Jugamos como nunca, perdimos como siempre y decomisamos como jamás
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Terminó el Mundial en la Ciudad de México y lo hicimos exactamente como manda la tradición patria: jugando como nunca y perdiendo como siempre. México cayó 2-3 ante Inglaterra en octavos, en el Estadio Ciudad de México, y un millón 350 mil almas se congregaron en el Zócalo, en Reforma y en el Ángel para vivir la ilusión hasta el segundo del tiempo de compensación, que es justo donde a esta selección le gusta romperle el corazón a uno, como buen amante que avisa que se va cuando ya estás en pijama.
Durante 90 minutos, la afición gritó, rezó, invocó a santos, a la Virgen y a Mhoni Vidente en partes iguales. Al pitazo final, según la crónica callejera, muchos lloraron y luego —porque somos un pueblo que convierte cualquier desgracia en verbena— transformaron la tristeza en fiesta. El clásico axioma del banquito de la esquina resonó en Reforma como himno nacional alterno: 'jugamos como nunca y perdimos como siempre'. Frase que ya deberían bordar en el escudo, junto al águila y la serpiente.
Mientras la ciudad lloraba, el gobierno capitalino redactaba su columna del orgullo. Y vaya que hubo orgullo: más de 40 mil servidoras y servidores públicos, 17 mil policías, filtros que se cerraban 'de afuera hacia adentro' como en el Zócalo, aforo de 25 mil personas en el Ángel a razón de cuatro por metro cuadrado —cifra que solo entiende quien ha viajado en Línea 1 un lunes a las ocho—. El operativo, nos dicen, fue 'el más detallado del torneo'. Y uno les cree, porque el enemigo fue derrotado con contundencia quirúrgica: la chela.
En efecto, la única goleada limpia de la jornada la firmaron las autoridades contra el alcohol: 6 mil 195 latas y 430 botellas decomisadas y destruidas en el corredor de Reforma, más nueve estacionamientos clausurados por guardar cerveza con fines de reventa. Si la selección hubiera atacado con la misma puntería con que Gobierno cazó caguamas, hoy estaríamos en cuartos. Pero no: los goles se los perdonamos a Inglaterra y las caguamas no se le perdonan a nadie. Celebre usted con responsabilidad, dijo la Presidenta, que además nos recordó que fuimos 'el mejor anfitrión del mundo'. Anfitriones tan buenos que hasta el trago se lo quitamos al invitado.
Y porque la emoción cobra factura, el Consejo Ciudadano reportó que, desde que arrancó la Copa, brindó casi 3 mil apoyos psicológicos, de los cuales 230 fueron específicamente por la emoción mundialista. Es decir: hay compatriotas que necesitaron terapia por culpa del Tri antes incluso de que el Tri los eliminara. Nostradamus emocional del respingo. Ya para el minuto 90 esa cifra debe andar por las nubes, junto con los 19.2 millones de metros cúbicos de lluvia que cayeron sobre la capital y que, de pasada, tumbaron una catenaria y pararon la Línea A del Metro y la 1 del Cablebús. Iztapalapa, como siempre, poniendo el cuerpo por la afición.
No todo, sin embargo, cabe en la crónica festiva, y sería una canallada del columnista fingir que sí. Detrás del confeti quedan asteriscos que el comunicado del orgullo prefiere no subrayar: cuatro personas perdieron la vida en los festejos capitalinos y las cifras oficiales hablan de 79 personas desaparecidas en la ciudad durante el Mundial, la mayoría mujeres jóvenes. Cuando el operativo presume 40 mil servidores para cuidar el aforo del Ángel, uno se pregunta cuántos alcanzaron para lo que de verdad no admite prórroga. El orgullo, dicen, es por el trabajo cumplido. Ojalá el trabajo pendiente reciba el mismo despliegue de filtros, cinturones y comunicados.
Mientras tanto, la vida sigue: Sheinbaum mandó su abrazo virtual a los seleccionados, Aguirre pidió disculpas con la dignidad del maestro que sabe que reprobó pero puso empeño, y la afición ya prometió que 'para el otro vamos macizo'. Es la frase que llevamos diciendo desde el 86, cuando el Aztecazo era hazaña y no herida. Cuarenta años después seguimos en el 'ya merito', ese código postal emocional donde vive la mitad del país.
Que conste en actas: la Ciudad de México demostró civilidad, hospitalidad y una capacidad organizativa digna de aplauso. También demostró que sabemos hacer de una derrota una fiesta, de una fiesta un operativo y de un operativo un decomiso récord de cerveza. Nos quedamos con el orgullo. Y con la cruda.
Durante 90 minutos, la afición gritó, rezó, invocó a santos, a la Virgen y a Mhoni Vidente en partes iguales. Al pitazo final, según la crónica callejera, muchos lloraron y luego —porque somos un pueblo que convierte cualquier desgracia en verbena— transformaron la tristeza en fiesta. El clásico axioma del banquito de la esquina resonó en Reforma como himno nacional alterno: 'jugamos como nunca y perdimos como siempre'. Frase que ya deberían bordar en el escudo, junto al águila y la serpiente.
Mientras la ciudad lloraba, el gobierno capitalino redactaba su columna del orgullo. Y vaya que hubo orgullo: más de 40 mil servidoras y servidores públicos, 17 mil policías, filtros que se cerraban 'de afuera hacia adentro' como en el Zócalo, aforo de 25 mil personas en el Ángel a razón de cuatro por metro cuadrado —cifra que solo entiende quien ha viajado en Línea 1 un lunes a las ocho—. El operativo, nos dicen, fue 'el más detallado del torneo'. Y uno les cree, porque el enemigo fue derrotado con contundencia quirúrgica: la chela.
En efecto, la única goleada limpia de la jornada la firmaron las autoridades contra el alcohol: 6 mil 195 latas y 430 botellas decomisadas y destruidas en el corredor de Reforma, más nueve estacionamientos clausurados por guardar cerveza con fines de reventa. Si la selección hubiera atacado con la misma puntería con que Gobierno cazó caguamas, hoy estaríamos en cuartos. Pero no: los goles se los perdonamos a Inglaterra y las caguamas no se le perdonan a nadie. Celebre usted con responsabilidad, dijo la Presidenta, que además nos recordó que fuimos 'el mejor anfitrión del mundo'. Anfitriones tan buenos que hasta el trago se lo quitamos al invitado.
Y porque la emoción cobra factura, el Consejo Ciudadano reportó que, desde que arrancó la Copa, brindó casi 3 mil apoyos psicológicos, de los cuales 230 fueron específicamente por la emoción mundialista. Es decir: hay compatriotas que necesitaron terapia por culpa del Tri antes incluso de que el Tri los eliminara. Nostradamus emocional del respingo. Ya para el minuto 90 esa cifra debe andar por las nubes, junto con los 19.2 millones de metros cúbicos de lluvia que cayeron sobre la capital y que, de pasada, tumbaron una catenaria y pararon la Línea A del Metro y la 1 del Cablebús. Iztapalapa, como siempre, poniendo el cuerpo por la afición.
No todo, sin embargo, cabe en la crónica festiva, y sería una canallada del columnista fingir que sí. Detrás del confeti quedan asteriscos que el comunicado del orgullo prefiere no subrayar: cuatro personas perdieron la vida en los festejos capitalinos y las cifras oficiales hablan de 79 personas desaparecidas en la ciudad durante el Mundial, la mayoría mujeres jóvenes. Cuando el operativo presume 40 mil servidores para cuidar el aforo del Ángel, uno se pregunta cuántos alcanzaron para lo que de verdad no admite prórroga. El orgullo, dicen, es por el trabajo cumplido. Ojalá el trabajo pendiente reciba el mismo despliegue de filtros, cinturones y comunicados.
Mientras tanto, la vida sigue: Sheinbaum mandó su abrazo virtual a los seleccionados, Aguirre pidió disculpas con la dignidad del maestro que sabe que reprobó pero puso empeño, y la afición ya prometió que 'para el otro vamos macizo'. Es la frase que llevamos diciendo desde el 86, cuando el Aztecazo era hazaña y no herida. Cuarenta años después seguimos en el 'ya merito', ese código postal emocional donde vive la mitad del país.
Que conste en actas: la Ciudad de México demostró civilidad, hospitalidad y una capacidad organizativa digna de aplauso. También demostró que sabemos hacer de una derrota una fiesta, de una fiesta un operativo y de un operativo un decomiso récord de cerveza. Nos quedamos con el orgullo. Y con la cruda.