El Obispo pide cuidar las canchas del crimen; esa noche se llevaron a cinco de una
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El Obispo de Irapuato, Enrique Díaz Díaz, hizo un llamado tan sensato que duele: pidió a las autoridades vigilar con lupa las ligas deportivas y el otorgamiento de permisos, porque el crimen organizado busca infiltrarse en los espacios de la juventud, y el deporte es uno de sus blancos favoritos. Palabras prudentes, oportunas y, como suele pasar en Guanajuato, confirmadas por los hechos con una velocidad que quita el aliento.
Porque esa misma jornada, al filo de la medianoche, en un campo de fútbol de la comunidad San José de la Montaña, en Salamanca, un comando fuertemente armado se llevó a cinco hombres que convivían en la cancha. No en un antro, no en una bodega clandestina: en el lugar donde uno lleva a los niños a que le den al balón. El deporte como espacio de esperanza y, en el mismo terreno, la incertidumbre más cruda.
La respuesta institucional merece un renglón aparte en el manual de comunicación de crisis. El gobierno de Salamanca, según Notus, desmintió lo acontecido. Al mismo tiempo, la Dirección de Seguridad Pública confirmó que sí hubo un reporte anónimo al 911, aunque aclaró que todavía no existe denuncia formal. Es decir: no pasó nada, pero llamaron para avisar que no pasó nada, y como nadie fue a la fiscalía a denunciar lo que no pasó, entonces oficialmente flota en un limbo administrativo. La realidad guanajuatense volvió a inventar un tiempo verbal nuevo: el desmentido confirmatorio.
El obispo tiene toda la razón, y ese es justamente el problema. Cuando la máxima autoridad moral de una diócesis tiene que salir a advertir que hasta las ligas llaneras están en riesgo, uno entiende que el diagnóstico rebasó hace mucho el terreno pastoral. Ya no se trata de revisar permisos: se trata de recuperar el derecho básico a jugar una cascarita sin que la noche termine mal.
Mientras tanto, la vida deportiva sigue: hay torneos dominicales, ligas de veteranos, finales suspendidas por expulsiones y campeonatos que se celebran con toda normalidad. Esa normalidad es, a la vez, lo más entrañable y lo más frágil que tiene el estado. Ojalá el llamado del obispo no se quede, como tantas cosas por aquí, en un exhorto bonito que nadie fue a denunciar formalmente.
Porque esa misma jornada, al filo de la medianoche, en un campo de fútbol de la comunidad San José de la Montaña, en Salamanca, un comando fuertemente armado se llevó a cinco hombres que convivían en la cancha. No en un antro, no en una bodega clandestina: en el lugar donde uno lleva a los niños a que le den al balón. El deporte como espacio de esperanza y, en el mismo terreno, la incertidumbre más cruda.
La respuesta institucional merece un renglón aparte en el manual de comunicación de crisis. El gobierno de Salamanca, según Notus, desmintió lo acontecido. Al mismo tiempo, la Dirección de Seguridad Pública confirmó que sí hubo un reporte anónimo al 911, aunque aclaró que todavía no existe denuncia formal. Es decir: no pasó nada, pero llamaron para avisar que no pasó nada, y como nadie fue a la fiscalía a denunciar lo que no pasó, entonces oficialmente flota en un limbo administrativo. La realidad guanajuatense volvió a inventar un tiempo verbal nuevo: el desmentido confirmatorio.
El obispo tiene toda la razón, y ese es justamente el problema. Cuando la máxima autoridad moral de una diócesis tiene que salir a advertir que hasta las ligas llaneras están en riesgo, uno entiende que el diagnóstico rebasó hace mucho el terreno pastoral. Ya no se trata de revisar permisos: se trata de recuperar el derecho básico a jugar una cascarita sin que la noche termine mal.
Mientras tanto, la vida deportiva sigue: hay torneos dominicales, ligas de veteranos, finales suspendidas por expulsiones y campeonatos que se celebran con toda normalidad. Esa normalidad es, a la vez, lo más entrañable y lo más frágil que tiene el estado. Ojalá el llamado del obispo no se quede, como tantas cosas por aquí, en un exhorto bonito que nadie fue a denunciar formalmente.