El claxon, enemigo de la patria: ahora la alegría automovilística se cobra en pesos
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Hay tradiciones que definen a un pueblo. La tortilla recién hecha. La discusión familiar sobre si lleva o no lleva verdura el pozole. Y, por supuesto, el ritual sagrado de sacar medio cuerpo por la ventanilla del coche y tocar el claxon como si el instrumento fuera la trompeta del Juicio Final cada vez que México anota. Pues bien: ese himno no oficial de la felicidad nacional acaba de quedar bajo amenaza de multa.
Con el partido contra Inglaterra en puerta, las autoridades recordaron que el Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México es muy claro: el claxon existe para prevenir accidentes o advertir un riesgo, no para expresar júbilo, saludar al compadre, presionar al de adelante o encabezar una caravana triunfal por Insurgentes. En otras palabras, tocar el claxon de felicidad ahora es, técnicamente, una infracción.
Es conmovedor el nivel de fe institucional que esto implica. Como si un capitalino, en el clímax de un gol en octavos de final, con el corazón a mil y la garganta ya deshecha, fuera a mirar el retrovisor y pensar: "un momento, no vaya a ser que esta emoción me salga en salario mínimo". El mexicano promedio ha tocado el claxon por menos: por un semáforo que tardó dos segundos de más, por la duda existencial de si el de enfrente pensaba avanzar algún día. Prohibirle celebrar con él es como pedirle que aplauda en silencio.
Uno entiende el espíritu: hay ruido, hay caos, hay quien confunde la avenida con una pista de coches chocones. Todo muy razonable en el papel. Pero convertir la bocina en un lujo tarifado tiene algo de poesía triste: es la ciudad diciéndole a su gente que puede sentir toda la dicha del mundo, siempre que la sienta en modo silencioso y con el freno de mano puesto.
Así que ya lo sabe, estimado conductor: si el domingo cae el gol y la mano se le va sola al centro del volante, tómelo como una donación voluntaria a las arcas capitalinas. La patria se lo agradecerá. La cartera, no tanto.
Con el partido contra Inglaterra en puerta, las autoridades recordaron que el Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México es muy claro: el claxon existe para prevenir accidentes o advertir un riesgo, no para expresar júbilo, saludar al compadre, presionar al de adelante o encabezar una caravana triunfal por Insurgentes. En otras palabras, tocar el claxon de felicidad ahora es, técnicamente, una infracción.
Es conmovedor el nivel de fe institucional que esto implica. Como si un capitalino, en el clímax de un gol en octavos de final, con el corazón a mil y la garganta ya deshecha, fuera a mirar el retrovisor y pensar: "un momento, no vaya a ser que esta emoción me salga en salario mínimo". El mexicano promedio ha tocado el claxon por menos: por un semáforo que tardó dos segundos de más, por la duda existencial de si el de enfrente pensaba avanzar algún día. Prohibirle celebrar con él es como pedirle que aplauda en silencio.
Uno entiende el espíritu: hay ruido, hay caos, hay quien confunde la avenida con una pista de coches chocones. Todo muy razonable en el papel. Pero convertir la bocina en un lujo tarifado tiene algo de poesía triste: es la ciudad diciéndole a su gente que puede sentir toda la dicha del mundo, siempre que la sienta en modo silencioso y con el freno de mano puesto.
Así que ya lo sabe, estimado conductor: si el domingo cae el gol y la mano se le va sola al centro del volante, tómelo como una donación voluntaria a las arcas capitalinas. La patria se lo agradecerá. La cartera, no tanto.