Capital anfibia: nos inundamos de lluvia y nos morimos de sed el mismo día
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La Ciudad de México logró algo que debería estudiarse en las universidades: padecer sequía e inundación simultáneamente, en la misma colonia, a veces en la misma cuadra. De los dieciséis acuíferos que abastecen al valle de México, once arrastran déficit y seis están oficialmente sobrexplotados, resultado de décadas de sacar agua del subsuelo como si fuera cajero automático sin saldo. Traducción: llevamos generaciones chupándole al pozo más de lo que el pozo puede dar, y el pozo, educadamente, empezó a avisar que no.
Pero no se angustie, que de agua sí hay. De hecho, sobra: el temporal de lluvias se extiende hasta el 10 de octubre, con alerta púrpura en la Magdalena Contreras y pronósticos de más de setenta milímetros en una sola madrugada. La paradoja capitalina en su máxima expresión: salimos a la calle con paraguas para no mojarnos de camino a rellenar la cubeta porque no tenemos agua. Nos llueve encima lo que no nos llega a la llave. Si tan solo el cielo supiera entregar a domicilio.
Y para que la comedia tenga tercer acto, repararon una fuga en el acueducto del Ramal Tláhuac —buena noticia— con el pequeño detalle de que, para hacerlo, suspendieron la operación de todos los pozos. Es decir, para arreglar la falta de agua, quitaron el agua. Un clásico del género: el remedio que, mientras dura, es idéntico a la enfermedad. El oriente de la ciudad aprendió otra vez que "ya quedó" y "ya hay" no son sinónimos.
Lo admirable es la resignación con que el chilango carga su tambo. Pone la cubeta bajo la gotera del techo para no desperdiciar la lluvia que el sistema no supo capturar, y con esa misma agua sobrevive hasta que regrese la pipa. Somos un pueblo que gestiona su propia agua a mano, cubetazo por cubetazo, mientras el discurso oficial habla de rescate hídrico en presente del indicativo.
No hace falta inventar culpables ni apocalipsis: los números bastan. Once acuíferos en déficit no se arreglan con una conferencia ni con un buen deseo, y la lluvia torrencial de octubre no se guarda sola en ninguna parte. La ciudad flota y se agrieta al mismo tiempo, anfibia y sedienta, experta en padecer los dos extremos del mismo líquido.
Mientras tanto, seguimos esperando. Que escampe para que no se inunde. Que llueva para que haya. Que llegue la pipa. Que no se vaya el agua justo cuando por fin la repararon. En esta ciudad, el pronóstico del tiempo y el recibo del agua cuentan historias opuestas y ambas, increíblemente, son ciertas.
Pero no se angustie, que de agua sí hay. De hecho, sobra: el temporal de lluvias se extiende hasta el 10 de octubre, con alerta púrpura en la Magdalena Contreras y pronósticos de más de setenta milímetros en una sola madrugada. La paradoja capitalina en su máxima expresión: salimos a la calle con paraguas para no mojarnos de camino a rellenar la cubeta porque no tenemos agua. Nos llueve encima lo que no nos llega a la llave. Si tan solo el cielo supiera entregar a domicilio.
Y para que la comedia tenga tercer acto, repararon una fuga en el acueducto del Ramal Tláhuac —buena noticia— con el pequeño detalle de que, para hacerlo, suspendieron la operación de todos los pozos. Es decir, para arreglar la falta de agua, quitaron el agua. Un clásico del género: el remedio que, mientras dura, es idéntico a la enfermedad. El oriente de la ciudad aprendió otra vez que "ya quedó" y "ya hay" no son sinónimos.
Lo admirable es la resignación con que el chilango carga su tambo. Pone la cubeta bajo la gotera del techo para no desperdiciar la lluvia que el sistema no supo capturar, y con esa misma agua sobrevive hasta que regrese la pipa. Somos un pueblo que gestiona su propia agua a mano, cubetazo por cubetazo, mientras el discurso oficial habla de rescate hídrico en presente del indicativo.
No hace falta inventar culpables ni apocalipsis: los números bastan. Once acuíferos en déficit no se arreglan con una conferencia ni con un buen deseo, y la lluvia torrencial de octubre no se guarda sola en ninguna parte. La ciudad flota y se agrieta al mismo tiempo, anfibia y sedienta, experta en padecer los dos extremos del mismo líquido.
Mientras tanto, seguimos esperando. Que escampe para que no se inunde. Que llueva para que haya. Que llegue la pipa. Que no se vaya el agua justo cuando por fin la repararon. En esta ciudad, el pronóstico del tiempo y el recibo del agua cuentan historias opuestas y ambas, increíblemente, son ciertas.