40 mil ángeles de la guarda para el Ángel: la CDMX se blinda contra la fiesta que ella misma organiza
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Hay ciudades que aprenden de sus tragedias y hay ciudades que las administran como si fueran un abono a meses sin intereses. La nuestra pertenece a la segunda categoría. Después de que los festejos por el triunfo sobre Ecuador dejaran cuatro personas muertas en Paseo de la Reforma, el gobierno capitalino anunció que este domingo, para el México-Inglaterra, desplegará cuarenta mil servidores públicos. Cuarenta mil. Es decir, la ciudad decidió responder a una aglomeración mortal generando la aglomeración más grande de la historia, solo que ahora con chalecos reflejantes.
La aritmética del operativo es de esas que dan escalofrío y ternura a la vez: veinticuatro mil de Protección Civil, catorce mil sobre Reforma, ocho mil policías. Uno se imagina al aficionado promedio llegando al Ángel y encontrándose con que hay más funcionarios que borrachos, más conos que banquetas, más señalización con letras y números que en un examen de admisión. Porque sí: colocaron señalización por zonas identificadas con letras y números, no vaya a ser que el pueblo se emocione en la fila equivocada. Nada dice "disfruta el futbol con libertad" como sentir que entras a un estacionamiento del IMSS.
El detalle incómodo, ese que nadie quiere subrayar en las tarjetas informativas, es que en el operativo anterior circuló la versión de que el dispositivo del Ángel se dio por concluido varias horas antes de que ocurrieran las muertes. Traducción: no es que falten cuarenta mil personas, es que la vez pasada, según lo que se ha difundido, alguien apagó la luz antes de que terminara la fiesta. Y ahora la solución es multiplicar por mil el mismo esquema que ya había demostrado que el problema no es cuánta gente pones, sino a qué hora la mandas a su casa.
Mientras tanto, desde Palacio Nacional bajó la instrucción espiritual del fin de semana: "celebren con responsabilidad". Es la frase mexicana definitiva, la que sirve para todo y no compromete a nada, la versión adulta del "pórtense bien" que nos decían las mamás antes de irse a la fiesta y dejarnos con la abuela. Se pide moderar el alcohol en un país donde, según los mismos comerciantes de la Zona Rosa, la Ley Seca del partido anterior se sorteó vendiendo caguamas desde cajuelas, hieleras en diablitos y mochilas tácticas de chela. La prohibición existe; el operativo para hacerla cumplir, ese sí llega tarde, como el dispositivo del Ángel.
Y por si el domingo no fuera ya suficientemente barroco, resulta que el partido cambió de horario. Estaba a las seis de la tarde y lo movieron al mediodía porque hay pronóstico de tormenta eléctrica. La misma ciudad que no pudo prever una multitud previsible sí le atinó al radar meteorológico, lo cual tiene su poesía. Javier Aguirre, con esa elegancia de vestidor que lo caracteriza, lo resumió como "una patada en el estómago". El Vasco tiene razón, aunque uno sospecha que la verdadera patada en el estómago se la darán a los que ya habían pedido permiso en el trabajo para el turno de la tarde.
Del otro lado del Atlántico, la previa se calienta con dos frentes. El primero es Liam Gallagher, que vaticinó un 5-0 inglés y amenazó veladamente con que Oasis no regresaría a México si perdemos, como si la nación entera fuera a defender su portería pensando en la reventa de boletos del Foro Sol. El segundo, más digno de estudio farmacológico, es la versión de que Inglaterra evaluaría usar sildenafil —el ingrediente activo del Viagra— para aguantar la altura del Azteca. Que la selección que inventó el fair play piense subir al gramaje azul para respirar a 2,200 metros es, cuando menos, un giro argumental que ni los guionistas de la Premier.
Y para cerrar el bufet, dos postres. Uno: un influencer estadounidense que ganó dos millones de dólares apostándole al Tri decidió agradecerle regalándole Rolex a los jugadores, porque nada consolida una identidad nacional como que un extraño en internet te ponga relojes de lujo por hacerlo rico. Dos: al menos ocho futbolistas de Túnez dieron positivo a clembuterol tras su paso por México, y la hipótesis oficial es la carne. O sea, ni siquiera ganamos y ya nos acusan de dopar a la competencia con tacos. Ese, señoras y señores, es el verdadero legado mundialista de la Ciudad de México: cuarenta mil funcionarios, una tormenta agendada, chela en diablito y una selección rival que se va con antidoping y sin puntos. Celebren con responsabilidad, decían. Como si eso alguna vez hubiera estado en nuestras manos.
La aritmética del operativo es de esas que dan escalofrío y ternura a la vez: veinticuatro mil de Protección Civil, catorce mil sobre Reforma, ocho mil policías. Uno se imagina al aficionado promedio llegando al Ángel y encontrándose con que hay más funcionarios que borrachos, más conos que banquetas, más señalización con letras y números que en un examen de admisión. Porque sí: colocaron señalización por zonas identificadas con letras y números, no vaya a ser que el pueblo se emocione en la fila equivocada. Nada dice "disfruta el futbol con libertad" como sentir que entras a un estacionamiento del IMSS.
El detalle incómodo, ese que nadie quiere subrayar en las tarjetas informativas, es que en el operativo anterior circuló la versión de que el dispositivo del Ángel se dio por concluido varias horas antes de que ocurrieran las muertes. Traducción: no es que falten cuarenta mil personas, es que la vez pasada, según lo que se ha difundido, alguien apagó la luz antes de que terminara la fiesta. Y ahora la solución es multiplicar por mil el mismo esquema que ya había demostrado que el problema no es cuánta gente pones, sino a qué hora la mandas a su casa.
Mientras tanto, desde Palacio Nacional bajó la instrucción espiritual del fin de semana: "celebren con responsabilidad". Es la frase mexicana definitiva, la que sirve para todo y no compromete a nada, la versión adulta del "pórtense bien" que nos decían las mamás antes de irse a la fiesta y dejarnos con la abuela. Se pide moderar el alcohol en un país donde, según los mismos comerciantes de la Zona Rosa, la Ley Seca del partido anterior se sorteó vendiendo caguamas desde cajuelas, hieleras en diablitos y mochilas tácticas de chela. La prohibición existe; el operativo para hacerla cumplir, ese sí llega tarde, como el dispositivo del Ángel.
Y por si el domingo no fuera ya suficientemente barroco, resulta que el partido cambió de horario. Estaba a las seis de la tarde y lo movieron al mediodía porque hay pronóstico de tormenta eléctrica. La misma ciudad que no pudo prever una multitud previsible sí le atinó al radar meteorológico, lo cual tiene su poesía. Javier Aguirre, con esa elegancia de vestidor que lo caracteriza, lo resumió como "una patada en el estómago". El Vasco tiene razón, aunque uno sospecha que la verdadera patada en el estómago se la darán a los que ya habían pedido permiso en el trabajo para el turno de la tarde.
Del otro lado del Atlántico, la previa se calienta con dos frentes. El primero es Liam Gallagher, que vaticinó un 5-0 inglés y amenazó veladamente con que Oasis no regresaría a México si perdemos, como si la nación entera fuera a defender su portería pensando en la reventa de boletos del Foro Sol. El segundo, más digno de estudio farmacológico, es la versión de que Inglaterra evaluaría usar sildenafil —el ingrediente activo del Viagra— para aguantar la altura del Azteca. Que la selección que inventó el fair play piense subir al gramaje azul para respirar a 2,200 metros es, cuando menos, un giro argumental que ni los guionistas de la Premier.
Y para cerrar el bufet, dos postres. Uno: un influencer estadounidense que ganó dos millones de dólares apostándole al Tri decidió agradecerle regalándole Rolex a los jugadores, porque nada consolida una identidad nacional como que un extraño en internet te ponga relojes de lujo por hacerlo rico. Dos: al menos ocho futbolistas de Túnez dieron positivo a clembuterol tras su paso por México, y la hipótesis oficial es la carne. O sea, ni siquiera ganamos y ya nos acusan de dopar a la competencia con tacos. Ese, señoras y señores, es el verdadero legado mundialista de la Ciudad de México: cuarenta mil funcionarios, una tormenta agendada, chela en diablito y una selección rival que se va con antidoping y sin puntos. Celebren con responsabilidad, decían. Como si eso alguna vez hubiera estado en nuestras manos.