Ciento cinco bicicletas blancas y un cargo que sigue ocupado
Tamaño de letra
Hay cifras que no deberían caber en una columna de sátira porque no tienen nada de gracioso. Ciento cinco. Ese es el número de ciclistas que, según el colectivo Bicicleta Blanca, han muerto atropellados en hechos relacionados con camiones del transporte público en el Área Metropolitana de Guadalajara desde 2009. No es una metáfora ni una proyección: es un conteo, una lista de nombres que el colectivo colgó en un cartel afuera de la Secretaría de Transporte, junto a una bicicleta pintada de blanco e instalada en un poste.
El colectivo pidió la destitución del titular de Transporte, Diego Monraz, y exigió responsabilidad política frente a lo que llaman 'violencia vial'. La palabra es precisa y por eso incomoda: no fueron 'accidentes' en abstracto, fueron muertes ocurridas en un sistema donde el camión pesa toneladas y la bicicleta pesa la vida de quien la pedalea. La asimetría física es brutal; la asimetría de atención pública, todavía más.
Porque aquí va el contraste que duele de verdad: esta semana Guadalajara fue sede mundialista por tercera vez en su historia, organizó Fan Fest, recorridos turísticos gratuitos y derrama económica millonaria, y la ciudad demostró que sabe coordinar operativos, cerrar calles y mover multitudes cuando hay un balón de por medio. La misma ciudad que afina la logística para recibir al mundo lleva quince años sin afinar la logística para que un ciclista llegue vivo a su casa.
Una bicicleta blanca en un poste es un monumento incómodo: no celebra nada, solo recuerda. Y recuerda algo que el ruido del Mundial tiende a tapar: que mientras festejamos goles, hay una lista que sigue creciendo y un cargo que sigue ocupado. La pintura blanca es barata; cambiar el patrón que produce esa lista, no. Quizá por eso, año con año, lo más fácil sigue siendo pintar otra bicicleta.
El colectivo pidió la destitución del titular de Transporte, Diego Monraz, y exigió responsabilidad política frente a lo que llaman 'violencia vial'. La palabra es precisa y por eso incomoda: no fueron 'accidentes' en abstracto, fueron muertes ocurridas en un sistema donde el camión pesa toneladas y la bicicleta pesa la vida de quien la pedalea. La asimetría física es brutal; la asimetría de atención pública, todavía más.
Porque aquí va el contraste que duele de verdad: esta semana Guadalajara fue sede mundialista por tercera vez en su historia, organizó Fan Fest, recorridos turísticos gratuitos y derrama económica millonaria, y la ciudad demostró que sabe coordinar operativos, cerrar calles y mover multitudes cuando hay un balón de por medio. La misma ciudad que afina la logística para recibir al mundo lleva quince años sin afinar la logística para que un ciclista llegue vivo a su casa.
Una bicicleta blanca en un poste es un monumento incómodo: no celebra nada, solo recuerda. Y recuerda algo que el ruido del Mundial tiende a tapar: que mientras festejamos goles, hay una lista que sigue creciendo y un cargo que sigue ocupado. La pintura blanca es barata; cambiar el patrón que produce esa lista, no. Quizá por eso, año con año, lo más fácil sigue siendo pintar otra bicicleta.