Revelación en el Congreso: los semáforos no se ponen echando un volado
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Guardemos este día para la posteridad, porque en el Congreso de Guanajuato acaba de suceder algo insólito: alguien dijo en voz alta que los semáforos deberían instalarse con base en estudios de movilidad e impacto vial, y no por criterios políticos. La afirmación, digna de un manual de sentido común de tercero de primaria, fue presentada con la solemnidad de quien descubre el agua tibia. Y sin embargo, en su contexto, es casi un acto de valentía.
Porque si un legislador siente la necesidad de aclarar que un semáforo no debe brotar por corazonada electoral, es porque en algún lugar, alguna vez, algún foco tricolor apareció justo donde vivía el amigo influyente. La ciencia detrás de un cruce vial no es la teoría de cuerdas: se cuentan coches, se miden tiempos, se observan atropellamientos y se decide. Nada del otro mundo. Pero en el reino del Bajío, hasta el poste más humilde parece necesitar padrino, madrina y foto de inauguración con tijera y listón.
Uno se imagina la escena: un ciudadano pregunta por qué en su esquina, donde a diario se juegan la vida los peatones, no hay señalamiento, mientras que en otra calle desierta luce un semáforo flamante parpadeando para las palomas. La respuesta técnica sería un estudio de impacto. La respuesta histórica, al parecer, era otra.
Que conste que aplaudimos la propuesta. Ojalá cunda el ejemplo y mañana otro diputado proponga que las banquetas se hagan para caminar, que los baches se tapen antes de tragarse un автomóvil y que las obras públicas sirvan al público. Revoluciones conceptuales que, en Guanajuato, todavía tienen sabor a primicia. Mientras tanto, el semáforo espera su estudio de movilidad como quien espera un milagro laico: con fe, paciencia y la esperanza de que esta vez sí manden los datos y no la agenda. Verde para la razón; ámbar, como siempre, para las buenas intenciones.
Porque si un legislador siente la necesidad de aclarar que un semáforo no debe brotar por corazonada electoral, es porque en algún lugar, alguna vez, algún foco tricolor apareció justo donde vivía el amigo influyente. La ciencia detrás de un cruce vial no es la teoría de cuerdas: se cuentan coches, se miden tiempos, se observan atropellamientos y se decide. Nada del otro mundo. Pero en el reino del Bajío, hasta el poste más humilde parece necesitar padrino, madrina y foto de inauguración con tijera y listón.
Uno se imagina la escena: un ciudadano pregunta por qué en su esquina, donde a diario se juegan la vida los peatones, no hay señalamiento, mientras que en otra calle desierta luce un semáforo flamante parpadeando para las palomas. La respuesta técnica sería un estudio de impacto. La respuesta histórica, al parecer, era otra.
Que conste que aplaudimos la propuesta. Ojalá cunda el ejemplo y mañana otro diputado proponga que las banquetas se hagan para caminar, que los baches se tapen antes de tragarse un автomóvil y que las obras públicas sirvan al público. Revoluciones conceptuales que, en Guanajuato, todavía tienen sabor a primicia. Mientras tanto, el semáforo espera su estudio de movilidad como quien espera un milagro laico: con fe, paciencia y la esperanza de que esta vez sí manden los datos y no la agenda. Verde para la razón; ámbar, como siempre, para las buenas intenciones.