En Morena todos trabajan y nadie pide favores: la campaña interna que no es campaña
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En el reparto de papeles de Morena en Michoacán hay una regla no escrita: todos aspiran, ninguno hace campaña, y cada quien jura que llegó hasta ahí a puro sudor. Esta semana el guion se lució. Desde Lázaro Cárdenas, Carlos Torres Piña, aspirante a la Coordinación Estatal en Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, declaró que le apuesta "más al trabajo de la gente que a la suerte". Una frase preciosa, digna de estampa motivacional, soltada justo después de que le preguntaran sobre declaraciones presidenciales que algunos leyeron como un empujoncito para cierto nombre.
Traduzcamos del morenés al español de banqueta: alguien allá arriba dijo algo que sonó a favoritismo, y Torres Piña salió a recordar que él, en cambio, prefiere ganar honradamente. Nobilísimo posicionamiento. El detalle es que en una contienda donde absolutamente todos aseguran que solo trabajan y jamás piden padrinos, el que finalmente resulte coordinador va a tener que explicar de dónde le brotó tanta suerte laboral. Porque trabajo hay para todos, pero la coordinación es una sola.
Y no viene solo. En Morelia, Gaby Molina —también aspirante al mismo cargo— aprovechó la visita presidencial para celebrar que el Plan Michoacán es "el mayor impulso" que ha recibido la educación en años, con becas para más de 840 mil estudiantes. Bonita coincidencia que las virtudes del programa se ensalcen desde la boca de quien busca coordinar la defensa de la transformación. La conferencia de prensa se ha vuelto el nuevo mitin: nadie es candidato, todos ya traen frase de arranque y foto con causa.
Este es el encanto del proceso interno guinda: es una campaña que legalmente no existe, sostenida por declaraciones que oficialmente no son promocionales, en la que se compite por un puesto que nadie confiesa desear con tantas ganas. Un Mundial político sin marcador visible, donde el árbitro está en Palacio Nacional y todos fingen no mirar hacia allá.
Que gane el mejor, dicen. O el más trabajador. O el más afortunado. En Michoacán, sospechamos, va a ganar el que mejor sepa disfrazar la suerte de esfuerzo. Y a ese, aunque no lo confiese, un pajarito en Palacio le habrá deseado buena suerte. Perdón: buen trabajo.
Traduzcamos del morenés al español de banqueta: alguien allá arriba dijo algo que sonó a favoritismo, y Torres Piña salió a recordar que él, en cambio, prefiere ganar honradamente. Nobilísimo posicionamiento. El detalle es que en una contienda donde absolutamente todos aseguran que solo trabajan y jamás piden padrinos, el que finalmente resulte coordinador va a tener que explicar de dónde le brotó tanta suerte laboral. Porque trabajo hay para todos, pero la coordinación es una sola.
Y no viene solo. En Morelia, Gaby Molina —también aspirante al mismo cargo— aprovechó la visita presidencial para celebrar que el Plan Michoacán es "el mayor impulso" que ha recibido la educación en años, con becas para más de 840 mil estudiantes. Bonita coincidencia que las virtudes del programa se ensalcen desde la boca de quien busca coordinar la defensa de la transformación. La conferencia de prensa se ha vuelto el nuevo mitin: nadie es candidato, todos ya traen frase de arranque y foto con causa.
Este es el encanto del proceso interno guinda: es una campaña que legalmente no existe, sostenida por declaraciones que oficialmente no son promocionales, en la que se compite por un puesto que nadie confiesa desear con tantas ganas. Un Mundial político sin marcador visible, donde el árbitro está en Palacio Nacional y todos fingen no mirar hacia allá.
Que gane el mejor, dicen. O el más trabajador. O el más afortunado. En Michoacán, sospechamos, va a ganar el que mejor sepa disfrazar la suerte de esfuerzo. Y a ese, aunque no lo confiese, un pajarito en Palacio le habrá deseado buena suerte. Perdón: buen trabajo.