La Zona del Silencio, nuevo paraíso agrícola: donde ni el celular molesta al campesino
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Hay descubrimientos que cambian la historia de la humanidad: la rueda, la penicilina y ahora, según reportan desde Parral, que la Zona del Silencio —ese rincón del desierto chihuahuense-coahuilense célebre por sus leyendas de ovnis, meteoritos y aparatos que dejan de funcionar— resulta que "ofrecería mejores condiciones para la agricultura" porque sus pozos de agua son menos profundos que en otras zonas.
Dejemos que la magnitud del hallazgo se asiente. Durante décadas contamos historias de brújulas enloquecidas y radios mudas en ese pedazo de nada. Turistas viajaban kilómetros para no captar señal y sentirse místicos. Y ahora resulta que, debajo de tanto misterio, lo que había era un excelente manto freático esperando pacientemente a que alguien trajera una bomba y unas semillas.
La lógica agrícola es, hay que reconocerlo, impecable y hasta poética. En un mundo donde el jornalero revisa el celular cada cinco minutos, ¿qué mejor oficina que un desierto donde el teléfono no sirve? Productividad garantizada por decreto geográfico. Ni notificaciones, ni grupos de WhatsApp familiares, ni videos que distraigan. Solo el hombre, la tierra y un silencio tan profundo que hasta las plagas se aburren y se van.
Uno imagina ya los folletos turísticos reconvertidos: "Visite la Zona del Silencio, ahora con jitomate". El desierto que antes prometía extraterrestres ahora promete cosecha, que en tiempos de sequía es casi el mismo nivel de milagro. Si los pozos están más a la mano, quizá lo verdaderamente fuera de este mundo no eran las naves, sino el agua.
Queda una duda existencial para los promotores del proyecto: si el lugar se llena de tractores, camiones, jornaleros y regadíos, ¿seguirá siendo la Zona del Silencio o pasará a llamarse, con toda justicia, la Zona del Escándalo Agroindustrial? Porque el marketing esotérico y el ruido de una trilladora rara vez conviven en paz.
Mientras los expertos deciden si sembramos o seguimos esperando marcianos, el resto de Chihuahua celebra que, por una vez, un misterio del desierto se resuelva con algo tan terrenal como un buen pozo. Amén, y a regar.
Dejemos que la magnitud del hallazgo se asiente. Durante décadas contamos historias de brújulas enloquecidas y radios mudas en ese pedazo de nada. Turistas viajaban kilómetros para no captar señal y sentirse místicos. Y ahora resulta que, debajo de tanto misterio, lo que había era un excelente manto freático esperando pacientemente a que alguien trajera una bomba y unas semillas.
La lógica agrícola es, hay que reconocerlo, impecable y hasta poética. En un mundo donde el jornalero revisa el celular cada cinco minutos, ¿qué mejor oficina que un desierto donde el teléfono no sirve? Productividad garantizada por decreto geográfico. Ni notificaciones, ni grupos de WhatsApp familiares, ni videos que distraigan. Solo el hombre, la tierra y un silencio tan profundo que hasta las plagas se aburren y se van.
Uno imagina ya los folletos turísticos reconvertidos: "Visite la Zona del Silencio, ahora con jitomate". El desierto que antes prometía extraterrestres ahora promete cosecha, que en tiempos de sequía es casi el mismo nivel de milagro. Si los pozos están más a la mano, quizá lo verdaderamente fuera de este mundo no eran las naves, sino el agua.
Queda una duda existencial para los promotores del proyecto: si el lugar se llena de tractores, camiones, jornaleros y regadíos, ¿seguirá siendo la Zona del Silencio o pasará a llamarse, con toda justicia, la Zona del Escándalo Agroindustrial? Porque el marketing esotérico y el ruido de una trilladora rara vez conviven en paz.
Mientras los expertos deciden si sembramos o seguimos esperando marcianos, el resto de Chihuahua celebra que, por una vez, un misterio del desierto se resuelva con algo tan terrenal como un buen pozo. Amén, y a regar.