El monorriel ya cruza su puente nuevo; el agua todavía no cruza la llave
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Nuevo León vivió un momento histórico digno de aplauso y confeti: el monorriel de las nuevas líneas del Metro cruzó por primera vez el flamante puente que conectará la Torre Rise con Morones Prieto. Una prueba exitosa, un avance real, una imagen del futuro deslizándose elegante sobre la ciudad.
Y conste que aquí no hay sarcasmo hacia la obra: que Monterrey por fin le meta rieles a la movilidad y deje de resolver todo con más carriles para camionetas es, sinceramente, una buena noticia. El monorriel se ve moderno, se ve limpio, se ve como esas maquetas que los gobiernos presentan en conferencia y que uno jura que jamás verá completas. Verlo cruzar de verdad, con vagón y todo, tiene su emoción.
El problema no es el monorriel. El problema es el contraste. Porque la misma metrópoli capaz de tender un puente entre una torre de lujo y una avenida principal para que ruede un tren elevado, es la que esta semana anda repartiendo pipas de agua colonia por colonia como quien reparte despensas en emergencia. Podemos elevar un convoy sobre Morones Prieto, pero no podemos garantizar que salga agua de una llave en García. Dominamos la ingeniería del riel suspendido; se nos resiste la tubería subterránea.
Hay algo profundamente regiomontano en esto. Somos la ciudad de las grandes obras espectaculares y las pequeñas frustraciones domésticas. Nos encanta lo que se ve, lo que se inaugura, lo que sale bien en la foto aérea con dron. El monorriel es fotogénico; el desabasto no. Nadie corta un listón para celebrar que hoy sí hubo presión en la red hidráulica.
Así que celebremos, sin pena, que el monorriel ya cruzó su puente. Es un avance de verdad. Solo pedimos, humildemente, que la misma determinación que puso rieles en el aire ponga agua en la llave. Porque de qué sirve llegar rapidísimo a la Torre Rise si al regresar a casa hay que bañarse a jicarazos.
Y conste que aquí no hay sarcasmo hacia la obra: que Monterrey por fin le meta rieles a la movilidad y deje de resolver todo con más carriles para camionetas es, sinceramente, una buena noticia. El monorriel se ve moderno, se ve limpio, se ve como esas maquetas que los gobiernos presentan en conferencia y que uno jura que jamás verá completas. Verlo cruzar de verdad, con vagón y todo, tiene su emoción.
El problema no es el monorriel. El problema es el contraste. Porque la misma metrópoli capaz de tender un puente entre una torre de lujo y una avenida principal para que ruede un tren elevado, es la que esta semana anda repartiendo pipas de agua colonia por colonia como quien reparte despensas en emergencia. Podemos elevar un convoy sobre Morones Prieto, pero no podemos garantizar que salga agua de una llave en García. Dominamos la ingeniería del riel suspendido; se nos resiste la tubería subterránea.
Hay algo profundamente regiomontano en esto. Somos la ciudad de las grandes obras espectaculares y las pequeñas frustraciones domésticas. Nos encanta lo que se ve, lo que se inaugura, lo que sale bien en la foto aérea con dron. El monorriel es fotogénico; el desabasto no. Nadie corta un listón para celebrar que hoy sí hubo presión en la red hidráulica.
Así que celebremos, sin pena, que el monorriel ya cruzó su puente. Es un avance de verdad. Solo pedimos, humildemente, que la misma determinación que puso rieles en el aire ponga agua en la llave. Porque de qué sirve llegar rapidísimo a la Torre Rise si al regresar a casa hay que bañarse a jicarazos.