Nos regalaron Rolex y los devolvimos: la tragedia nacional del qué dirán
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Pocas historias resumen mejor el alma mexicana que la del reloj que llegó y se fue. El creador de contenido estadounidense Steve Will Do It, tras ganar una apuesta a favor de México en el partido contra la República Checa, decidió agradecerle al Tri con relojes Rolex durante una visita al Centro de Alto Rendimiento de la Federación. Fotos, sonrisas, muñecas relucientes, la ilusión de que por una vez la generosidad ajena caía del cielo sin letra chica. Y al día siguiente, plot twist: la Selección devolvió los relojes 'de común acuerdo'. Nada más doloroso que probar el lujo unas horas y tener que regresarlo con una sonrisa diplomática.
Uno imagina la escena: el jugador acomodándose el Rolex frente al espejo, calculando cómo se vería en la foto de la concentración, y de pronto la llamada de la Federación recordándole los reglamentos, la imagen institucional, el qué van a decir. Devolver un obsequio así requiere una fortaleza moral que ni en penales se ve. Porque una cosa es perder algo que nunca tuviste, y otra muy distinta es entregar, con tus propias manos, un reloj que ya sentías tuyo por unas gloriosas veinticuatro horas.
Y es que aquí está el drama en su forma más pura: somos un país capaz de recibir un regalo carísimo y sentir culpa inmediata. En cualquier otra latitud el gesto se agradece y ya; aquí lo convertimos en un dilema ético con reunión, comunicado y 'común acuerdo', ese eufemismo maravilloso que significa 'a alguien allá arriba no le gustó la foto'. Mientras la afición discute alineaciones y horarios cambiantes, el verdadero suspenso mundialista fue si el Tri se quedaba o no con el bisnes. Se lo quedó nadie. Y así, entre serenatas preventivas a los ingleses y relojes que regresan a su dueño, México demostró que su deporte nacional no es el futbol: es hacer las cosas más complicadas de lo que tienen que ser, con una sonrisa apretada y un reloj menos.
Uno imagina la escena: el jugador acomodándose el Rolex frente al espejo, calculando cómo se vería en la foto de la concentración, y de pronto la llamada de la Federación recordándole los reglamentos, la imagen institucional, el qué van a decir. Devolver un obsequio así requiere una fortaleza moral que ni en penales se ve. Porque una cosa es perder algo que nunca tuviste, y otra muy distinta es entregar, con tus propias manos, un reloj que ya sentías tuyo por unas gloriosas veinticuatro horas.
Y es que aquí está el drama en su forma más pura: somos un país capaz de recibir un regalo carísimo y sentir culpa inmediata. En cualquier otra latitud el gesto se agradece y ya; aquí lo convertimos en un dilema ético con reunión, comunicado y 'común acuerdo', ese eufemismo maravilloso que significa 'a alguien allá arriba no le gustó la foto'. Mientras la afición discute alineaciones y horarios cambiantes, el verdadero suspenso mundialista fue si el Tri se quedaba o no con el bisnes. Se lo quedó nadie. Y así, entre serenatas preventivas a los ingleses y relojes que regresan a su dueño, México demostró que su deporte nacional no es el futbol: es hacer las cosas más complicadas de lo que tienen que ser, con una sonrisa apretada y un reloj menos.