El amigo de un primo mete gol de vestidor y se lleva 600 mil pesos
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Hay estafas que exigen ingenio, tecnología y años de estudio criminal. Y luego está la del "amigo de un primo", esa institución nacional que en Jalisco acaba de facturar como si tuviera palco en el Estadio Akron. La Fiscalía del Estado confirmó 17 carpetas de investigación por fraudes en la venta de boletos del Mundial, con pérdidas que rondan los 600 mil pesos. Todo, pese a las campañas que hasta el cansancio repitieron una sola idea: compre solo por canales oficiales.
Pero el aficionado mexicano es un ser noble, confiado y, digámoslo con cariño, un poquito optimista. Prefirió creerle al contacto de WhatsApp que prometía "entrega inmediata" antes que a la FIFA. Y vaya que hubo entrega inmediata: la del bloqueo de contacto en cuanto cayó la transferencia. El estafador desapareció más rápido que defensa mexicana en tiro de esquina.
Lo verdaderamente épico son las cifras individuales. Hubo quien desembolsó hasta 120 mil pesos —el precio de un cuartito, de un cochecito, de una boda módica— por un boleto que existía únicamente en la imaginación de un desconocido con foto de perfil de estadio. Ciento veinte mil pesos que se fueron sin que el sospechoso tuviera que pisar la cancha, driblar a nadie ni sudar la camiseta. Gol olímpico, y de vestidor.
El fenómeno tiene un componente casi antropológico. La pasión futbolera, esa que nos hace llorar con un himno y gritar un Siuuu ajeno, viene con un efecto secundario documentado: apaga por completo el instinto de supervivencia digital. Un mexicano que jamás le abriría la puerta a un extraño, le abre su cuenta bancaria a un avatar sin dudarlo, con tal de estar en las gradas.
Moraleja para la posteridad y para el próximo torneo: si el trato suena demasiado bueno, si el boleto está "baratísimo" y la entrega es "ya mismo", lo más probable es que el único que va a asistir al partido sea su dinero, en primera fila y sin usted. Los estafadores hicieron su agosto en junio. Y el resto nos quedamos, como siempre, viendo el juego por la tele y pagando la lección completa.
Pero el aficionado mexicano es un ser noble, confiado y, digámoslo con cariño, un poquito optimista. Prefirió creerle al contacto de WhatsApp que prometía "entrega inmediata" antes que a la FIFA. Y vaya que hubo entrega inmediata: la del bloqueo de contacto en cuanto cayó la transferencia. El estafador desapareció más rápido que defensa mexicana en tiro de esquina.
Lo verdaderamente épico son las cifras individuales. Hubo quien desembolsó hasta 120 mil pesos —el precio de un cuartito, de un cochecito, de una boda módica— por un boleto que existía únicamente en la imaginación de un desconocido con foto de perfil de estadio. Ciento veinte mil pesos que se fueron sin que el sospechoso tuviera que pisar la cancha, driblar a nadie ni sudar la camiseta. Gol olímpico, y de vestidor.
El fenómeno tiene un componente casi antropológico. La pasión futbolera, esa que nos hace llorar con un himno y gritar un Siuuu ajeno, viene con un efecto secundario documentado: apaga por completo el instinto de supervivencia digital. Un mexicano que jamás le abriría la puerta a un extraño, le abre su cuenta bancaria a un avatar sin dudarlo, con tal de estar en las gradas.
Moraleja para la posteridad y para el próximo torneo: si el trato suena demasiado bueno, si el boleto está "baratísimo" y la entrega es "ya mismo", lo más probable es que el único que va a asistir al partido sea su dinero, en primera fila y sin usted. Los estafadores hicieron su agosto en junio. Y el resto nos quedamos, como siempre, viendo el juego por la tele y pagando la lección completa.