El alcalde de Celaya descubre que la mejor entrevista es la que no se da
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En un giro de audacia comunicacional que ya quisieran las grandes agencias, el alcalde de Celaya cambió de estrategia para evitar problemas: sus asesores le pidieron esquivar las entrevistas banqueteras, esas espontáneas donde el reportero acorrala en la calle y la pregunta incómoda llega sin cita previa. Y todo esto, cómo no, justo cuando se asoman los tiempos electorales.
La lógica es impecable, casi zen: si la palabra puede meterte en aprietos, calla y no te meterás en ninguno. Nada declara mejor la confianza en la propia gestión que evitar hablar de ella. El silencio, ese viejo aliado de los que no quieren tropezar, asciende a política pública. En lugar de responder, se sonríe; en lugar de aclarar, se agenda 'para después'; en lugar de la banqueta, el búnker.
Hay que reconocer la sinceridad involuntaria del asunto: admitir abiertamente que se evitan entrevistas 'para no tener problemas' es confesar que las palabras propias son el problema. Es como el estudiante que no entrega examen para no reprobar. Técnicamente no falla, pero tampoco aprueba nada.
Y el timing, ah, el timing. Que la mordaza estratégica coincida con la antesala electoral es una de esas casualidades que solo ocurren en la política mexicana con la puntualidad de un reloj suizo. Cuando más necesita el ciudadano escuchar rendición de cuentas, más se afina el arte de la evasión elegante. El funcionario se vuelve escurridizo como jabón mojado, ágil como delantero que ve venir la falta.
Uno extraña esas entrevistas banqueteras precisamente porque son incómodas: ahí, sin guion ni asesor soplando al oído, se ve de qué está hecho un servidor público. Quitarlas es quitarle al ciudadano una ventana y dejarle solo el vitral bonito del boletín oficial, esos comunicados donde todo marcha de maravilla y nadie pregunta nada.
Así que felicidades a la nueva doctrina celayense: menos micrófonos, menos riesgos, más sonrisas mudas. Eso sí, que no se sorprendan si el electorado, tan ocurrente como siempre, también decide aplicar su propia estrategia de comunicación el día de la votación: la del silencio en las urnas. Porque al final, en democracia, el que no habla también termina siendo respondido.
La lógica es impecable, casi zen: si la palabra puede meterte en aprietos, calla y no te meterás en ninguno. Nada declara mejor la confianza en la propia gestión que evitar hablar de ella. El silencio, ese viejo aliado de los que no quieren tropezar, asciende a política pública. En lugar de responder, se sonríe; en lugar de aclarar, se agenda 'para después'; en lugar de la banqueta, el búnker.
Hay que reconocer la sinceridad involuntaria del asunto: admitir abiertamente que se evitan entrevistas 'para no tener problemas' es confesar que las palabras propias son el problema. Es como el estudiante que no entrega examen para no reprobar. Técnicamente no falla, pero tampoco aprueba nada.
Y el timing, ah, el timing. Que la mordaza estratégica coincida con la antesala electoral es una de esas casualidades que solo ocurren en la política mexicana con la puntualidad de un reloj suizo. Cuando más necesita el ciudadano escuchar rendición de cuentas, más se afina el arte de la evasión elegante. El funcionario se vuelve escurridizo como jabón mojado, ágil como delantero que ve venir la falta.
Uno extraña esas entrevistas banqueteras precisamente porque son incómodas: ahí, sin guion ni asesor soplando al oído, se ve de qué está hecho un servidor público. Quitarlas es quitarle al ciudadano una ventana y dejarle solo el vitral bonito del boletín oficial, esos comunicados donde todo marcha de maravilla y nadie pregunta nada.
Así que felicidades a la nueva doctrina celayense: menos micrófonos, menos riesgos, más sonrisas mudas. Eso sí, que no se sorprendan si el electorado, tan ocurrente como siempre, también decide aplicar su propia estrategia de comunicación el día de la votación: la del silencio en las urnas. Porque al final, en democracia, el que no habla también termina siendo respondido.