El verdadero campeón invicto del Mundial fue el recepcionista del hotel
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Ya podemos guardar las banderas y bajar la trompeta: el balance final del paso mundialista por Guadalajara arrojó un campeón indiscutible, y no juega de delantero. Es el sector hotelero, que según El Occidental subió sus tarifas hasta 300% en apenas cuatro partidos y presume que el beneficio económico 'superó cualquier registro previo para el sector'. Cuatro partidos. En lo que dura una fase de grupos, el gremio hizo la lana que normalmente le toma una temporada completa de bodas, quinceañeras y convenciones de dentistas.
El detalle sabroso lo pone El Informador, que reporta que la ocupación hotelera quedó por debajo de lo esperado, pero que el gasto de los visitantes compensó parcialmente el hueco. Es la matemática más honesta del capitalismo tapatío: no importa cuántos cuartos llenes, importa cuánto exprimes a cada huésped. Si cobras el triple, con que llegue la mitad de la gente ya vas ganando, y todavía te queda para mandar a modernizar el Centro Histórico, que también entró al paquete de 'legado mundialista'.
Uno imagina la escena: el turista inglés, que venía ilusionado con probar la birria y el tequila, descubre que su habitación cuesta lo mismo que un fin de semana en Cancún en temporada alta, con vista a un estacionamiento. Pero se aguanta, porque para eso ahorró cuatro años. El que no ahorró cuatro años fue el trabajador local, que en esas mismas semanas vio subir la canasta básica y a quien nadie le avisó que su ciudad se había convertido, temporalmente, en una zona de tarifas de aeropuerto europeo.
Lo entrañable del asunto es la naturalidad con la que se celebra. 'Récord histórico', dicen, como si hubiéramos ganado algo colectivamente. Y sí ganamos: ganamos la certeza de que, cuando de veras hay demanda, en Jalisco sabemos cobrarla sin que nos tiemble la mano ni la conciencia. El futbol pasa, la eliminación duele, pero la factura del hotel es para siempre. Nos vemos en 2030, cuando volvamos a fingir que nos sorprende.
El detalle sabroso lo pone El Informador, que reporta que la ocupación hotelera quedó por debajo de lo esperado, pero que el gasto de los visitantes compensó parcialmente el hueco. Es la matemática más honesta del capitalismo tapatío: no importa cuántos cuartos llenes, importa cuánto exprimes a cada huésped. Si cobras el triple, con que llegue la mitad de la gente ya vas ganando, y todavía te queda para mandar a modernizar el Centro Histórico, que también entró al paquete de 'legado mundialista'.
Uno imagina la escena: el turista inglés, que venía ilusionado con probar la birria y el tequila, descubre que su habitación cuesta lo mismo que un fin de semana en Cancún en temporada alta, con vista a un estacionamiento. Pero se aguanta, porque para eso ahorró cuatro años. El que no ahorró cuatro años fue el trabajador local, que en esas mismas semanas vio subir la canasta básica y a quien nadie le avisó que su ciudad se había convertido, temporalmente, en una zona de tarifas de aeropuerto europeo.
Lo entrañable del asunto es la naturalidad con la que se celebra. 'Récord histórico', dicen, como si hubiéramos ganado algo colectivamente. Y sí ganamos: ganamos la certeza de que, cuando de veras hay demanda, en Jalisco sabemos cobrarla sin que nos tiemble la mano ni la conciencia. El futbol pasa, la eliminación duele, pero la factura del hotel es para siempre. Nos vemos en 2030, cuando volvamos a fingir que nos sorprende.