dos frentes: por un lado empuja a la población hacia las periferias, porque los precios de la vivienda dentro de la ciudad ya se cotizan en un idioma que el salario promedio no habla; por el otro, encarece hasta la despensa, de modo que el que se queda tampoco la libra. Es decir: si te vas, pierdes la ciudad; si te quedas, pierdes el sueldo. Un dilema digno de tragedia griega, pero con renta mensual.
Y como mudarse a la periferia significa quedar lejos de todo, floreció el mototaxi: esa alternativa para los trayectos cortos hacia las avenidas principales, las escuelas y los centros de trabajo, atrapada —según los propios reportes— entre la regulación que no termina de llegar y el costo que nunca deja de subir. O sea que hasta la solución improvisada al problema del transporte vive en el mismo limbo que todo lo demás en esta metrópoli: a medias legalizada, siempre al borde, cobrando lo que puede.
Por si faltara el toque doméstico, la Comisión Nacional de Energía actualizó —como cada semana, con esa puntualidad que ya quisiéramos para otras cosas— las tarifas máximas del gas LP en Jalisco, que varían municipio por municipio. Porque aquí lo único que sube con disciplina suiza es el precio del tanque estacionario. El agua no llega puntual, la quincena en algunos lados tampoco, pero el ajuste del gas nunca falta a la cita.
Súmese todo: la vivienda que expulsa, la comida que aprieta, el mototaxi que improvisa y el gas que se actualiza. El resultado es un tapatío convertido en atleta de resistencia, entrenado para esquivar aumentos, calcular rutas baratas y estirar el gasto como quien hace malabares con cuchillos. No habrá estadio ni afición coreando, pero vivir en Guadalajara al corriente de todo ya merece, cuando menos, un lugar en el medallero. Lástima que, por ahora, el único que acumula marcas en esta ciudad sea el costo de vida.