En Vallarta piden identificación… pero solo al que tiene cara de pagar impuestos
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Hay pocas cosas tan mexicanas como que a uno le pidan comprobar que es mexicano. Le ocurrió a un ciudadano en la plaza Lázaro Cárdenas de Puerto Vallarta, ese cuadro turístico donde conviven residentes extranjeros, turistas de gorra y crema solar, y el vecino de toda la vida que va a echar la vuelta. Según su denuncia, agentes del Instituto Nacional de Migración se le acercaron a exigirle una identificación oficial para acreditar su nacionalidad. A él. Que es de aquí.
El detalle que convierte la anécdota en editorial es geográfico y cromático: alrededor había decenas de ciudadanos estadounidenses y canadienses, y a ninguno le pidieron papel alguno. El operativo, cuenta el afectado, tuvo la puntería de un francotirador con criterio estético: apuntó exclusivamente a quien "se veía de aquí". Una hazaña de eficiencia burocrática que logra lo imposible: revisar la nacionalidad de todos menos de los que efectivamente son de otra nacionalidad.
El ciudadano, con más dignidad que ganas, confrontó a los funcionarios en el sitio y exigió respeto a sus derechos. Testigos secundaron el reclamo y pidieron a las oficinas de la dependencia que sus operativos en zonas turísticas se apeguen a la ley y dejen de hostigar a la población local. Porque perfilar por apariencia en un puerto que vive del turismo tiene un doble filo maravilloso: incomodas al que paga predial y le sonríes al que paga en dólares.
Uno entiende la lógica no escrita: molestar al turista es malo para el negocio, y molestar al vecino es gratis. Pero conviene recordarle a la autoridad que la credencial de elector no viene con filtro de piel, y que la Constitución no trae asterisco que diga "aplica restricciones según bronceado". Vallarta se anuncia como destino de clase mundial —de hecho volvió a colarse entre los favoritos de Tripadvisor—; sería una pena que en la lista de atractivos apareciera, con letra chiquita, "revisión selectiva de nacionales incluida".
Mientras tanto, el residente vallartense sigue aprendiendo la lección más surrealista del turismo sostenible: en su propia plaza, el sospechoso por default es el dueño de la casa.
El detalle que convierte la anécdota en editorial es geográfico y cromático: alrededor había decenas de ciudadanos estadounidenses y canadienses, y a ninguno le pidieron papel alguno. El operativo, cuenta el afectado, tuvo la puntería de un francotirador con criterio estético: apuntó exclusivamente a quien "se veía de aquí". Una hazaña de eficiencia burocrática que logra lo imposible: revisar la nacionalidad de todos menos de los que efectivamente son de otra nacionalidad.
El ciudadano, con más dignidad que ganas, confrontó a los funcionarios en el sitio y exigió respeto a sus derechos. Testigos secundaron el reclamo y pidieron a las oficinas de la dependencia que sus operativos en zonas turísticas se apeguen a la ley y dejen de hostigar a la población local. Porque perfilar por apariencia en un puerto que vive del turismo tiene un doble filo maravilloso: incomodas al que paga predial y le sonríes al que paga en dólares.
Uno entiende la lógica no escrita: molestar al turista es malo para el negocio, y molestar al vecino es gratis. Pero conviene recordarle a la autoridad que la credencial de elector no viene con filtro de piel, y que la Constitución no trae asterisco que diga "aplica restricciones según bronceado". Vallarta se anuncia como destino de clase mundial —de hecho volvió a colarse entre los favoritos de Tripadvisor—; sería una pena que en la lista de atractivos apareciera, con letra chiquita, "revisión selectiva de nacionales incluida".
Mientras tanto, el residente vallartense sigue aprendiendo la lección más surrealista del turismo sostenible: en su propia plaza, el sospechoso por default es el dueño de la casa.