El oro verde ya tiene su propia página en la nota roja
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En Michoacán el aguacate dejó de ser fruta para volverse divisa, y como toda divisa, ahora tiene su propia sección en la crónica policial. El martes lo dejó clarísimo. En una empacadora de El Querendal, en Salvador Escalante, un grupo armado irrumpió y asesinó a tres personas, entre ellas un adolescente de quince años. Y por si alguien dudaba del valor del producto, ese mismo día, en una huerta de Zumpimito, en Uruapan, la Guardia Civil detuvo a veinte hombres por el presunto corte ilegal del llamado "oro verde".
Léalo de nuevo, despacio: veinte detenidos por cortar aguacates. No por vaciar un tráiler ni por asaltar una gasolinera. Por treparse a un árbol que no era suyo. En cualquier otra parte del país eso sería, cuando mucho, una travesura de rancho que termina con un jalón de orejas. Aquí amerita operativo, camioneta y boletín oficial. Porque en esta tierra el aguacate no se cosecha: se resguarda.
Pensémoslo bien. Tenemos un cultivo tan preciado que los productores viven con el alma en un hilo, cuidando sus huertas como quien vigila una caja fuerte a cielo abierto. Un fruto que viaja miles de kilómetros para convertirse en el centro de mesa de un domingo de futbol en el extranjero, mientras en el lugar donde nace se protege con la misma tensión que un lingote. Exportamos el glamour y nos quedamos con la custodia.
Lo grotesco es la contabilidad del día: por un lado, tres vidas apagadas en el sitio donde el fruto se empaca; por el otro, veinte personas esposadas por llevárselo del árbol. El mismo producto que llena de verde las cuentas del estado llena también, con idéntica eficiencia, las carpetas de la fiscalía y las camas del hospital. El oro verde ya genera más expedientes que utilidades repartidas.
Quizá sea hora de aceptar lo evidente: en Michoacán el aguacate tiene mejor sistema de seguridad que muchos ciudadanos. Tiene quien lo vigile, quien lo persiga cuando lo roban y quien levante acta cuando corre sangre a su alrededor. Lástima que esa misma diligencia no siempre alcance para lo que de verdad importa, que son las personas que lo siembran, lo cortan, lo empacan y, demasiado seguido, terminan en la crónica por haberse cruzado con él. El fruto está blindado. La gente, todavía no.
Léalo de nuevo, despacio: veinte detenidos por cortar aguacates. No por vaciar un tráiler ni por asaltar una gasolinera. Por treparse a un árbol que no era suyo. En cualquier otra parte del país eso sería, cuando mucho, una travesura de rancho que termina con un jalón de orejas. Aquí amerita operativo, camioneta y boletín oficial. Porque en esta tierra el aguacate no se cosecha: se resguarda.
Pensémoslo bien. Tenemos un cultivo tan preciado que los productores viven con el alma en un hilo, cuidando sus huertas como quien vigila una caja fuerte a cielo abierto. Un fruto que viaja miles de kilómetros para convertirse en el centro de mesa de un domingo de futbol en el extranjero, mientras en el lugar donde nace se protege con la misma tensión que un lingote. Exportamos el glamour y nos quedamos con la custodia.
Lo grotesco es la contabilidad del día: por un lado, tres vidas apagadas en el sitio donde el fruto se empaca; por el otro, veinte personas esposadas por llevárselo del árbol. El mismo producto que llena de verde las cuentas del estado llena también, con idéntica eficiencia, las carpetas de la fiscalía y las camas del hospital. El oro verde ya genera más expedientes que utilidades repartidas.
Quizá sea hora de aceptar lo evidente: en Michoacán el aguacate tiene mejor sistema de seguridad que muchos ciudadanos. Tiene quien lo vigile, quien lo persiga cuando lo roban y quien levante acta cuando corre sangre a su alrededor. Lástima que esa misma diligencia no siempre alcance para lo que de verdad importa, que son las personas que lo siembran, lo cortan, lo empacan y, demasiado seguido, terminan en la crónica por haberse cruzado con él. El fruto está blindado. La gente, todavía no.