Soldados, dedazos y otras costumbres que juramos no repetir
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En el norte tenemos una tradición más confiable que el frío de diciembre: jurar que jamás caeremos en los vicios del adversario y caer en ellos con entusiasmo olímpico. Esta semana le tocó el turno a Morena.
El episodio empezó con tono épico. Andrea Chávez, designada coordinadora del partido en Juárez, agradeció el nombramiento declarándose “un soldado de la presidenta”. Uno entiende la metáfora, pero conviene recordar que los municipios se gobiernan con presupuesto y paciencia, no con rangos militares. Que una servidora pública se presente como soldado es tierno hasta que uno cae en cuenta de que los soldados no suelen hacer campaña: obedecen órdenes. Y en política, “obedecer órdenes” tiene otro nombre menos heroico.
El coro de respaldos no se hizo esperar: operadores y cuadros del movimiento salieron a celebrar la designación como ejemplo de unidad y organización territorial. Hermosa palabra, “unidad”. En la práctica suele significar que todos están de acuerdo porque a nadie le preguntaron.
Y entonces llegó el aguafiestas. El exdirigente estatal del propio partido —que, pequeño asterisco, no resultó favorecido por la encuesta— acusó que la designación fue un “dedazo” calcado de las mañas del PRIAN, y cuestionó la pulcritud estatutaria de la dirigencia nacional. Aquí la ironía alcanza niveles de obra de teatro: el movimiento que construyó su identidad denunciando el dedazo ajeno ahora lo defiende como método propio. “La costumbre es más fuerte que el amor”, dijo el inconforme, citando el bolero con una puntería que ya quisieran los compositores.
Lo entrañable del asunto es que ambos tienen razón a su manera. La designada sirve a su causa con disciplina de soldado; el inconforme defiende los estatutos con el fervor del que perdió la encuesta. Y el ciudadano de a pie, que no es soldado ni dirigente ni encuestado, observa el pleito desde la banqueta preguntándose si en algún momento alguien le preguntará algo a él.
La respuesta, como la verificación vehicular, está contemplada en la teoría. En la práctica, mejor no esperarla sentado.
El episodio empezó con tono épico. Andrea Chávez, designada coordinadora del partido en Juárez, agradeció el nombramiento declarándose “un soldado de la presidenta”. Uno entiende la metáfora, pero conviene recordar que los municipios se gobiernan con presupuesto y paciencia, no con rangos militares. Que una servidora pública se presente como soldado es tierno hasta que uno cae en cuenta de que los soldados no suelen hacer campaña: obedecen órdenes. Y en política, “obedecer órdenes” tiene otro nombre menos heroico.
El coro de respaldos no se hizo esperar: operadores y cuadros del movimiento salieron a celebrar la designación como ejemplo de unidad y organización territorial. Hermosa palabra, “unidad”. En la práctica suele significar que todos están de acuerdo porque a nadie le preguntaron.
Y entonces llegó el aguafiestas. El exdirigente estatal del propio partido —que, pequeño asterisco, no resultó favorecido por la encuesta— acusó que la designación fue un “dedazo” calcado de las mañas del PRIAN, y cuestionó la pulcritud estatutaria de la dirigencia nacional. Aquí la ironía alcanza niveles de obra de teatro: el movimiento que construyó su identidad denunciando el dedazo ajeno ahora lo defiende como método propio. “La costumbre es más fuerte que el amor”, dijo el inconforme, citando el bolero con una puntería que ya quisieran los compositores.
Lo entrañable del asunto es que ambos tienen razón a su manera. La designada sirve a su causa con disciplina de soldado; el inconforme defiende los estatutos con el fervor del que perdió la encuesta. Y el ciudadano de a pie, que no es soldado ni dirigente ni encuestado, observa el pleito desde la banqueta preguntándose si en algún momento alguien le preguntará algo a él.
La respuesta, como la verificación vehicular, está contemplada en la teoría. En la práctica, mejor no esperarla sentado.