Y EL PUEBLO DONDE QUEDO?
Por El Carelio
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¿Y EL PUEBLO DÓNDE QUEDÓ?
Cada tres años, o cada seis si la memoria colectiva alcanza, los partidos políticos sacan del clóset el viejo catálogo de las promesas. Algunas vienen con empaque nuevo, otras solamente cambiaron de etiqueta, pero todas se venden con la misma garantía: "ahora sí va en serio".
Esta vez el PAN llegó con un menú bastante surtido: cadena perpetua para políticos coludidos con el narco, reducción del IVA al 10 por ciento, gasolina más barata mediante la disminución del IEPS, eliminación del ISR para quienes ganan hasta 12 mil pesos, vender Dos Bocas, revivir el Seguro Popular (ahora versión 2.0, porque ponerle "2.0" a cualquier cosa parece convertirla automáticamente en innovación) y regresar a los militares a los cuarteles.
Hasta ahí todo suena maravilloso. Casi dan ganas de preguntar dónde se firma.
Pero, como decía la abuela, cuando la limosna es tan grande, hasta el contador desconfía.
Reducir impuestos siempre suena delicioso... sobre todo cuando uno es el que paga. Lo interesante viene después: ¿quién pagará entonces hospitales, escuelas, carreteras, universidades y programas sociales? Porque las matemáticas siguen siendo crueles: si entra menos dinero a la caja, alguien tendrá que explicar de dónde saldrá lo que hace falta. O quizá descubrieron la fórmula secreta para que dos más dos sigan dando cuatro... pero con menos ingresos.
Luego aparece la joya de la corona: vender Dos Bocas.
Unos años atrás nos dijeron que construirla era indispensable para recuperar la soberanía energética. Ahora resulta que venderla podría ser la solución para rescatar a Pemex. A este paso, dentro de diez años quizá la propuesta sea volver a comprarla. Total, las decisiones de Estado parecen funcionar como los carros seminuevos: se compran, se venden y, si hace falta, se vuelven a adquirir.
En salud también llegó la nostalgia. El "Seguro Popular 2.0". Lo curioso es que durante años se explicó por qué había que sustituir el Seguro Popular. Ahora parece que siempre no era tan mala idea. Al final, la política mexicana tiene una extraña habilidad para reciclar programas: basta cambiarles el nombre, el logotipo y el color del folleto.
Y mientras todo eso ocurre, uno busca desesperadamente alguna propuesta para fortalecer a la clase media, apoyar a los pequeños productores, mejorar la educación pública, impulsar la ciencia, generar empleos mejor remunerados o facilitar el acceso a una vivienda digna.
La búsqueda continúa...
Claro, eliminar el ISR para quienes ganan hasta 12 mil pesos representa un alivio para muchas familias. Pero fuera de eso, cuesta trabajo encontrar una estrategia integral dirigida a quienes viven con el agua al cuello cada quincena y hacen malabares para que alcance el gasto.
Entonces aparece la pregunta incómoda.
¿Estas propuestas representan una visión nueva de país o simplemente estamos viendo el tráiler de una película que ya vimos hace veinte o treinta años?
Porque hablar de vender activos estratégicos, reducir la participación del Estado y confiar en que el mercado resolverá buena parte de los problemas económicos inevitablemente despierta recuerdos de las grandes privatizaciones de las décadas pasadas. Para algunos fueron modernización; para otros, concentración de riqueza, rescates financieros multimillonarios y oportunidades perdidas. La historia no siempre se repite, pero suele rimar.
Y aquí viene lo mejor.
Todos prometen combatir la corrupción. Todos prometen acabar con la delincuencia. Todos prometen mejores servicios de salud. Todos prometen crecimiento económico.
Lo verdaderamente extraordinario sería que algún partido prometiera cumplir.
Porque los mexicanos ya no necesitamos campañas publicitarias; necesitamos resultados. Ya conocemos perfectamente el libreto: el gobierno anterior dejó un desastre, ahora sí viene el cambio, ahora sí habrá justicia, ahora sí llegará la prosperidad... hasta la siguiente campaña.
Mientras tanto, el ciudadano sigue haciendo fila en el hospital, pagando gasolina, buscando empleo, intentando comprar una casa y estirando el salario hasta donde alcance.
Quizá por eso la pregunta sigue siendo la misma.
Entre tantas promesas, discursos, privatizaciones posibles, programas reciclados y recetas económicas del pasado...
¿Y el pueblo dónde quedó?
Cada tres años, o cada seis si la memoria colectiva alcanza, los partidos políticos sacan del clóset el viejo catálogo de las promesas. Algunas vienen con empaque nuevo, otras solamente cambiaron de etiqueta, pero todas se venden con la misma garantía: "ahora sí va en serio".
Esta vez el PAN llegó con un menú bastante surtido: cadena perpetua para políticos coludidos con el narco, reducción del IVA al 10 por ciento, gasolina más barata mediante la disminución del IEPS, eliminación del ISR para quienes ganan hasta 12 mil pesos, vender Dos Bocas, revivir el Seguro Popular (ahora versión 2.0, porque ponerle "2.0" a cualquier cosa parece convertirla automáticamente en innovación) y regresar a los militares a los cuarteles.
Hasta ahí todo suena maravilloso. Casi dan ganas de preguntar dónde se firma.
Pero, como decía la abuela, cuando la limosna es tan grande, hasta el contador desconfía.
Reducir impuestos siempre suena delicioso... sobre todo cuando uno es el que paga. Lo interesante viene después: ¿quién pagará entonces hospitales, escuelas, carreteras, universidades y programas sociales? Porque las matemáticas siguen siendo crueles: si entra menos dinero a la caja, alguien tendrá que explicar de dónde saldrá lo que hace falta. O quizá descubrieron la fórmula secreta para que dos más dos sigan dando cuatro... pero con menos ingresos.
Luego aparece la joya de la corona: vender Dos Bocas.
Unos años atrás nos dijeron que construirla era indispensable para recuperar la soberanía energética. Ahora resulta que venderla podría ser la solución para rescatar a Pemex. A este paso, dentro de diez años quizá la propuesta sea volver a comprarla. Total, las decisiones de Estado parecen funcionar como los carros seminuevos: se compran, se venden y, si hace falta, se vuelven a adquirir.
En salud también llegó la nostalgia. El "Seguro Popular 2.0". Lo curioso es que durante años se explicó por qué había que sustituir el Seguro Popular. Ahora parece que siempre no era tan mala idea. Al final, la política mexicana tiene una extraña habilidad para reciclar programas: basta cambiarles el nombre, el logotipo y el color del folleto.
Y mientras todo eso ocurre, uno busca desesperadamente alguna propuesta para fortalecer a la clase media, apoyar a los pequeños productores, mejorar la educación pública, impulsar la ciencia, generar empleos mejor remunerados o facilitar el acceso a una vivienda digna.
La búsqueda continúa...
Claro, eliminar el ISR para quienes ganan hasta 12 mil pesos representa un alivio para muchas familias. Pero fuera de eso, cuesta trabajo encontrar una estrategia integral dirigida a quienes viven con el agua al cuello cada quincena y hacen malabares para que alcance el gasto.
Entonces aparece la pregunta incómoda.
¿Estas propuestas representan una visión nueva de país o simplemente estamos viendo el tráiler de una película que ya vimos hace veinte o treinta años?
Porque hablar de vender activos estratégicos, reducir la participación del Estado y confiar en que el mercado resolverá buena parte de los problemas económicos inevitablemente despierta recuerdos de las grandes privatizaciones de las décadas pasadas. Para algunos fueron modernización; para otros, concentración de riqueza, rescates financieros multimillonarios y oportunidades perdidas. La historia no siempre se repite, pero suele rimar.
Y aquí viene lo mejor.
Todos prometen combatir la corrupción. Todos prometen acabar con la delincuencia. Todos prometen mejores servicios de salud. Todos prometen crecimiento económico.
Lo verdaderamente extraordinario sería que algún partido prometiera cumplir.
Porque los mexicanos ya no necesitamos campañas publicitarias; necesitamos resultados. Ya conocemos perfectamente el libreto: el gobierno anterior dejó un desastre, ahora sí viene el cambio, ahora sí habrá justicia, ahora sí llegará la prosperidad... hasta la siguiente campaña.
Mientras tanto, el ciudadano sigue haciendo fila en el hospital, pagando gasolina, buscando empleo, intentando comprar una casa y estirando el salario hasta donde alcance.
Quizá por eso la pregunta sigue siendo la misma.
Entre tantas promesas, discursos, privatizaciones posibles, programas reciclados y recetas económicas del pasado...
¿Y el pueblo dónde quedó?