El Bowí, la piñata de asfalto que Chihuahua se merece
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Hay días en que la ciudad conspira contra un solo protagonista, y este jueves el elegido fue el Bowí, nuestro sistema de transporte público que pasó de mover pasajeros a coleccionar impactos. Primero, en el cruce de Niños Héroes y Carranza, una conductora de un Nissan Versa le cortó el paso y provocó un choque que dejó catorce personas lesionadas: dos de consideración y doce con golpes leves, casi todos pasajeros que iban tranquilamente rumbo a su destino sin saber que subían a una atracción de feria.
Como si el día no hubiera entregado suficiente material, horas después, casi frente a las Fuentes Danzarinas, en Niños Héroes y Universidad, otro automóvil impactó a una unidad del Bowí y terminó su carrera estrellado contra un semáforo. Los pasajeros tuvieron que ser evacuados, la avenida se cerró y el tránsito hizo lo que mejor sabe hacer en Chihuahua: convertirse en penitencia colectiva.
La moraleja es dolorosamente clara. El Bowí es esa figura pública a la que todo mundo le pega —el Versa, el otro auto, el semáforo, hasta la mala suerte— y que, aun molido, tiene que seguir dando servicio al día siguiente porque no hay de otra. Es el trabajador más resiliente del estado: le rompen la carrocería y regresa a la ruta como si nada, porque la gente lo necesita y porque nadie va a ir caminando desde la Universidad hasta el centro con este solazo.
Las autoridades viales, siempre puntuales con el consejo inútil, exhortaron a los automovilistas a conducir con precaución y respetar los señalamientos. Es el tipo de recomendación que suena bonita en el comunicado y se evapora en el primer alto que nadie respeta. Porque el problema, seamos honestos, no es el Bowí: es todo lo que lo rodea a exceso de velocidad, con prisa y con la certeza de que el otro va a frenar. Ese día, nadie frenó dos veces.
Mientras tanto, en el mismo estado, un Camaro se deshacía contra una pickup en el R. Almada por, adivinaron, exceso de velocidad. Uno empieza a sospechar que en Chihuahua el verdadero deporte de conjunto no es el fútbol ni el béisbol, sino perder el control del volante en grupo. Que se recuperen los lesionados, que descanse el semáforo y que el Bowí, mártir metálico de la vialidad, cobre por peligrosidad.
Como si el día no hubiera entregado suficiente material, horas después, casi frente a las Fuentes Danzarinas, en Niños Héroes y Universidad, otro automóvil impactó a una unidad del Bowí y terminó su carrera estrellado contra un semáforo. Los pasajeros tuvieron que ser evacuados, la avenida se cerró y el tránsito hizo lo que mejor sabe hacer en Chihuahua: convertirse en penitencia colectiva.
La moraleja es dolorosamente clara. El Bowí es esa figura pública a la que todo mundo le pega —el Versa, el otro auto, el semáforo, hasta la mala suerte— y que, aun molido, tiene que seguir dando servicio al día siguiente porque no hay de otra. Es el trabajador más resiliente del estado: le rompen la carrocería y regresa a la ruta como si nada, porque la gente lo necesita y porque nadie va a ir caminando desde la Universidad hasta el centro con este solazo.
Las autoridades viales, siempre puntuales con el consejo inútil, exhortaron a los automovilistas a conducir con precaución y respetar los señalamientos. Es el tipo de recomendación que suena bonita en el comunicado y se evapora en el primer alto que nadie respeta. Porque el problema, seamos honestos, no es el Bowí: es todo lo que lo rodea a exceso de velocidad, con prisa y con la certeza de que el otro va a frenar. Ese día, nadie frenó dos veces.
Mientras tanto, en el mismo estado, un Camaro se deshacía contra una pickup en el R. Almada por, adivinaron, exceso de velocidad. Uno empieza a sospechar que en Chihuahua el verdadero deporte de conjunto no es el fútbol ni el béisbol, sino perder el control del volante en grupo. Que se recuperen los lesionados, que descanse el semáforo y que el Bowí, mártir metálico de la vialidad, cobre por peligrosidad.