¿Y si sí? La epopeya nacional del huevo inflable
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El símbolo patrio de este Mundial no fue el águila ni el nopal: fue el huevo. En pleno Paseo de la Reforma amanecieron diez globos gigantes con forma de huevo y la leyenda "¿Y si sí?", esa oración nacional que mezcla, en partes iguales, esperanza y negación clínica. La afición los recibió como reliquias. Duraron intactos hasta que Inglaterra puso el 2-0 y, más tarde, un penal regalado infló el 3-1. Los huevos aguantaron; la ilusión, no.
El oráculo tampoco ayudó. El gato Coco, morador de Palacio Nacional, fue colocado ante dos platos —uno lleno, con la bandera de México; otro vacío, con la de Inglaterra— y, cumpliendo con su deber patriótico, "predijo" el triunfo tricolor. El gato falló. Habría que sentar a Coco junto al resto de los analistas que también le atinaron al revés, aunque el gato tiene ventaja moral: él trabaja gratis y no finge cátedra en la mesa de debate.
Y para que el universo cerrara el chiste con moño, esa misma semana llegó de Texas la noticia perfecta: tres empresas avícolas donarán más de 53 millones de huevos —siete mil destinados a los texanos— como parte de un acuerdo por un caso antimonopolio. Mientras nosotros colgábamos huevos de utilería para pedirle un milagro al futbol, del otro lado de la frontera repartían huevos de verdad por orden de un juez. Cada nación reza con lo que tiene.
Al final, la metáfora nos quedó grande y perfecta a la vez. Le pusimos huevos al asunto —inflables, eso sí— y aun así perdimos 3-2. Pero hay consuelo poético: pocos países del mundo convierten su eliminación en una instalación de arte conceptual a base de globos ovoides y un gato equivocado. Eso, señoras y señores, también es identidad nacional. ¿Y si sí? Pues no. Pero qué manera tan nuestra de preguntarlo.
El oráculo tampoco ayudó. El gato Coco, morador de Palacio Nacional, fue colocado ante dos platos —uno lleno, con la bandera de México; otro vacío, con la de Inglaterra— y, cumpliendo con su deber patriótico, "predijo" el triunfo tricolor. El gato falló. Habría que sentar a Coco junto al resto de los analistas que también le atinaron al revés, aunque el gato tiene ventaja moral: él trabaja gratis y no finge cátedra en la mesa de debate.
Y para que el universo cerrara el chiste con moño, esa misma semana llegó de Texas la noticia perfecta: tres empresas avícolas donarán más de 53 millones de huevos —siete mil destinados a los texanos— como parte de un acuerdo por un caso antimonopolio. Mientras nosotros colgábamos huevos de utilería para pedirle un milagro al futbol, del otro lado de la frontera repartían huevos de verdad por orden de un juez. Cada nación reza con lo que tiene.
Al final, la metáfora nos quedó grande y perfecta a la vez. Le pusimos huevos al asunto —inflables, eso sí— y aun así perdimos 3-2. Pero hay consuelo poético: pocos países del mundo convierten su eliminación en una instalación de arte conceptual a base de globos ovoides y un gato equivocado. Eso, señoras y señores, también es identidad nacional. ¿Y si sí? Pues no. Pero qué manera tan nuestra de preguntarlo.