Combate a la corrupción nivel dios: ahora nadie sabe quién combate la corrupción
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Hay ideas tan luminosas que uno no sabe si aplaudir o persignarse. La Unidad de Inteligencia Financiera, el organismo que rastrea el dinero sucio del país, encontró la fórmula definitiva contra la corrupción: desaparecer. No a los corruptos —eso sería mucho pedir—, sino a sus propios funcionarios. Reservó por cinco años, prorrogables hasta diez, los nombres y las declaraciones patrimoniales de su personal. El argumento oficial es que revelarlos "pondría en riesgo la seguridad e incluso la vida" de esas personas y, de paso, serviría "para evitar sobornos".
Deténganse a saborear la joya lógica: no te pueden sobornar si no saben quién eres. Es el programa de protección a testigos, pero para los que vigilan. Siguiendo ese razonamiento impecable, los bancos deberían ocultar dónde están las sucursales para evitar asaltos, y los semáforos cambiar de esquina cada noche para que nadie se los salte. El crimen, vencido por el anonimato administrativo.
Lo poético es el calendario. La reserva vence en 2029, con opción a estirarse hasta 2034. O sea que el ciudadano podrá conocer los nombres de quienes vigilaron su dinero más o menos cuando ya nada de eso importe, cuando los expedientes sean piezas de museo y los funcionarios anden jubilados. Transparencia diferida, como esos pagos a 48 meses sin intereses que terminas cubriendo cuando ya olvidaste qué compraste.
Y es que combatir la corrupción escondiendo a los que la combaten tiene un encanto circular irresistible. Si nadie sabe quién trabaja en la UIF, nadie sabe si la UIF trabaja. El organismo entero se vuelve un rumor, una leyenda urbana con presupuesto. "Dicen que existe una oficina que revisa las cuentas…", contarán los abuelos. "Nadie la ha visto, pero ahí anda."
Uno entiende la preocupación por la seguridad; el país no está para ingenuidades y el riesgo es real. Pero hay algo profundamente mexicano en resolver un problema de confianza pública clausurando precisamente la parte pública. Pedimos funcionarios ejemplares y nos entregan funcionarios invisibles, que para el caso es lo contrario de un ejemplo: nadie puede seguir el modelo de alguien que no tiene cara.
Mientras tanto, en la capital se firman decálogos de transparencia con bombo y platillo. Qué ironía tan fina: de un lado juran que todo se verá; del otro, aseguran que por nuestro bien es mejor no ver nada. La transparencia nacional alcanzó su forma más pura. Es tan clara, tan limpia, tan perfecta, que ya no se distingue absolutamente nada detrás del cristal.
Deténganse a saborear la joya lógica: no te pueden sobornar si no saben quién eres. Es el programa de protección a testigos, pero para los que vigilan. Siguiendo ese razonamiento impecable, los bancos deberían ocultar dónde están las sucursales para evitar asaltos, y los semáforos cambiar de esquina cada noche para que nadie se los salte. El crimen, vencido por el anonimato administrativo.
Lo poético es el calendario. La reserva vence en 2029, con opción a estirarse hasta 2034. O sea que el ciudadano podrá conocer los nombres de quienes vigilaron su dinero más o menos cuando ya nada de eso importe, cuando los expedientes sean piezas de museo y los funcionarios anden jubilados. Transparencia diferida, como esos pagos a 48 meses sin intereses que terminas cubriendo cuando ya olvidaste qué compraste.
Y es que combatir la corrupción escondiendo a los que la combaten tiene un encanto circular irresistible. Si nadie sabe quién trabaja en la UIF, nadie sabe si la UIF trabaja. El organismo entero se vuelve un rumor, una leyenda urbana con presupuesto. "Dicen que existe una oficina que revisa las cuentas…", contarán los abuelos. "Nadie la ha visto, pero ahí anda."
Uno entiende la preocupación por la seguridad; el país no está para ingenuidades y el riesgo es real. Pero hay algo profundamente mexicano en resolver un problema de confianza pública clausurando precisamente la parte pública. Pedimos funcionarios ejemplares y nos entregan funcionarios invisibles, que para el caso es lo contrario de un ejemplo: nadie puede seguir el modelo de alguien que no tiene cara.
Mientras tanto, en la capital se firman decálogos de transparencia con bombo y platillo. Qué ironía tan fina: de un lado juran que todo se verá; del otro, aseguran que por nuestro bien es mejor no ver nada. La transparencia nacional alcanzó su forma más pura. Es tan clara, tan limpia, tan perfecta, que ya no se distingue absolutamente nada detrás del cristal.