El INE se inunda: por fin algo fluye en el sistema electoral
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Hay metáforas que no necesitan columnista: la tormenta del viernes al sur de la Ciudad de México dejó más de 15 centímetros de agua en el estacionamiento y las entradas de las oficinas centrales del Instituto Nacional Electoral. Quedaron anegados el acceso peatonal, el vehicular y todo el aparcadero. El instituto que organiza la vida democrática del país no pudo organizar el desagüe de su propia cochera. Poético.
Uno entiende que el agua es democrática por naturaleza: no respeta jerarquías, no pide credencial para votar, no distingue entre consejeros y visitantes. Llegó, se acomodó y se quedó, como esos trámites que uno cree resolver en diez minutos. Y mientras en Chihuahua el PAN propone derogar la elección directa de regidurías para que una sentencia del Tribunal Estatal Electoral quede 'sin efecto', en la capital el INE descubrió que hay cosas que tampoco surten efecto: las coladeras.
No nos burlamos de la lluvia, que es fenómeno natural y bendición en tiempos de sequía —pregúntenle a la JCAS, que anda rezando por agua—. Nos llama la atención el simbolismo gratuito: la institución encargada de que ningún voto se pierda, viendo cómo se le pierden los cajones de estacionamiento bajo el agua. Si el sistema electoral fuera tan permeable a las quejas ciudadanas como lo fue su estacionamiento a la tormenta, otro gallo nos cantaría.
Hay quien dirá que es solo infraestructura, que cualquier edificio se inunda con suficiente lluvia. Cierto. Pero pocos edificios cargan tanto peso simbólico por metro cuadrado. El estacionamiento del INE inundado es la imagen que cualquier caricaturista hubiera querido inventar, y resulta que la realidad la entregó gratis y a domicilio. Que conste que aquí solo describimos charcos. La interpretación, como el nivel del agua, la deja cada quien hasta donde le llegue.
Moraleja para burócratas de cualquier color: antes de prometer que ningún ciudadano se quedará fuera, conviene revisar que el agua tampoco se quede dentro. Y para los automovilistas que ese día dejaron el carro ahí: bienvenidos al único conteo rápido que sí salió mojado.
Uno entiende que el agua es democrática por naturaleza: no respeta jerarquías, no pide credencial para votar, no distingue entre consejeros y visitantes. Llegó, se acomodó y se quedó, como esos trámites que uno cree resolver en diez minutos. Y mientras en Chihuahua el PAN propone derogar la elección directa de regidurías para que una sentencia del Tribunal Estatal Electoral quede 'sin efecto', en la capital el INE descubrió que hay cosas que tampoco surten efecto: las coladeras.
No nos burlamos de la lluvia, que es fenómeno natural y bendición en tiempos de sequía —pregúntenle a la JCAS, que anda rezando por agua—. Nos llama la atención el simbolismo gratuito: la institución encargada de que ningún voto se pierda, viendo cómo se le pierden los cajones de estacionamiento bajo el agua. Si el sistema electoral fuera tan permeable a las quejas ciudadanas como lo fue su estacionamiento a la tormenta, otro gallo nos cantaría.
Hay quien dirá que es solo infraestructura, que cualquier edificio se inunda con suficiente lluvia. Cierto. Pero pocos edificios cargan tanto peso simbólico por metro cuadrado. El estacionamiento del INE inundado es la imagen que cualquier caricaturista hubiera querido inventar, y resulta que la realidad la entregó gratis y a domicilio. Que conste que aquí solo describimos charcos. La interpretación, como el nivel del agua, la deja cada quien hasta donde le llegue.
Moraleja para burócratas de cualquier color: antes de prometer que ningún ciudadano se quedará fuera, conviene revisar que el agua tampoco se quede dentro. Y para los automovilistas que ese día dejaron el carro ahí: bienvenidos al único conteo rápido que sí salió mojado.