La División del Norte estrena cuatrimoto
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Hay noticias que Doroteo Arango no vio venir. La Cabalgata Villista 2026 anunció que será la más grande de su historia —más de 11 mil jinetes, con una vertiente partiendo por primera vez desde Durango— y, en un giro que nadie pidió pero todos veremos, sumará a la travesía "vehículos racers y cuatrimotos".
Léase de nuevo: la conmemoración de la caballería revolucionaria ahora incluye motor de dos tiempos. La misma gesta que se enseña en los libros con caballos jadeando polvo del desierto tendrá su acompañamiento de cuatrimotos levantando la misma polvadera, pero con claxon. El Centauro del Norte convertido, respetuosamente, en el Razor del Norte.
Uno entiende el argumento práctico: no todo mundo monta, las distancias son largas y la rodilla ya no es la de antes. Pero algo se siente raro en imaginar la entrada triunfal a Parral —la ciudad donde a Villa lo emboscaron— escoltada por una flotilla de todoterrenos rentados. Si en 1923 lo hubieran perseguido en cuatrimoto, la historia de México tendría otro final y peor tráfico.
El dato luminoso, ese sí para aplaudir de pie: aumenta la presencia de jóvenes mujeres en la cabalgata. Ahí hay relevo generacional de verdad, del que suma jinetas donde antes solo había señores con sombrero fumando. Que las muchachas tomen las riendas —literales— es la mejor noticia arriba del caballo.
Lo demás es el eterno dilema chihuahuense: cómo honrar la tradición sin volverla museo. La respuesta local, al parecer, es meterle un motorcito. Villa cabalgó para tumbar a un régimen; sus herederos cabalgan para la foto, y algunos ni cabalgan: aceleran. Que viva la Revolución, pero con casco y suficiente gasolina.
Léase de nuevo: la conmemoración de la caballería revolucionaria ahora incluye motor de dos tiempos. La misma gesta que se enseña en los libros con caballos jadeando polvo del desierto tendrá su acompañamiento de cuatrimotos levantando la misma polvadera, pero con claxon. El Centauro del Norte convertido, respetuosamente, en el Razor del Norte.
Uno entiende el argumento práctico: no todo mundo monta, las distancias son largas y la rodilla ya no es la de antes. Pero algo se siente raro en imaginar la entrada triunfal a Parral —la ciudad donde a Villa lo emboscaron— escoltada por una flotilla de todoterrenos rentados. Si en 1923 lo hubieran perseguido en cuatrimoto, la historia de México tendría otro final y peor tráfico.
El dato luminoso, ese sí para aplaudir de pie: aumenta la presencia de jóvenes mujeres en la cabalgata. Ahí hay relevo generacional de verdad, del que suma jinetas donde antes solo había señores con sombrero fumando. Que las muchachas tomen las riendas —literales— es la mejor noticia arriba del caballo.
Lo demás es el eterno dilema chihuahuense: cómo honrar la tradición sin volverla museo. La respuesta local, al parecer, es meterle un motorcito. Villa cabalgó para tumbar a un régimen; sus herederos cabalgan para la foto, y algunos ni cabalgan: aceleran. Que viva la Revolución, pero con casco y suficiente gasolina.