La paradoja del agua: nos inundamos de sed
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Hay cosas que solo pasan en Chihuahua: que llueva tanto que se desborde el Bravo, que se abran hundimientos en media ciudad, que hasta las ratas almizcleras salgan a nadar… y que las presas, al mismo tiempo, estén peor que el año pasado. No es chiste: el almacenamiento total del estado cayó 40 por ciento en doce meses y apenas ronda el 28 por ciento de su capacidad. El Granero, en Aldama, va al 9.9: ya no es presa, es concepto.
¿Cómo se explica semejante acto de magia? Depende de a quién le pregunte. El director de la JMAS capitalina ofreció la versión poética: el agua de las lluvias recientes sí va a recargar los acuíferos, nomás que tardará “años” en llegar al subsuelo. O sea, llovió, pero el beneficio viene en diferido, como pago a 36 meses sin intereses. Uno agradece la honestidad: pocas dependencias te avisan con tanta anticipación que no verás resultados en este sexenio.
La Conagua, por su lado, prefirió la versión seca: la baja en las presas se debe a la falta de lluvias. Sí, leyó bien. En el mismo otoño en que el estado parecía alberca olímpica, la explicación oficial es que no llovió lo suficiente. Y por si faltara trama, el presidente de la Junta Central de Agua deslizó que parte del líquido “probablemente” se contabilizó para el Tratado de aguas con Estados Unidos. Traducción libre: el agua existió, cumplió su ciclo agrícola, y luego se fue de mojada al revés, cruzando al norte con todo y recibo.
Mientras los técnicos debaten si el vaso está medio vacío o apenas al 9.9 por ciento, al ciudadano de a pie le queda la parte práctica: tandeos, pipas y fe. En Delicias, para colmo, la JMAS lanzó un sorteo con más de 200 premios —motos, computadoras, enseres— para premiar a los usuarios que pagan puntuales. Loable. Pero convengamos en la estampa: te quedas sin agua en la llave, pero con suerte te ganas una licuadora para seguir sin tener qué licuar.
Lo cierto es que el norte lleva años secándose en cámara lenta y cada temporada de lluvias nos vende la ilusión de que esta vez sí. Luego llega el reporte de Conagua, nos baja de la nube —literal— y entendemos que una cosa es que caiga agua del cielo y otra muy distinta que llegue a la presa, al acuífero o, el más ambicioso de los destinos, a la llave de su casa.
En Chihuahua ya nos resignamos: aquí el agua no falta, nomás anda ocupada. Unos años en el subsuelo, otros tantos en el Tratado. Al rato nos avisan.
¿Cómo se explica semejante acto de magia? Depende de a quién le pregunte. El director de la JMAS capitalina ofreció la versión poética: el agua de las lluvias recientes sí va a recargar los acuíferos, nomás que tardará “años” en llegar al subsuelo. O sea, llovió, pero el beneficio viene en diferido, como pago a 36 meses sin intereses. Uno agradece la honestidad: pocas dependencias te avisan con tanta anticipación que no verás resultados en este sexenio.
La Conagua, por su lado, prefirió la versión seca: la baja en las presas se debe a la falta de lluvias. Sí, leyó bien. En el mismo otoño en que el estado parecía alberca olímpica, la explicación oficial es que no llovió lo suficiente. Y por si faltara trama, el presidente de la Junta Central de Agua deslizó que parte del líquido “probablemente” se contabilizó para el Tratado de aguas con Estados Unidos. Traducción libre: el agua existió, cumplió su ciclo agrícola, y luego se fue de mojada al revés, cruzando al norte con todo y recibo.
Mientras los técnicos debaten si el vaso está medio vacío o apenas al 9.9 por ciento, al ciudadano de a pie le queda la parte práctica: tandeos, pipas y fe. En Delicias, para colmo, la JMAS lanzó un sorteo con más de 200 premios —motos, computadoras, enseres— para premiar a los usuarios que pagan puntuales. Loable. Pero convengamos en la estampa: te quedas sin agua en la llave, pero con suerte te ganas una licuadora para seguir sin tener qué licuar.
Lo cierto es que el norte lleva años secándose en cámara lenta y cada temporada de lluvias nos vende la ilusión de que esta vez sí. Luego llega el reporte de Conagua, nos baja de la nube —literal— y entendemos que una cosa es que caiga agua del cielo y otra muy distinta que llegue a la presa, al acuífero o, el más ambicioso de los destinos, a la llave de su casa.
En Chihuahua ya nos resignamos: aquí el agua no falta, nomás anda ocupada. Unos años en el subsuelo, otros tantos en el Tratado. Al rato nos avisan.