Reactivan casetas del Aeropuerto y de la Monterrey-Cadereyta: la nostalgia dura lo que dura no pagar
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Todo lo bueno se acaba, y en Nuevo León lo bueno suele acabarse con una pluma que baja y una tarjeta que se acerca. A partir del primero de julio volvió el cobro en la caseta Guadalupe de la autopista Monterrey-Cadereyta, y casi en paralelo se reactivó el peaje en la caseta del Aeropuerto Internacional de Monterrey, en Apodaca. Resultado inmediato: filas de hasta 30 minutos y el reencuentro nostálgico del automovilista regio con su viejo amigo, el congestionamiento vial.
Recordemos el idilio. La caseta Guadalupe se había liberado desde febrero para ayudar a descargar la avenida Miguel Alemán, gesto que muchos interpretaron como generosidad y otros, más experimentados, como préstamo. Porque en materia de peajes la gratuidad nunca es un regalo: es una prueba gratis con renovación automática. Nos dejaron pasar sin pagar el tiempo suficiente para acostumbrarnos, y justo cuando ya lo dábamos por hecho —como el buen mexicano que convierte cualquier cortesía en derecho adquirido— la pluma volvió a bajar.
La escena en el Aeropuerto tiene su propia poesía: gente que va al aeropuerto, presumiblemente con horario de vuelo, ahora sumando media hora de fila en la caseta a su itinerario. Nada dice 'bienvenido a la puerta aérea del noreste' como una cola de coches humeando al sol para pagar por el privilegio de llegar tarde. Uno esperaría que la ruta hacia los aviones fuera la más fluida; en cambio, es un recordatorio de que en esta ciudad hasta ir a volar empieza pisando el freno.
Lo cierto es que las casetas cumplen una función y alguien tiene que pagar el asfalto. El punto fino es otro: la manera en que se administra la esperanza del automovilista. Primero se libera 'para ayudar', se deja correr los meses, y cuando ya nos hicimos a la idea de un mundo sin peaje, regresa el cobro como si nunca se hubiera ido. Bienvenidos de vuelta a la realidad, señores conductores. La luna de miel sin caseta fue bonita mientras duró; ahora, por favor, tengan lista la tarjeta y la paciencia, que ambas se les van a acabar en la misma fila.
Recordemos el idilio. La caseta Guadalupe se había liberado desde febrero para ayudar a descargar la avenida Miguel Alemán, gesto que muchos interpretaron como generosidad y otros, más experimentados, como préstamo. Porque en materia de peajes la gratuidad nunca es un regalo: es una prueba gratis con renovación automática. Nos dejaron pasar sin pagar el tiempo suficiente para acostumbrarnos, y justo cuando ya lo dábamos por hecho —como el buen mexicano que convierte cualquier cortesía en derecho adquirido— la pluma volvió a bajar.
La escena en el Aeropuerto tiene su propia poesía: gente que va al aeropuerto, presumiblemente con horario de vuelo, ahora sumando media hora de fila en la caseta a su itinerario. Nada dice 'bienvenido a la puerta aérea del noreste' como una cola de coches humeando al sol para pagar por el privilegio de llegar tarde. Uno esperaría que la ruta hacia los aviones fuera la más fluida; en cambio, es un recordatorio de que en esta ciudad hasta ir a volar empieza pisando el freno.
Lo cierto es que las casetas cumplen una función y alguien tiene que pagar el asfalto. El punto fino es otro: la manera en que se administra la esperanza del automovilista. Primero se libera 'para ayudar', se deja correr los meses, y cuando ya nos hicimos a la idea de un mundo sin peaje, regresa el cobro como si nunca se hubiera ido. Bienvenidos de vuelta a la realidad, señores conductores. La luna de miel sin caseta fue bonita mientras duró; ahora, por favor, tengan lista la tarjeta y la paciencia, que ambas se les van a acabar en la misma fila.