El pato Merlín no es tu mascota (ni tu terapeuta emocional)
Tamaño de letra
En medio de la resaca mundialista, la noticia que verdaderamente sacude los cimientos del hogar jalisciense llega con plumas: los especialistas advierten que el pato Merlín no es una mascota doméstica. Así de tajante. Resulta que estos animales pueden ser agresivos por naturaleza, requieren compañía para no estresarse y demandan mayores cuidados de los que uno imagina cuando lo ve caminar tan campante y adorable.
Es decir, señores, que ese patito que usted contemplaba adoptar para que sus hijos aprendieran sobre la responsabilidad no es un peluche con pico. Es un ser vivo con carácter, con exigencias emocionales y con una tendencia a ponerse de malas que ya quisieran muchos condominios. Dicho de otro modo: adoptar un pato Merlín es asumir un compromiso más serio que la mayoría de las relaciones que uno ve en el Fan Fest.
Lo interesante del asunto es lo que revela de nosotros. Vivimos en la era del animalito de moda: hoy es el pato, ayer fue el axolote de peluche, mañana será quién sabe qué criatura viral. Y en esa carrera por tener la mascota más fotogénica para las redes, se nos olvida el pequeño detalle de que los animales no vienen con botón de silencio ni con garantía de que se van a portar bien. El pato Merlín demanda compañía; usted que apenas puede con su propia agenda, piénselo dos veces.
La advertencia de los especialistas es, en el fondo, un manual de convivencia disfrazado de nota de fauna. Nos recuerdan que la ternura no es sinónimo de docilidad, que la compañía no se compra en una tienda y que un ser que se estresa cuando lo dejan solo merece algo mejor que un patio prestado. Antes de dejarse llevar por los ojitos, conviene recordar que el pato no leyó el guion en el que iba a ser su mejor amigo. Y que, a diferencia del Tri, este sí puede morderle la mano que lo alimenta.
Es decir, señores, que ese patito que usted contemplaba adoptar para que sus hijos aprendieran sobre la responsabilidad no es un peluche con pico. Es un ser vivo con carácter, con exigencias emocionales y con una tendencia a ponerse de malas que ya quisieran muchos condominios. Dicho de otro modo: adoptar un pato Merlín es asumir un compromiso más serio que la mayoría de las relaciones que uno ve en el Fan Fest.
Lo interesante del asunto es lo que revela de nosotros. Vivimos en la era del animalito de moda: hoy es el pato, ayer fue el axolote de peluche, mañana será quién sabe qué criatura viral. Y en esa carrera por tener la mascota más fotogénica para las redes, se nos olvida el pequeño detalle de que los animales no vienen con botón de silencio ni con garantía de que se van a portar bien. El pato Merlín demanda compañía; usted que apenas puede con su propia agenda, piénselo dos veces.
La advertencia de los especialistas es, en el fondo, un manual de convivencia disfrazado de nota de fauna. Nos recuerdan que la ternura no es sinónimo de docilidad, que la compañía no se compra en una tienda y que un ser que se estresa cuando lo dejan solo merece algo mejor que un patio prestado. Antes de dejarse llevar por los ojitos, conviene recordar que el pato no leyó el guion en el que iba a ser su mejor amigo. Y que, a diferencia del Tri, este sí puede morderle la mano que lo alimenta.