La Trinca Fresera y su nuevo padrino, que también apadrina al enemigo
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Pocas situaciones resumen mejor el surrealismo del futbol guanajuatense que esta: el Club Irapuato, de la Liga Premier, anunció un convenio deportivo con Grupo Pachuca, el mismo conglomerado que es dueño del Club León, su rival histórico, regional y emocional. La Trinca Fresera recibirá cuerpo técnico y jugadores de las fuerzas básicas de la estructura de Pachuca. Es decir, el Irapuato se reforzará con talento formado por la organización que maneja a La Fiera. Romeo y Julieta, pero en versión Bajío y con balón.
El anuncio, hecho ni más ni menos que por Rodrigo Fernández, director deportivo del Club León, generó entre la afición fresera una mezcla de gratitud y desconfianza profundamente humana. Porque una cosa es aceptar apoyo y otra es aceptarlo precisamente de la casa rival. Es el equivalente futbolístico a que tu equipo de toda la vida te mande despensa con el logo del odiado de enfrente: agradeces que no te dejen morir de hambre deportiva, pero comes con un ojo en el plato y otro en la letra chica.
Las dudas de los seguidores son legítimas: ¿hasta dónde llega la independencia de una institución que se nutre de su adversario? ¿Quién decide qué jugador sube y cuál se queda cuando el dueño tiene un favorito con melena de fiera? Por ahora, todo es promesa de fortalecimiento y proyecto serio. Y ojalá así sea, porque el Irapuato merece volver a rugir —o a brotar, en términos freseros— por mérito propio. Mientras tanto, la afición tendrá que vivir con la incómoda novela de saber que su prosperidad lleva, escondido entre líneas, el ADN del eterno rival. En el amor y en el futbol, dicen, las peores traiciones siempre vienen de casa.
El anuncio, hecho ni más ni menos que por Rodrigo Fernández, director deportivo del Club León, generó entre la afición fresera una mezcla de gratitud y desconfianza profundamente humana. Porque una cosa es aceptar apoyo y otra es aceptarlo precisamente de la casa rival. Es el equivalente futbolístico a que tu equipo de toda la vida te mande despensa con el logo del odiado de enfrente: agradeces que no te dejen morir de hambre deportiva, pero comes con un ojo en el plato y otro en la letra chica.
Las dudas de los seguidores son legítimas: ¿hasta dónde llega la independencia de una institución que se nutre de su adversario? ¿Quién decide qué jugador sube y cuál se queda cuando el dueño tiene un favorito con melena de fiera? Por ahora, todo es promesa de fortalecimiento y proyecto serio. Y ojalá así sea, porque el Irapuato merece volver a rugir —o a brotar, en términos freseros— por mérito propio. Mientras tanto, la afición tendrá que vivir con la incómoda novela de saber que su prosperidad lleva, escondido entre líneas, el ADN del eterno rival. En el amor y en el futbol, dicen, las peores traiciones siempre vienen de casa.