Secuestro virtual: la película de terror donde usted pone la voz
Tamaño de letra
Hay que reconocerle a la Guardia Civil de Michoacán un buen día de oficina: en 24 horas reporta haber frustrado cuatro secuestros virtuales —en Morelia, Uruapan, Paracho y Quiroga— y haber evitado que las familias depositaran 2.5 millones de pesos. En uno de los casos, el de un joven de 21 años en Morelia, los agentes lo localizaron sano y salvo mientras en otro teléfono alguien exigía dos millones por su supuesta liberación. El joven, por cierto, nunca estuvo secuestrado. Ese es todo el truco.
Porque el secuestro virtual es el delito más barato de producir y el más caro de padecer. No hay plagio, no hay cautiverio, no hay logística: hay una llamada, un guion aprendido y la apuesta de que el miedo trabaje más rápido que la razón. El delincuente no secuestra a nadie; secuestra el teléfono, el pulso y los siguientes diez minutos de una familia. Y, como toda buena producción de terror de bajo presupuesto, exige que la víctima colabore poniendo la voz, las lágrimas y, de ser posible, el número de su cuenta.
La receta oficial para no caer es, afortunadamente, sencilla: colgar, respirar y confirmar dónde está el ser querido antes de mover un solo peso. El 089 existe para eso. El problema es casi cómico y muy nuestro: nos educaron para no ser groseros, para no colgarle a nadie, y el extorsionador lo sabe. Cuenta con que preferimos aguantar una amenaza antes que parecer maleducados. Ahí, justo ahí, está el negocio.
Hay algo más que conviene decir sin ironía. Que cuatro intentos se hayan frustrado en un solo día significa, también, que hubo cuatro llamadas. Cuatro familias que durante unos minutos vivieron lo peor que un padre o una madre pueden imaginar, aunque fuera mentira. El alivio del desenlace no borra el susto del trámite, y por eso la verdadera victoria no está solo en el operativo policial, sino en cada persona que tuvo la sangre fría de dudar.
Así que guarde esto en la cartera, junto a la credencial: si el teléfono suena y una voz desconocida le pide dinero por alguien que ama, cuelgue. Marque usted. Confirme. Y si quien llamaba resultó ser, otra vez, su compañía telefónica ofreciéndole un nuevo plan, pues también cuelgue: ese, al menos, no le iba a devolver los dos millones, pero tampoco le iba a regresar los dos minutos.
Porque el secuestro virtual es el delito más barato de producir y el más caro de padecer. No hay plagio, no hay cautiverio, no hay logística: hay una llamada, un guion aprendido y la apuesta de que el miedo trabaje más rápido que la razón. El delincuente no secuestra a nadie; secuestra el teléfono, el pulso y los siguientes diez minutos de una familia. Y, como toda buena producción de terror de bajo presupuesto, exige que la víctima colabore poniendo la voz, las lágrimas y, de ser posible, el número de su cuenta.
La receta oficial para no caer es, afortunadamente, sencilla: colgar, respirar y confirmar dónde está el ser querido antes de mover un solo peso. El 089 existe para eso. El problema es casi cómico y muy nuestro: nos educaron para no ser groseros, para no colgarle a nadie, y el extorsionador lo sabe. Cuenta con que preferimos aguantar una amenaza antes que parecer maleducados. Ahí, justo ahí, está el negocio.
Hay algo más que conviene decir sin ironía. Que cuatro intentos se hayan frustrado en un solo día significa, también, que hubo cuatro llamadas. Cuatro familias que durante unos minutos vivieron lo peor que un padre o una madre pueden imaginar, aunque fuera mentira. El alivio del desenlace no borra el susto del trámite, y por eso la verdadera victoria no está solo en el operativo policial, sino en cada persona que tuvo la sangre fría de dudar.
Así que guarde esto en la cartera, junto a la credencial: si el teléfono suena y una voz desconocida le pide dinero por alguien que ama, cuelgue. Marque usted. Confirme. Y si quien llamaba resultó ser, otra vez, su compañía telefónica ofreciéndole un nuevo plan, pues también cuelgue: ese, al menos, no le iba a devolver los dos millones, pero tampoco le iba a regresar los dos minutos.