La gran victoria de la jornada: seis mil latas caídas en combate
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Que nadie diga que la Ciudad de México no ganó nada este Mundial. Mientras la selección perdía 2-3 con Inglaterra, el gobierno capitalino conquistaba su propio título en una final donde el rival no falla penales: la cerveza. Con corte a las cinco de la tarde, la Secretaría de Gobierno reportaba 6 mil 195 latas y 430 botellas de bebidas alcohólicas decomisadas y destruidas en el corredor de Reforma, el Monumento a la Revolución y Avenida Juárez. A eso hay que sumar nueve estacionamientos clausurados por guardar alcohol con fines de reventa y 539 comercios retirados por estorbar el paso. Un aztecazo, pero al comercio informal.
En redes circularon videos de aficionados en el Ángel a los que, entre la euforia y el filtro, les retiraron sus caguamas antes de entrar. El clásico 'hermano, cayó la ley' que en cualquier otro país sería un operativo antinarcóticos y en el nuestro es domingo mundialista. La escena tiene algo de tragicomedia nacional: el mismo pueblo al que se le pide celebrar 'con responsabilidad' es al que se le confisca el instrumento con el que sabe celebrar. Como invitar a alguien a nadar y quitarle el agua.
El argumento oficial es impecable en el papel: aglomeraciones masivas, cuatro personas por metro cuadrado, prevención de riesgos. Y sí, cuidar a un millón 350 mil personas apretadas bajo la lluvia no es cosa menor. Pero conviene recordar la aritmética del absurdo: la misma jornada que presumió 40 mil servidores públicos y el 'operativo más detallado del torneo' cerró con una montaña de aluminio aplastado como principal trofeo. Contundencia en el decomiso, generosidad en la portería.
Hubo hasta espuma: en la Glorieta del Ahuehuete, la afición se tomó tan a pecho la limpieza que depositó la basura en su lugar antes de entrar al perímetro, dejando la zona teñida de blanco. Civismo con hielera. Porque el mexicano promedio es capaz de formarse ordenadamente, separar su basura y aguantar horas bajo el aguacero, siempre y cuando lo dejen ver el partido. Lo único que no le perdonamos es que nos quiten la chela y luego nos manden a terapia por el estrés.
Al final, la ciudad demostró que sabe organizarse. La pregunta que queda flotando entre el olor a lúpulo derramado es si toda esa capacidad logística, esos filtros que se cierran 'de afuera hacia adentro', esos cinturones humanos y esos 17 mil policías, encuentran el mismo entusiasmo cuando el enemigo no es una lata Tecate, sino los pendientes que no caben en un comunicado triunfal. Por lo pronto, brindemos. Ah, no, cierto: nos la decomisaron.
En redes circularon videos de aficionados en el Ángel a los que, entre la euforia y el filtro, les retiraron sus caguamas antes de entrar. El clásico 'hermano, cayó la ley' que en cualquier otro país sería un operativo antinarcóticos y en el nuestro es domingo mundialista. La escena tiene algo de tragicomedia nacional: el mismo pueblo al que se le pide celebrar 'con responsabilidad' es al que se le confisca el instrumento con el que sabe celebrar. Como invitar a alguien a nadar y quitarle el agua.
El argumento oficial es impecable en el papel: aglomeraciones masivas, cuatro personas por metro cuadrado, prevención de riesgos. Y sí, cuidar a un millón 350 mil personas apretadas bajo la lluvia no es cosa menor. Pero conviene recordar la aritmética del absurdo: la misma jornada que presumió 40 mil servidores públicos y el 'operativo más detallado del torneo' cerró con una montaña de aluminio aplastado como principal trofeo. Contundencia en el decomiso, generosidad en la portería.
Hubo hasta espuma: en la Glorieta del Ahuehuete, la afición se tomó tan a pecho la limpieza que depositó la basura en su lugar antes de entrar al perímetro, dejando la zona teñida de blanco. Civismo con hielera. Porque el mexicano promedio es capaz de formarse ordenadamente, separar su basura y aguantar horas bajo el aguacero, siempre y cuando lo dejen ver el partido. Lo único que no le perdonamos es que nos quiten la chela y luego nos manden a terapia por el estrés.
Al final, la ciudad demostró que sabe organizarse. La pregunta que queda flotando entre el olor a lúpulo derramado es si toda esa capacidad logística, esos filtros que se cierran 'de afuera hacia adentro', esos cinturones humanos y esos 17 mil policías, encuentran el mismo entusiasmo cuando el enemigo no es una lata Tecate, sino los pendientes que no caben en un comunicado triunfal. Por lo pronto, brindemos. Ah, no, cierto: nos la decomisaron.