Morebús y teleférico al mismo tiempo: Morelia inventa el turismo del embotellamiento
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Hay decisiones que solo se entienden con fe. Una de ellas fue construir, al mismo tiempo y en la misma zona, las obras del Morebús y del teleférico en Morelia. El resultado, según un sondeo entre ciudadanos, es que los morelianos ahora tardan hasta una hora en llegar a sus destinos, con el epicentro del caos en el monumento a Lázaro Cárdenas. Los mismos vecinos coincidieron en lo obvio: estuvo mal planeado hacer las dos obras juntas. Vaya novedad. Para llegar a esa conclusión no hacía falta un sondeo, bastaba con intentar cruzar la avenida un martes a las dos de la tarde.
Lo verdaderamente épico es el complemento meteorológico. Hace menos de una semana, esa misma zona se inundó por las lluvias. Es decir: no solo te quedas atorado una hora, sino que te quedas atorado una hora con el agua a las rodillas. Morelia logró lo que ninguna agencia de viajes: una experiencia inmersiva de tráfico acuático. Ya nada más falta que vendan boletos y le pongan distintivo de turismo comunitario.
Uno entiende que las ciudades deben modernizarse. El teleférico suena futurista, el Morebús suena eficiente, y sobre el papel todo se ve como maqueta de arquitecto feliz. El problema es que la ciudad no vive en la maqueta: vive en el embudo, en el claxon, en el 'ya me hubiera ido caminando'. Cuando dos obras nobles se estorban entre sí, el progreso deja de ser progreso y se convierte en penitencia colectiva.
Mención especial merece que hasta la política se metió al bache: en el contexto de esta zona, el hermano de Carlos Manzo aprovechó para opinar sobre quién debería separarse del cargo para hacer campaña. Porque en Morelia el tráfico no discrimina: atora a peatones, a automovilistas y, de paso, a las aspiraciones electorales. Sugerencia humilde para la autoridad: la próxima vez que se les ocurra hacer dos obras a la vez, háganlo en temporada de secas y en calles distintas. O al menos repartan paraguas con el logo del ayuntamiento. Turismo del embotellamiento, pero con estilo.
Lo verdaderamente épico es el complemento meteorológico. Hace menos de una semana, esa misma zona se inundó por las lluvias. Es decir: no solo te quedas atorado una hora, sino que te quedas atorado una hora con el agua a las rodillas. Morelia logró lo que ninguna agencia de viajes: una experiencia inmersiva de tráfico acuático. Ya nada más falta que vendan boletos y le pongan distintivo de turismo comunitario.
Uno entiende que las ciudades deben modernizarse. El teleférico suena futurista, el Morebús suena eficiente, y sobre el papel todo se ve como maqueta de arquitecto feliz. El problema es que la ciudad no vive en la maqueta: vive en el embudo, en el claxon, en el 'ya me hubiera ido caminando'. Cuando dos obras nobles se estorban entre sí, el progreso deja de ser progreso y se convierte en penitencia colectiva.
Mención especial merece que hasta la política se metió al bache: en el contexto de esta zona, el hermano de Carlos Manzo aprovechó para opinar sobre quién debería separarse del cargo para hacer campaña. Porque en Morelia el tráfico no discrimina: atora a peatones, a automovilistas y, de paso, a las aspiraciones electorales. Sugerencia humilde para la autoridad: la próxima vez que se les ocurra hacer dos obras a la vez, háganlo en temporada de secas y en calles distintas. O al menos repartan paraguas con el logo del ayuntamiento. Turismo del embotellamiento, pero con estilo.