El milagro de los panes y los peces, versión Guanajuato: dos mil cervezas y una hoja del IMSS
Tamaño de letra
Existe una escena que solo puede ocurrir en Guanajuato, donde la fe y la sed conviven en armonía: el mismo día, por un canal, el Instituto Mexicano del Seguro Social lanza un llamado enternecedor a vivir el partido de México «de forma sana, pacífica y libre de riesgos», y por el otro, en la calle Subterránea de la capital, un exalcalde anuncia con orgullo cívico la entrega de dos mil cervezas para acompañar la transmisión. Dos mil. No dos, no doscientas: dos mil. Es una cantidad que ya no es un gesto, es logística.
El IMSS, con su ternura habitual de tríptico de sala de espera, recomienda no beber si va a manejar, designar conductor y proteger a los más vulnerables. Todo impecable, todo sensato, todo redactado por alguien que evidentemente no había visto el flyer del vecino. Porque mientras la institución pide moderación, en la Subterránea se organiza la distribución de chela como si fuera jornada de vacunación, solo que con más espuma y menos cita previa.
Hay que reconocer la belleza del contraste. El Estado mexicano, en su versión salud, te toma de la mano y te dice «cuídate». El Estado mexicano, en su versión política local, te toma de la otra mano y te dice «agárrate esta y las que siguen». Ambas manos pertenecen al mismo cuerpo, y ese cuerpo el domingo va a estar frente a una pantalla gritando gol. Es el país en miniatura: una campaña de prevención y un reparto de cerveza compartiendo la misma esquina, mirándose de reojo, fingiendo demencia.
Lo más admirable es la eficiencia del gesto electorero-etílico. Dos mil cervezas para un partido de octavos es un cálculo digno de un actuario: suficiente para que nadie se quede con sed, insuficiente para que alguien lo llame despilfarro, y justo lo necesario para que el nombre quede en la memoria colectiva más fresco que la lata. En 2027 nadie recordará una obra pública, pero seguro recuerdan quién dio la fría en la Subterránea.
Así que el consejo de esta redacción combina ambas doctrinas oficiales: disfrute el partido con responsabilidad, exactamente como pide el IMSS, y hágalo con la cerveza gratis del político, exactamente como manda la tradición. Solo recuerde que, según la propia recomendación, alguien tiene que quedarse sobrio para manejar. Sugerimos que sea el que repartió las dos mil: al fin y al cabo, él ya cumplió su parte del rito.
El IMSS, con su ternura habitual de tríptico de sala de espera, recomienda no beber si va a manejar, designar conductor y proteger a los más vulnerables. Todo impecable, todo sensato, todo redactado por alguien que evidentemente no había visto el flyer del vecino. Porque mientras la institución pide moderación, en la Subterránea se organiza la distribución de chela como si fuera jornada de vacunación, solo que con más espuma y menos cita previa.
Hay que reconocer la belleza del contraste. El Estado mexicano, en su versión salud, te toma de la mano y te dice «cuídate». El Estado mexicano, en su versión política local, te toma de la otra mano y te dice «agárrate esta y las que siguen». Ambas manos pertenecen al mismo cuerpo, y ese cuerpo el domingo va a estar frente a una pantalla gritando gol. Es el país en miniatura: una campaña de prevención y un reparto de cerveza compartiendo la misma esquina, mirándose de reojo, fingiendo demencia.
Lo más admirable es la eficiencia del gesto electorero-etílico. Dos mil cervezas para un partido de octavos es un cálculo digno de un actuario: suficiente para que nadie se quede con sed, insuficiente para que alguien lo llame despilfarro, y justo lo necesario para que el nombre quede en la memoria colectiva más fresco que la lata. En 2027 nadie recordará una obra pública, pero seguro recuerdan quién dio la fría en la Subterránea.
Así que el consejo de esta redacción combina ambas doctrinas oficiales: disfrute el partido con responsabilidad, exactamente como pide el IMSS, y hágalo con la cerveza gratis del político, exactamente como manda la tradición. Solo recuerde que, según la propia recomendación, alguien tiene que quedarse sobrio para manejar. Sugerimos que sea el que repartió las dos mil: al fin y al cabo, él ya cumplió su parte del rito.