Jalisco festeja el Mundial con agua turbia, basura recién estrenada y un balón golpeado
Tamaño de letra
Hay estados que celebran un pase a octavos con fuegos artificiales. Jalisco lo celebra a su manera: dejando plantado al Congreso, presumiendo camiones de basura tres veces el mismo día y deteniendo a un poblano por agredir a una escultura inflable. Bienvenidos al resumen de una entidad que entiende la fiesta como una disciplina de alto rendimiento.
Empecemos por el agua, ese tema que en Guadalajara ya tiene rango de telenovela con más temporadas que un gobernador de paciencia. El nuevo director del SIAPA fue invitado al Congreso a explicar cómo piensa resolver el agua contaminada, y su respuesta fue de manual: no ir. Dos veces. El Legislativo, indignado, amenazó con volver a invitarlo, que es más o menos como amenazar a alguien con mandarle otro WhatsApp que tampoco va a contestar. Mientras tanto, los industriales —con ese candor que solo da tener la conciencia a medias— reconocieron que un tercio de ellos paga el agua como si fuera casa habitación, no como fábrica. Confesión pública de que llevan años tomando agua de tinaco a precio de manguera de jardín. Y el gobierno estatal, para no quedarse atrás, ya sueña con un modelo llamado CMRO que promete inversión privada sin privatizar, un truco de magia semántica digno de aplauso: el agua será de todos, pero la factura la firma alguien más.
El clima, como buen jalisciense, decidió opinar. La tormenta dejó inundaciones de metro y medio en la Zona Metropolitana, once árboles caídos y cien viviendas afectadas en El Reparo, Sayula. Metro y medio de agua limpia cayendo del cielo mientras el SIAPA no logra entregar agua limpia por la llave: la ironía hidráulica del año. En Guadalajara pronosticaron 100% de probabilidad de lluvia, la única cifra en la que todas las dependencias coinciden sin necesidad de comparecencia.
Pasemos a Puerto Vallarta, donde el alcalde protagonizó la epopeya de entregar cuatro camiones de basura. Y digo epopeya porque tres periódicos distintos la contaron el mismo día, como si fueran tres camiones más. Cuatro compactadores, cinco estaquitas y cuatro pickups, financiados por la ZOFEMAT, para atender 32 colonias que llevaban tiempo saludando a la basura de lejos. Se agradece el equipamiento; solo pedimos que la 'Dirección de Servicios Eficientes' —así, con nombre de propósito de Año Nuevo— cumpla lo que su membrete promete. Ya se anunció una 'segunda etapa administrativa', que en lenguaje municipal significa: más boletines.
Y llegamos al deporte, esa fuente inagotable de dignidad nacional. Mientras el país lloraba a cuatro personas fallecidas en los festejos de la Ciudad de México —una tragedia real que ningún chiste toca—, Jalisco aportó su granito de vergüenza propia: un aficionado, originario de Puebla, fue detenido por vandalizar la escultura de un balón mundialista gigante en los Arcos de Zapopan. Puede enfrentar hasta cinco años de prisión. Cinco años. Por golpear una pelota que ni siquiera rebota. Ronaldo se retira sin ganar el Mundial y aquí un señor arriesga un lustro por un inflable. La proporción es tan mexicana que debería enmarcarse.
En el capítulo de salud, Jalisco confirmó su primer caso de paludismo en más de quince años, importado por un turista colombiano que vino al Mundial. Vino por el futbol, se llevó un diagnóstico. Las autoridades aclararon que no hay riesgo de transmisión, lo cual es un alivio: bastante tenemos con el dengue como para agregar souvenirs epidemiológicos a la experiencia mundialista.
Pero no todo es folclor. En Zapotlán el Grande, en Ciudad Guzmán, un comando se llevó a once integrantes de una familia. Dos mujeres y una niña de cuatro años lograron escapar cruzando cerros y campos de aguacate hasta alcanzar la carretera. Ocho hombres siguen desaparecidos. Aquí no hay sátira posible, solo la constatación amarga de que mientras discutimos camiones y esculturas, la violencia sigue escribiendo su propio boletín, ese que ninguna Dirección de Servicios Eficientes quiere leer en voz alta.
Jalisco, en suma, cerró la semana como vive: con agua que no llega, agua que sobra, basura que por fin se recoge, un balón que sufrió más que la afición y funcionarios que dominan el arte de no comparecer. Si el Mundial premiara la contradicción, seríamos campeones invictos. Ahí nos vemos el domingo contra Inglaterra, ojalá que sin estampidas, sin desmayos y con el SIAPA, por una vez, presente.
Empecemos por el agua, ese tema que en Guadalajara ya tiene rango de telenovela con más temporadas que un gobernador de paciencia. El nuevo director del SIAPA fue invitado al Congreso a explicar cómo piensa resolver el agua contaminada, y su respuesta fue de manual: no ir. Dos veces. El Legislativo, indignado, amenazó con volver a invitarlo, que es más o menos como amenazar a alguien con mandarle otro WhatsApp que tampoco va a contestar. Mientras tanto, los industriales —con ese candor que solo da tener la conciencia a medias— reconocieron que un tercio de ellos paga el agua como si fuera casa habitación, no como fábrica. Confesión pública de que llevan años tomando agua de tinaco a precio de manguera de jardín. Y el gobierno estatal, para no quedarse atrás, ya sueña con un modelo llamado CMRO que promete inversión privada sin privatizar, un truco de magia semántica digno de aplauso: el agua será de todos, pero la factura la firma alguien más.
El clima, como buen jalisciense, decidió opinar. La tormenta dejó inundaciones de metro y medio en la Zona Metropolitana, once árboles caídos y cien viviendas afectadas en El Reparo, Sayula. Metro y medio de agua limpia cayendo del cielo mientras el SIAPA no logra entregar agua limpia por la llave: la ironía hidráulica del año. En Guadalajara pronosticaron 100% de probabilidad de lluvia, la única cifra en la que todas las dependencias coinciden sin necesidad de comparecencia.
Pasemos a Puerto Vallarta, donde el alcalde protagonizó la epopeya de entregar cuatro camiones de basura. Y digo epopeya porque tres periódicos distintos la contaron el mismo día, como si fueran tres camiones más. Cuatro compactadores, cinco estaquitas y cuatro pickups, financiados por la ZOFEMAT, para atender 32 colonias que llevaban tiempo saludando a la basura de lejos. Se agradece el equipamiento; solo pedimos que la 'Dirección de Servicios Eficientes' —así, con nombre de propósito de Año Nuevo— cumpla lo que su membrete promete. Ya se anunció una 'segunda etapa administrativa', que en lenguaje municipal significa: más boletines.
Y llegamos al deporte, esa fuente inagotable de dignidad nacional. Mientras el país lloraba a cuatro personas fallecidas en los festejos de la Ciudad de México —una tragedia real que ningún chiste toca—, Jalisco aportó su granito de vergüenza propia: un aficionado, originario de Puebla, fue detenido por vandalizar la escultura de un balón mundialista gigante en los Arcos de Zapopan. Puede enfrentar hasta cinco años de prisión. Cinco años. Por golpear una pelota que ni siquiera rebota. Ronaldo se retira sin ganar el Mundial y aquí un señor arriesga un lustro por un inflable. La proporción es tan mexicana que debería enmarcarse.
En el capítulo de salud, Jalisco confirmó su primer caso de paludismo en más de quince años, importado por un turista colombiano que vino al Mundial. Vino por el futbol, se llevó un diagnóstico. Las autoridades aclararon que no hay riesgo de transmisión, lo cual es un alivio: bastante tenemos con el dengue como para agregar souvenirs epidemiológicos a la experiencia mundialista.
Pero no todo es folclor. En Zapotlán el Grande, en Ciudad Guzmán, un comando se llevó a once integrantes de una familia. Dos mujeres y una niña de cuatro años lograron escapar cruzando cerros y campos de aguacate hasta alcanzar la carretera. Ocho hombres siguen desaparecidos. Aquí no hay sátira posible, solo la constatación amarga de que mientras discutimos camiones y esculturas, la violencia sigue escribiendo su propio boletín, ese que ninguna Dirección de Servicios Eficientes quiere leer en voz alta.
Jalisco, en suma, cerró la semana como vive: con agua que no llega, agua que sobra, basura que por fin se recoge, un balón que sufrió más que la afición y funcionarios que dominan el arte de no comparecer. Si el Mundial premiara la contradicción, seríamos campeones invictos. Ahí nos vemos el domingo contra Inglaterra, ojalá que sin estampidas, sin desmayos y con el SIAPA, por una vez, presente.