Guadalajara descubre, otra vez, que el agua cae hacia abajo
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Cada temporada de lluvias, la Zona Metropolitana de Guadalajara vive un descubrimiento científico digno de premio: resulta que el agua, cuando cae del cielo, se acumula y corre por las calles. Este jueves la revelación llegó con fuerza. La tormenta vespertina dejó alrededor de 100 vehículos varados en la zona de Toluquilla, otros tantos en el cruce de Periférico y 8 de Julio, obligó al Siteur a suspender la Línea 4 del Tren Ligero y regó árboles caídos por buena parte de la ciudad, con especial saña hacia el sur.
El saldo material, según los afectados, ronda los 600 mil pesos. Automovilistas atrapados hasta las manijas, agentes de la Policía Vial rescatando conductores como si fueran salvavidas de playa, y esa estampa tan tapatía de la avenida convertida en río sin permiso de la Conagua. Toluquilla, Periférico Sur, Adolf Horn, 8 de Julio: la geografía del encharcamiento se repite con una lealtad que ya quisieran los equipos de futbol.
Lo asombroso no es que llueva —estamos en julio, no es una emboscada del clima—, sino la cara de sorpresa institucional que acompaña cada aguacero, como si nadie hubiera visto venir la temporada que ocurre puntualmente todos los años desde que existe el estado de Jalisco. El drenaje metropolitano tiene la memoria de un pez: cada tormenta lo agarra recién nacido, sin antecedentes, estrenando desagües.
Y aquí la ironía fina: la misma ciudad que este jueves navegaba en Periférico, en otras colonias tiene vecinos exigiendo agua limpia en la llave. Nos sobra por la avenida y nos falta por la tubería. Es un talento raro, casi artístico, el de administrar la abundancia y la escasez del mismo líquido con idéntica torpeza.
Mientras tanto, el ciudadano promedio ya aprendió a leer el cielo mejor que cualquier app: si en la tarde se nubla hacia el sur, mejor no agarre Periférico, no confíe en la Línea 4 y rece por su coche. Porque en Guadalajara la certeza más sólida de la temporada no es que ganemos el Mundial ni que arreglen el drenaje: es que va a llover, se va a inundar, y al día siguiente todos actuaremos, otra vez, muy sorprendidos.
El saldo material, según los afectados, ronda los 600 mil pesos. Automovilistas atrapados hasta las manijas, agentes de la Policía Vial rescatando conductores como si fueran salvavidas de playa, y esa estampa tan tapatía de la avenida convertida en río sin permiso de la Conagua. Toluquilla, Periférico Sur, Adolf Horn, 8 de Julio: la geografía del encharcamiento se repite con una lealtad que ya quisieran los equipos de futbol.
Lo asombroso no es que llueva —estamos en julio, no es una emboscada del clima—, sino la cara de sorpresa institucional que acompaña cada aguacero, como si nadie hubiera visto venir la temporada que ocurre puntualmente todos los años desde que existe el estado de Jalisco. El drenaje metropolitano tiene la memoria de un pez: cada tormenta lo agarra recién nacido, sin antecedentes, estrenando desagües.
Y aquí la ironía fina: la misma ciudad que este jueves navegaba en Periférico, en otras colonias tiene vecinos exigiendo agua limpia en la llave. Nos sobra por la avenida y nos falta por la tubería. Es un talento raro, casi artístico, el de administrar la abundancia y la escasez del mismo líquido con idéntica torpeza.
Mientras tanto, el ciudadano promedio ya aprendió a leer el cielo mejor que cualquier app: si en la tarde se nubla hacia el sur, mejor no agarre Periférico, no confíe en la Línea 4 y rece por su coche. Porque en Guadalajara la certeza más sólida de la temporada no es que ganemos el Mundial ni que arreglen el drenaje: es que va a llover, se va a inundar, y al día siguiente todos actuaremos, otra vez, muy sorprendidos.